domingo, 23 de mayo de 2010

CINE



Susurros de seda,
luz que inunda la pantalla,
mi mundo se despliega en imágenes,
caigo atrapada por la zarpa que me transporta
al lugar en que Bois-Gilbert lucha a muerte con Ivanhoe
pero Rebecca es siempre más bella adornada de lágrimas.

La mano de Dustin Hoffman (tal vez Benjamín Bradock)
se detiene en los pechos perfectos
de la Sra. Robinson y su torpeza es la mía
cuando se hunde en el azul de la piscina
para transformarse en la sombra alargada de los Siete Samuráis
que agigantan la ascética figura de Yul Brinner,
en un pueblo mexicano dónde los buenos aun ganan
(¿Cuándo empezaron a perder?, ¿Recuerdas eso?).

Me postro de rodillas en la arena contigo, Taylor,
aunque los que maldices hace tiempo que son pasto del olvido,
aunque la esperanza se perdió detrás de la silueta de una ruina
en la playa del mañana.

En el jardín de los Finzi-Contini,
las rosas continúan floreciendo
y Micòl juega al tenis, rubia melena al viento,
otra princesa olvidada…
El bien y el mal juegan a los dados una partida eterna
en la medianoche de un jardín velado.
El sur es siempre el Viejo Sur, amigos...

Una gota de agua se diluye
en las profundidades del Sietch Tabr,
su sonido traspasa las barreras,
esfuma las fronteras entre los mundos.
El olor de la melange,
cargado de oscuros presagios, todo lo invade.


Y para mí, siempre el imborrable recuerdo
de las lágrimas que la lluvia deja
en el rostro de Roy, el Replicante.

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