domingo, 23 de mayo de 2010

MADRID

Madrid es un horno cuando apenas te has ido.
Mis pasos me llevan por un sendero de hierba,
cuando camino sin rumbo,
bajo el rocío inesperado de los aspersores que inician su ciclo.

No dejo de ver tus ojos
y el aire me devuelve,
en un espejismo de ondas hertzianas,
tu voz de ladrón suave en la noche.
No he cortado la conexión,
sigo cautiva en tu calma.

Siento una alegría furiosa al notar el dolor de mi cuerpo.
Me duele cada centímetro de piel,
soy como un juguete que ha sido usado largamente,
hasta la saciedad.

Sobrecarga de sentidos,
oscuras ojeras violáceas,
que me recuerdan la noche,
tramposamente marcada,
de momentos perecederos,
envueltos en hilos de plata.

Oigo tu voz de nuevo,
atravesando la membrana
que protege mis recuerdos,
mientras los arcoiris se reflejan en el agua,
bailan ante mis ojos,
reverberan en mi alma.

Junto a la estatua del Angel Caído,
viejas sombras se derraman
del horizonte blanquecino,
en esta tibia mañana.

Y sonrío, porque oscuros fuegos arden en las imagenes de los ángeles.

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