martes, 29 de junio de 2010

SOBRENATURAL


Ángel de lágrimas negras,
vienes a mí en el atardecer,
cuando las luciérnagas iluminan la noche.
Erizas el vello en mis brazos,
(un escalofrío en mi piel)
y veo la nieve cayendo sobre mi tumba,
como ayer.

Ángel de ojos de piedra,
soplas tu aliento en mi nuca,
pero no me alejo,
(en tu mano la muerte no es cruel)
anhelo la caricia de tus alas,
me envuelves en tu seda negra y
me llevas en la sombra del viento,
como ayer.

Ángel de seda negra,
no noto tu calor cuando me atrapas.
!Llévame contigo! no gritaré.
Ángel de boca suave,
cuando me tocas me haces enloquecer,
¡Háblame de tu infierno, cuéntame como es!
Tú, que me engañas con tus sentidos,
¡Haz que, en la otra vida,
me olvide de mi ayer!.

lunes, 28 de junio de 2010

LA MEVA AMIGA COM UN VAIXELL BLANC




LA MEVA AMIGA COM UN VAIXELL BLANC 
MI AMIGA COMO UN BARCO BLANCO

Aquella verge vinclada als meus braços 
tota es donava però ha fet un gran crit. 
-Oh, amat, no temis! - em deia 
    ajocant-se: 
-No hi ha a la terra cap glavi més fi. 
Cerca pel món, que no en trobaràs d'altra 
que et faci ofrena d'un amor tan pur. 
No em deixis, no, que el teu bes m'amanyaga: 
¿com ho faria, si era sense tu?- 

Aquella virgen que tenia en mis brazos
se me daba toda pero ella gritó.
-Oh, amado, no temas! -me decia
acurrucándose:
-No hay en la tierra ninguna flor mas fina.
Busca por el mundo, que no encontrarás otra
que te haga ofrenda de un amor tan puro.
No me dejes, no, que tu beso me acaricia:
¿como haría ahora si estuviera sin ti?-



I ara s'alçava i jo la vestia 
i els seus cabells destrenava pel coll. 
La carn, flotant al mossec de la vida, 
s'enorgullia de la comunió. 
-¿Què més voldràs, si el meu cos que et guardava 
ara ja és teu, i elevarà el teu cant?- 
I amb els peus nus, de puntetes, mirant-me: 
-Quan corris món, el meu nom ¿què et dirà?- 
A cada mot més la veu endolcia, 
i jo era alhora l'heroi i l'esclau: 
-No et deixaré 
  et diré el nom d'amiga. 
La meva amiga: com un vaixell blanc. 

Y se levantaba y yo la vestía
sus cabellos destrenzaba por el cuello.
La carne, flotando en lo mejor de la vida,
se enorgullecía de la comunión.
-¿Que más querrás, si mi cuerpo que te esperaba
ahora es tuyo, y elevará tu canto?-
Y con los pies desnudos, de puntillas, mirándome:
-Cuando deambules por el mundo, mi nombre ¿qué te recordará?:
Con cada palabra la voz endulzaba,
y yo era al mismo tiempo el héroe y el esclavo:
-No te dejaré
te llamaré amiga,
Mi amiga: como un barco blanco.




I encar de nou la prenia en mos braços 
-ja era el seu ventre més alt i més fort. 
I a cada pit un vermell: 
   dues brases 
com la punxada del llavi i del cor. 


Y aún de nuevo la tomaba entre mis brazos
-era su vientre más alto y mas firme.
Y en cada pecho un rubor:
dos tizones
como la punzada del labio y del corazón.


JOAN SALVAT PAPASSEIT

sábado, 26 de junio de 2010

Saudade



SAUDADE

Te intuyo en la distancia,
igual que sé que va a llover en cuánto cambia el viento.
Puedo sentir tus emociones fluir,
!desatan una tormenta en mi razón¡.

Te sueño por las noches,
cuando dejo de sujetar la brida de mis sentimientos.
Entonces nos amamos como caballos desbocados,
me ofrezco a ti sin pudor,
y en tus ojos navegan reflejos de obsidiana
cuando me abrazas,
¡quisiera perderme en esos sueños y no despertar¡

Te quiero aun más en mi nostalgia,
¡cubres por entero mi mundo!
mi amor… !me muero de saudade cuando no estás¡.
No es la tristeza exactamente,
lo que anida en mi soledad,
sino esa saudade que me haces sentir,
dulce veneno en mi sangre,
que me deja su perfume,
cuando tú no estás.
Por eso no la rechazo cuando me envuelve
(saudade, a veces amarga)
porque me hace sentirte en tu ausencia.

Posesión




Posesion
Quiero que me veas desnuda en el espejo,
cuando de rodillas estoy y me miras tan serio;
mi mirada se pierde en el suelo.


Quiero que toques mi espalda con tu pecho,
que me peines (tu piel confundida con mi piel,
tu cara hundida en mi pelo).


Se que te gusta mi olor de hembra.
Se que quieres enredar tus dedos en mi salvaje pelo,
tirar de él para exponer mi cuello;
sonreír al sentir mi jadeo.
Se que quieres morder mis labios,
abrazarme tan fuerte que tu carne traspase la mía.


Quiero que tus manos recorran mi cuerpo.
Que descansen en el interior de mis muslos,
para luego abrirme frente al espejo.
Quiero que arañes mi sexo
hasta que mi dolor te te haga temblar,
mojar tus dedos en mis ganas,
dibujarme con ellas un collar.


Quiero que me ates a tu cintura, que me devores
y me hagas llorar.
Quiero que veas brillar el sudor con el que me moldeas.
Sé que me quieres tuya.
Se que son tuyos mis gemidos,
cada uno de mis gritos.
Tuyas cada lágrima y todos mis orgasmos.


Quiero darte esa sonrisa con la que cierro mis ojos
y acompaso mis latidos a los de tu corazón;
desmadejada entre tus brazos y las sábanas,
quiero que esta noche no termine,
para mirar como duermes,
para que me mires mientras tejes mis sueños.

viernes, 25 de junio de 2010

Ojos vendados


Ojos vendados, arcos cegados,
y un universo se hace afín
a la inmensidad de lo íntimo.

La percepción se torna loca
e incierta: profunda extrañeza.

Pero amas la oscuridad, el prólogo
del posible vuelo hacia el fulgor
de tu interior palpitante, ya tibio.

Si todo es deslizar y nada es luz,
si los susurros te arrojan
a mi playa tupida de arena,
maniatada entre tinieblas
al mastil sensual de la espera.

Si tu piel se retrae cuando
le llega el roce, en el instante...

Venda de ensueños, máscara ciega
de suspendidos retornos.

Gato 23/06/2010

jueves, 24 de junio de 2010

Solsticio






Esto me recuerda algo que ronda mi cabeza hace días: ¿está relacionada la capacidad de sentir con la capacidad de sufrir?. Quiero decir: ¿cuánto mas complejo eres, cuánto mas profundamente sientes las cosas, más te afecta todo, no?, lo bueno y lo malo. Vuelas muy muy alto y muy arriba, pero sondeas abismos que a veces resultan intolerables, te hundes.

Afortunadamente están la imaginación, la amistad, la pasión, el sexo, los libros,los hijos, escribir, que te cuenten historias, la lujuria, la música, el sentido del humor, el amor, los perros y los gatos, el anhelo de saber, el otoño,los sueños, las personas buenas, las películas, los hombres... por fortuna, algunas personas podemos meternos en la piel de otras (reales o imaginarias) y vivir experiencias que no son nuestras. Otras vidas. Por fortuna, algunas personas, a veces, cometemos locuras.

Y están las noches de verano, con su tibieza perfumada, sus terrazas al fresco en medio del bosque, al lado del mar ... esas terrazas. En mi ciudad también están en los árboles, en un gran parque, en medio de la ciudad. Una acequia lo bordea y, si te apartas un poco, puedes ver los patos de cuello verde mirándote curiosos. Solo deslizándote unos pasos mas allá, el silencio del bosque … los
árboles que te hablan … el misterio.

He puesto mi cama bajo la ventana. Ahora tumbada puedo ver las estrellas. El 10 de agosto iré al monte a ver la lluvia de estrellas fugaces. No sé si soy demasiado mayor para pedir un deseo, aunque eso jamás me ha cortado para nada. Anoche encendí velas, de todos los colores, en mi ritual. La noche de ayer es de las últimas fiestas paganas que nos quedan: la noche del solsticio de verano. La tradición más común, es bailar en torno a la hoguera. Para algunos atrevidos, saltar a media noche la hoguera en llamas, mientras pides un deseo, o saltar, en la orilla, siete olas mientras piensas en algo que deseas ver cumplir.

Hogueras, hogueras de mi infancia.

Hogueras en cada esquina, en cada cruce de las calles,quemando el asfalto. Los niños corriendo salvajes, de calle en calle, buscando mas combustible porque todo tenía que arder esa noche. !Fuera de control¡. !Totalmente fuera de control¡. Verbenas de San Juan, espiando a los mayores, sus rituales, sus bailes, escondida bajo la mesa. Niña solitaria, con un montón de cómics entre las manos, y ya sintiendo el fuego en mi interior. Vestido rojo con escote barco, anclas de color blanco. Rizos castaños revoloteando al viento, escondida tras las rosas color de te de mi madre.

Mi cama mira ahora al Norte. Pienso que voy a dormir mejor.

domingo, 20 de junio de 2010

PIRATA


PIRATA
Sentada en la popa brindo mi cuerpo al agua,
consciente de tus ojos que no me miran,
sabor a sal en mis labios,
en mis ojos un brillo felino.

Preciso inventar palabras nuevas,
porque las antiguas no sirven
para contar lo que siento.

Mis manos acarician el collar de Helena
con el que ceñiste mi cuello,
mientras el cielo arde en llamas,
igual que arde mi cuerpo.

Giro el rostro para desafiar el viento, y al mirarte,
todos los demonios de los páramos
se cuelan en mis ojos, para provocar tu deseo.

Y no me importa que nunca me grites tu amor,
ni me susurres un “te quiero”.
Tu nombre y el mio están grabados en los anillos del tiempo.

PADRE


Luz de verano en los ojos, desnudez en la piel
humedad en los labios, gotas de agua brillando como diamantes
y yo, aferrándome a tu cuerpo como si fuera lo único consistente
en un mundo demasiado vivo, demasiado lleno de luz

Tus brazos que me rodeaban,
el azul intenso del agua de la piscina,
cuando hechos un ovillo nos estrellábamos.
Me sujetabas bien fuerte - torbellino de sensaciones-
no me soltabas hasta tocar el fondo
y yo, valiente niña-soldado, confiaba en ti
como no he confiado en nadie

De pronto, me soltabas y, en un remolino de agua,
la respiración entrecortada, subía a la superficie, riendo gozosa,
feliz…feliz…

No se han perdido esos años,
no lo olvidaron los árboles que fueron mudos testigos,
aunque el tiempo haya pasado la página de esos días,
no, no se ha perdido ese tiempo en el olvido, sigue allí,
brillando con toda la luz del verano…para quién sepa mirar.

EL DOLOR DE LAS LILAS


El dolor de las lilas

Dime, pequeño Eliot por qué pensaste en abril para tus lilas,
y donde dejaste escondido su recuerdo,
la pasión de hundir tus dedos en ella como en la tierra húmeda
de la cruel primavera.

Yo tengo, a cambio de su recuerdo, un lilo Juana de Arco,
de inverosímiles lilas blancas
en el balcón donde las hago posar desnudas.
Sé que las lilas no sirven para azotar,
pero sí para olvidarte en la tierra muerta.

Sé, pequeño Eliot, que sufriste en el infierno de las palabras,
pero hoy jugaremos con tus versos como con el barro fresco,
donde crecen las lilas.

J.A. 2010

BUENOS DIAS TRISTEZA


DESFIGURADA APENAS

Adiós tristeza.
Buenos días tristeza.
Estás inscrita en las líneas del techo.
Estás inscrita en los ojos que amo.
Tú no eres exactamente la miseria,
pues los más pobres labios te denuncian
por una sonrisa.
Buenos días tristeza.
Amor de los cuerpos amables,
potencia del amor ,
cuya amabilidad surge
como un monstruo incorpóreo.
Cabeza sin punta,
tristeza bello rostro.


PAUL ÉLUARD

jueves, 17 de junio de 2010

BRUNA (y la pequeña Arlet)






Sumo Pontífice Inocencio VIII -1484- bula Summis desideratis affectibus:

"Ha llegado a nuestros oídos que gran número de personas de ambos sexos no evitan el fornicar con los demonios, íncubos y súcubos; y que mediante sus brujerías, hechizos y conjuros, sofocan, extinguen y hacen perecer la fecundidad de las mujeres, la propagación de los animales, la mies de la tierra"


Vallgorguina -Sierra del Montnegre- Víspera de Sant Joan -1607.

BRUNA


Es la víspera de San Juan y me encamino al bosque para recoger albahaca, trébol, saúco y carlina. Y la mejor hierba de todas: el helecho, la hierba de oro. También recogeré romero y tomillo para perfumar mis sábanas, quiero que esta noche te envuelvan en su fragancia, amor, si consigues ganar ese tiempo para mi, para nosotros.

Me suelto el pelo, lo desenredo pesándolo con suavidad con mis dedos, mechón a mechón, y me estremezco al pensar en cómo te gusta, en lo largo que lo tengo, para tu placer, para tu sensual manera de tomarme. Cerca del dolmen, me detengo para trenzar una corona de anémonas y violetas de bosque; la pongo en mi cabeza, un poco ladeada. Sonrío para mi misma y continuo mi camino: una joven mujer sola, vestida de blanco, bajo la noche estrellada. No llevo capa, es la noche más corta del año, solsticio de verano, noche especial, mágica, para los que aun conocemos de la antigua ciencia.

Las cosas han cambiado en Vallgorguina, las gentes tienen miedo (y también hambre). Los ricos son cada vez más avariciosos y quieren poseer más y más, sin darse cuenta de que la tierra no es de nadie y es de todos. De que no pueden explotarla hasta el límite porque se vuelve áspera y no da más. Los pobres viven temerosos de cualquier desgracia de la naturaleza que les haga mas desgraciados, que les quite lo poco que tienen. Y recurren a mi para protegerse, como recurrieron antes a mi madre, a mi abuela, a la madre de mi abuela, a su abuela, y así hasta incontables generaciones.

Les ayudo en mi medida, con todo lo que me enseñaron. Con la vieja fuerza que asimilo de la tierra, que fluye hacia mi. Pero tengo miedo porque percibo los cambios. Los tiempos son distintos, están cambiando, y las que somos como yo estamos a punto de desaparecer.

Nos temen (aunque desconozco la razón). No pueden permitir que les cuestionemos nada, su autoridad, su poder. Pero yo nunca he ambicionado el poder. Sólo le quiero a él, y nunca le tendré porque no es mío (nadie es de nadie, salvo de si mismo).
Esta noche le esperaré en el claro, delante de la Pedra Gelada, tendida en la hierba húmeda. Le daré mi naturaleza, cálida. Me volveré dulce como la miel, con todo lo que me hace sentir.

2

Las voces la despertaron y vio al numeroso grupo de gente que se acercaba. El estaba entre ellos, casi a la cabeza. Llevaban horcas y palos, agitaban las cabezas, murmuraban su nombre. Vio también a la pequeña Arlet, con su camisón blanco, despeinados los rubios cabellos. Estaba llorando. Un hombre vestido de negro, que no era un sacerdote, estaba al mando. Esgrimía un libro en sus manos, al que parecía acunar, como si fuera su bien más preciado.

Bruna no comprendía nada, pero al mismo tiempo no necesitaba palabras para saber que iba a morir esa noche.


3

Al amanecer, su cuerpo no podía más, estaba destrozado. Las cosas que el cerebro humano, que la mente y los corazones más enfermos y retorcidos podía imaginar, las habían ensayado con ella. No podía imaginar que nadie pudiera hacer nada así a otro ser humano, no lo habría creído si se lo hubieran contado. Ya no le quedaba capacidad de sufrimiento, había rebasado con exceso su límite. Recordó con un estremecimiento el instrumento en forma de pera invertida (con un tornillo y una llave de hierro al final) que el hombre de negro había metido en la parte más íntima de su cuerpo. Su rostro impávido, blanco, ni siquiera se había alterado al mover la llave, al dar una vuelta de tuerca (y luego otra, y otra, y otra más) al tornillo, mientras estaba atada, inmóvil, indefensa. Sus entrañas se habían desgarrado. El daño era irreversible, sangraba por dentro.

Lo único peor que eso, fue contemplar el rostro de Guerau, su amante, mientras la torturaban. No quería seguir viviendo. En un mundo así, no había sitio para una mujer como ella.

Los aldeanos -sus vecinos, sus amigos, gente que había compartido con ella- decían que tenía la culpa de la mala cosecha, que les había maldecido con tormentas, que celebraba aquelarresn la Pedra Gelada, junto al dódolmen.adaera verdad, pero era gritar al viento. Era hora de morir. Quería gritarles con su último aliento: "!El hecho de que no podáis ver algo no quiere decir que no exista!".


HOY

TXELL

Cuando paseo por Vallgorguina no puedo dejar de ir hasta las viejas piedras, esas piedras ennegrecidas, erosionadas, calcinadas. Testigos mudos de la barbarie y de una época oscura. Puedo percibir en el aire el olor acre del humo. Veo en mi imaginación lo que ocurrió. De noche no puedo acercarme al lugar dónde encendieron las hogueras. No tocaría jamás las piedras. Nunca. No sé lo que llegaría a percibir (Bruna, Arlet). ¿Será verdad que guardan los objetos un resto de memoria de lo que ocurrió?. No me arriesgaré a averiguarlo.

En la vida hay demasiadas cosas que no vemos. Como un inmenso iceberg nos enseña un parte y nos oculta la mayoría de su superficie. El hecho de que no podamos ver algo, no quiere decir que eso no exista. La rana tiene un espectro de visión mas limitado que el nuestro. Antes de la teoría de Einstein nadie hablaba del espacio curvo, ni del tiempo como cuarta dimensión, pero existían. Yo creo en cosas que no tienen un fundamento físico. Creo en mis presentimientos. En mis intuiciones. En mis simpatías y antipatías. Creo en mi vocecita interior. Creo que hay personas que ven más que yo, que sienten más que yo y, por supuesto, hay personas que saben mas que yo.

Creo en la magia. Creo en los ciclos de la naturaleza y que esos ciclos marcan cambios sutiles, en todas las cosas vivas.

Es bueno vivir acorde con lo que nos rodea, empatizar con el mundo rural y con los ciclos naturales. Por supuesto que la mayoría vivimos de espaldas a un mundo del que somos usufructuarios, nunca propietarios, olvidando sus lecciones. Borrando todo rastro de la vieja ciencia, de la vieja sabiduría de los que nos precedieron.



Las denominadas Brujas, fueron casi sin excepción, mujeres que vivieron de acuerdo con la naturaleza, buscando y utilizando viejos remedios. Sin confiar en el poder exclusivo de las religiones y creyendo en una ciencia más antigua. Otras fueron unas rebeldes de su tiempo, mujeres que buscaban la libertad en los bosques. Libertad del corsé puritano que las oprimía. Libertad para bailar, para beber, para cantar, para creer en lo que les apetecería, para gozar de su sexualidad sin falsas hipocresías. Otras no fueron Brujas ni siquiera de nombre, sino víctimas de envidias ajenas, de intereses, de mezquindades, de venganzas. O peones en la Cruzada de la Inquisición.

Pero algo las unificó porque la mayoría de ellas fueron quemadas en las hogueras encendidas por "la Santa Inquisición". Fuegos levantados por los hombres de Simón de Montfort, u otros de parecida calaña. Por ángeles de fría mirada, pálidos rostros y austeras vestiduras. Gentes sin piedad, que decían estar en posesión de la Verdad Única.

Algunas brujas se salvaron de la hoguera, pero no de los tormentos a los que las sometieron sus inquisidores, en su ansia de hacerles reconocer que habían vendido su alma al Diablo y habían entregado su cuerpo a Satanás y sus secuaces, en innombrables orgías, cuya descripción, probablemente, ponía caliente a los envarados atormentadores.

Por supuesto, una vez habían confesado, se las mataba igualmente. Eso si, de forma mas piadosa. Morían ahorcadas.

Todo esto es historia antigua y las cenizas de la ultima de ellas hace tiempo que fueron esparcidas al viento, los patíbulos desmontados, los Tribunales desposeídos de su autoridad religiosa.

Aun así, yo sigo oliendo el humo en Vallgorguina y jamás tocaré esas piedras.

Pero algunas veces paseo por allí, sobre todo al atardecer y al volver a casa, dejo algunos dientes de león en el suelo, como una pequeña ofrenda: la promesa de una nieta a su antepasada.

LA NUEVA BLANCANIEVES








El Reino era un lugar feliz dentro de lo que cabe. Las gentes vivían en armonía, bajo la amable férula de una vieja monarquía en la que confiaban. La prosperidad de su economía y la paz establecida desde largas décadas, hacía que solo las rencillas habituales de la convivencia añadieran su pizca de pimienta a la vida cotidiana.

El Rey, viudo desde hacía mucho tiempo, sólo tenía una hija -la heredera de la corona- la Princesa Blancanieves, querida por todos. Una hermosa joven, apenas salida de la pubertad, de largos cabellos oscuros (por decirlo poéticamente: oscuros, como la noche que cae del mismo cielo de Diós), piel blanca como la nieve y labios rojos como una rosa de pasión.

Sin embargo, la oscuridad se cernió sobre el país, precisamente cuando en la princesa floreció la Roja Flor de la Vida,por primera vez.

Al cumplir los doce años, la vieja maldición se cayó sobre el Reino. La flor y nata de los mozos del lugar, los herederos de las mejores familias, pero también los sanos y bellos hijos de la plebe, del pueblo llano,empezaron a desaparecer misteriosamente, sin que nadie pudiera dar razón de su paradero.

Las noticias corrieron deprisa, cruzando los corredores de Palacio, atravesando los muros de la fortaleza. Recorriendo las calles de la capital y los montes y colinas más lejanas, para llegar al último rincón del país desolado. Un rumor crecía sin contención posible: la desaparición de los jóvenes iba unida inexplicablemente a la desaparición de la vida pública de la princesa durante las horas del día.

Los más viejos del lugar empezaron a hablar de la maldición de esa familia real, de antigua nobleza, de sangre muy pura. Una maldición que parecía cernirse sólo en uno de sus miembros femeninos, en cada nueva generación. Sólo cuando en ellas florecía la feminidad.

El país amaba a sus gobernantes y le era leal como un sólo hombre, pero comenzaron a hablar de la necesidad de buscar una solución. Las voces que hablaban de justicia, fueron saliendo poco a poco del anonimato. Hasta que, por fin, eligieron a un representante para que hablara en nombre de todos ellos, y averiguara, acudiendo al propio palacio, qué ocurría realmente, aunque para ello tuviera que enfrentarse cara a cara con la joven desaparecida.

Escogieron a un joven noble, de reconocidas cualidades, y notable apostura (con una calculada estrategia digna de encomio). El nombre de éste era Raistlin. Era de origen noble, aunque algo así como la oveja negra de su família. Su padre y gran parte de sus familiares había reñido con él por su carácter insolente y extraño, su afición a las artes mágicas, y por su irreverencia con las normas establecidas. El joven Raistlin era un hechicero, de reconocido prestigio fuera de los muros de su conservadora ciudad, que nunca había considerado la magia como algo deseable para un joven educado.

Los adalides de la ciudad consiguieron convencerlo de que viera a la princesa, para lo cual habían pedido audiencia especial. En el fondo a Raistlin no le movía el interés de la ciudad ni del país, sino la oportunidad de ver de cerca a una muchacha, de cuya belleza todos hablaban, pero que apenas nadie había visto de cerca.

Fue concedida la entrevista para el anochecer del día siguiente. El viejo rey llevaba largo tiempo enfermo, muchos decían que sus días estaban contados y temían lo que pudiera ocurrir a continuación. Custodiado por robustos abaceros, Raistlin llegó hasta las enormes puertas de roble que conducían a las estancias privadas de Blancanieves. Éstas se abrieron y, en la penumbra de la habitación se le invitó a pasar, mientras sus escoltas desaparecían sigilosamente.

La princesa estaba recostada en la oscuridad de su lecho, cubierto con sábanas rojas de raso. Rodeada de cojines blancos, en la habitación se hallaban objetos sorprendentes, para el cuarto de una joven princesa. Raistlin observó en un rincón un látigo, reposando sobre una mesita de nácar y ébano, unas altas botas de tafilete verde y tacones puntiagudos. Pañuelos negros y blancos de seda; cuerdas en perchas colgantes; extraños instrumentos de madera; unas fustas (como si la Princesa fuera a montar a caballo en cualquier momento de la noche) y, al final de todo, una puerta entornada -medio oculta por una cortina de terciopelo rojo sangre- y unas escaleras que bajaban.

Miró a Blancanieves, que le observaba, y puso comprobar que era bellísima: joven, muy joven, eso sí. Muy por encima de lo habitual en una muchacha, se vislumbraba en ella una seguridad que no era en absoluto corriente. Parecía que la rodeaba un aura oscura, brillante pero peligrosa. La princesa llevaba una túnica negra de mangas estrechas, muy escotada, de forma que sus pechos incipientes casi asomaban por las aberturas. Calzaba altas botas de afilados tacones. Sus largos cabellos oscuros, sueltos por sus hombros desnudos. De su cintura pendía una cadena con una serie de artilugios, que parecían más adecuados para domar un potro, que para adorno de una joven de su alcurnia.

Raistlin estaba totalmente desconcertado, ya que la princesa no se correspondía con la imagen que se había formado previamente de ella. Se sentía, por otra parte, muy atraído por lo que veía. La jovencita le ordenó imperiosamente que se acercara. Una vez allí, junto a su lecho, le ordenó que se arrodillara en el suelo. Cuando él la obedeció, ella levanto su pierna y apoyó su suave pie en el cuello de él, presionando hacia abajo.

Al hacerlo, la túnica se deslizo hacia atrás y mostró la mas hermosa pierna femenina que él hubiera visto. Se sentía terriblemente excitado, y aun más por la actitud de ella, tan poco dócil y al mismo tiempo tan salvaje, tan femenina.

Ella soltó una carcajada y le dijo: “Mi buen Raistlin, te han enviado como comisionado para investigar qué ocurre, y te juro que lo vas a descubrir”. Su voz era insinuante, como un susurro argentado.

Le hizo permanecer en esa actitud de sumisión, mientras cogía un grillete de los que llevaba a la cintura colgando y lo ponía alrededor del cuello del mago, que se dejó atar de ese modo. Le llevó así, medio a rastras, hacia la cortina que cubría la puerta secreta, tras el lecho principesco.

Bajaron juntos las escaleras, ella llevándole como si fuera su mascota, él completamente anonadado de como se sentía y de la fascinación que la princesa ejercía sobre su carácter, para nada dócil, generalmente.

Cuando llegó al final de las escaleras, Raistlin pudo ver que se trataba de una mazmorra enorme que ocupaba toda la base del Palacio Real. En esa estancia se hallaban todos los jóvenes desaparecidos del Reino, en diferentes fases de desnudez y en actitudes que no hacían pensar -en absoluto- que estuvieran allí contra su voluntad, sino todo lo contrario.

Y bien, entonces Raistlin llegó a la conclusión (en su análisis final, antes de rendirse definitivamente y dimitir de la misión encomendada) de que la Maldición Real no era tal, sino, simplemente, que la Princesa Blancanieves era (como probablemente todas sus antepasadas): una Dómina.

miércoles, 16 de junio de 2010

LILY MAID




Corría por el bosque, siempre que podía escaparse, olvidaba todo, absolutamente todo, dejaba atrás un mundo que le resultaba insoportable a veces y corría libre por el bosque. Y el bosque la acogía como a uno de los suyos.

En cuanto se sentía al amparo de la sombra de los árboles algo cambiaba en ella (como si pudiera respirar mejor, como si fuera otra persona). Con un solo movimiento rebelde de sus dedos, desataba la banda elástica que sujetaba su pelo. Lo liberaba al viento, sintiéndolo salvaje, libre, libre como ella misma se sentía. Corria al viento, corría con el viento detrás de ella dándole alas, hasta llegar al corazón del bosque, a un claro que se abria entre la arboleda, escondido, remoto.

Ella había descubierto ese sitio de pura casualidad, una tarde de esas eternas -una tarde de vacaciones- en un verano que se extendía infinito como chicle gastado, sin llegar jamás a su fin. Aunque ahora si estaban ya en el fin del verano y las hojas habían empezado a caer. El suelo se hallaba alfombrado de ellas, pero aún habia muchas que pendian de los árboles formando una ancha banda cromática de colores, de mezclas, que iban desde el rojo mas profundo, al ocre amarillento y al verde profundo, en todas sus gradaciones.

Ese año no parecía que fueran a volver nunca a casa. El verano se había extendido mas de lo normal, hasta alcanzar el otoño. No le importaba en realidad, habia descubierto la magia del otoño en el bosque, algo que nunca habia visto. No tenía prisa por volver a casa, entre otras cosas porque se sentia mas en su casa aqui. Solo que a veces se aburria, y el tiempo se estiraba y se estiraba, haciéndose insoportablemente largo. Y no siempre podía huir. Sola, nunca se sentia mal, pero para una niña era muy dificil estar sola.

Se tumbó en el suelo cubierto de hojas, sin importarle ensuciarse lo que llevaba puesto. Se tumbó y su pelo formó una aureola, dispersándose sobre las hojas. Alli tumbada, podía ver sus rizos castaños reposar sobre las hojitas amarillas. Extendió brazos y piernas, como si estuviera muerta, jugando al viejo juego..... miró el reflejo del sol de la tarde que se filtraba por el techo verde que la cubría. Formaba luces y sombras por todas partes, dibujos que parecían vivos. Tuvo una imagen visual de si misma, allí tumbada sobre el lecho de hojas y sonrió...

Cerró los ojos y recitó:

- Elaine, la rubia
- Elaine, la hermosa
- Elaine, la mejor doncella de Astolat...

- Encerrada en su torre bordaba en un yelmo
el escudo de Lancelot

Y luego susurró varias veces:

- "Lily Maid, Lily Maid, Lily Maid"

y se imaginó cubierta de lilas en otro bosque, en un bosque mítico. Muerta en el bosque, mientras el viento soplaba en sus cabellos. Igual que la Doncella de Astolat.

MORGANA



La niebla asciende despacio desde el río, que se estremece como un trozo de seda plateada, como un vestido de noche que arrugamos y extendemos con suavidad antes de colocarlo de nuevo en su lugar. Se extiende por los páramos de Avalon, mientras toma consistencia en los viejos robles y anida en las ramas bajas de los abetos. El soldado sentado bajo una encina, duerme el sueño de los justos ... el vino derramado en jarra de plata, la cabeza libre del yelmo, que esta vez ha servido como primitiva copa.

Los estandartes meciéndose al viento ... en el bosque sólo el grito de un búho, rompe con su ulular el silencio de la noche.

Morgana en su torre... la Reina de las Brujas es ahora una mujer que se desprende de su coraza, pero no de su magia, porque la magia es inherente a ella. !No existirá nadie más cómo Morgana¡ !no¡ !nunca volverá a existir¡ porque, incluso en su derrota, ella forjó una leyenda que nunca morirá.

Y es que ella tenia razón, por supuesto, Arturo, era un advenedizo. El hijo bastardo de su madre. El fruto de un engaño, de una traición. Algunas mujeres no pueden ceder ante la cobardía. No soportan la injusticia y sienten sus agravios y los de sus seres queridos de tal forma que, arropadas en su orgullo y en la firmeza de su caracter, plantan cara y toman armas contra quienes les arrebatan lo que es suyo.

Si la historia de Arturo fuera contada desde el punto de vista de Morgana, ¿como seria ese relato?

Creo en la justicia y creo en la magia. Creo en ti Morgana.

domingo, 13 de junio de 2010

EN LA SOMBRA DEL LOBO



EN LA SOMBRA DEL LOBO
1.- LA PECADORA

Me miran de través cuando paso por su lado. Yo camino con la vista al frente, la mirada pérdida, como si no me diera cuenta de nada, pero no dejo de observar sus miradas maliciosas, sus cuchicheos al pasar, en ocasiones escucho su risa ofensiva.

Me dejo llevar por mi mundo interior y sus imágenes me calman. El claro de la colina sembrado de margaritas, mis manos aferrando puñados de tierra humeda, el olor del maiz madurando al sol, su cuerpo cabalgando encima del mío. Quisiera poder ver a mis hijos.

Esta noche entraré en el bosque, quiero ir a buscarles. Me humillaré ante mi marido, suplicaré su perdón. Necesito ver a mis niños, no puedo estar por mas tiempo alejada de ellos. Mi corazón está secándose al sol.

Los lobos no pueden ser peores que las personas.

Encerrada en mi casa miro con impaciencia como el sol se pone en el horizonte. Deseo que sea noche cerrada. Miro pesarosa la luna color naranja que se eleva. Demasiada luz para los ojos que me tienen en su punto de mira. Soy culpable, no lo niego. Soy una desagradecida que no tiene la mejor queja de su marido. Una perdida. Una puta. Pero era tan dulce su cuerpo sobre el mío…. Ni siquiera me duele ya su traición.



2.- EL BOSQUE

Me deslizo en el bosque, con las primeras sombras, oculto mi rostro con la caperuza roja. Si la muerte está aquí, afrontaré el peligro, lo prefiero a seguir viviendo asi.

Percibo en el aire el aroma del bosque, espliego, romero, tomillo, menta. Todo está en calma pero flota un olor extraño, previo a una tormenta. Mis pies desnudos corren por senderos ocultos, intento buscar el camino mas recto hacia el poblado. En la espesura todo está en silencio. Recuerdo las historias sobre las fieras que nos acechan en lo mas profundo de la foresta y mi corazón late con fuerza.

No estoy segura de estar siguiendo el camino correcto, esto ni siquiera se parece a un camino. Nunca me he adentrado tanto en el bosque. Nadie de este pueblo lo ha hecho, es el Bosque Maldito. Pero no hay otro sendero que yo pueda seguir y me lleve hasta ellos. Mi corazón esta enfermo de añoranza.

Corro en alas del viento sin sentir el dolor de mis pies desgarrados. Las ramas mas bajas me azotan. Escucho el susurro de otros pasos a mi alrededor, carreras, sonidos que no identifico y me acomete el pánico. Corro sin control ahora, como un animal perseguido. Cada vez mas y mas rápido, hasta que mi camisa queda enganchada en unas zarzas e intento liberarme. Las espinas se clavan en mi pecho, tatuado ahora con lágrimas de sangre. Grito y, en contestación, un aullido resuena en el corazón de las tinieblas. Luego otro mas y otro, responden al primero. Siento que voy a morir esta noche.



3.- LA SOMBRA DEL LOBO
Corría con el viento en pos del olor de la presa, sus hermanos corrían con él, embriagados con el olor a miedo que ella desprendía, siguiendo sin problemas el rastro claro que iba dejando. Sacudió su cabello con un movimiento salvaje y respondió con un aullido al grito de la presa atrapada. Sus hermanos corearon su aullido y su fuerza vital se elevó en la noche.
En unos segundos estaba junto a ella, pequeña, aturdida, atrapada en unas zarzas a los pies de un roble, y lamía con deleite las gotas de sangre que adornaban su suave piel. La marcó con su olor, con su saliva.

Con un movimiento brusco de su mano apartó a uno de sus hermanos que, mas atrevido que el resto, le disputaba la presa. Era suya. Sus miradas se cruzaron y ganó el reto. Su hermano se apartó con un gruñido insatisfecho.

Desnudándola, pero dejando en su cabeza el trapo rojo que llevaba, la puso a cuatro patas y orinó encima de ella. Luego le ciñó el cuello con una tosca cuerda, ató sus manos y la llevó a rastras a su guarida.
4.- LA PRESA

Despierto en una cabaña y me siento aturdida. No se si me he desmayado o he tenido una alucinación. Recuerdo el pánico y el bosque, la carrera y los lobos, pero no se como he llegado aquí. Estoy desnuda. Miro mis manos atadas con una cuerda de cáñamo, una cuerda que pende de mi cuello. La cuerda esta colgada, sujeta fuera de mi alcance, así que estoy prisionera, ¿de quién?... eso me gustaría saber. Mi pecho está cruzado por algunos arañazos bastante hondos, pero las heridas no parecen infectadas, es como si alguién se hubiera cuidado de limpiarlas, por absurdo que parezca.

Un vago recuerdo inquietante cruza mi mente (gotas de sangre, gotas de sangre y una lengua rugosa) y lo aparto con premura. Estoy acurrucada en un jergón de paja y juncos, que huele a fresco y a mi lado tengo un cuenco con agua, pero no tengo otro modo de llegar a él que poniéndome a cuatro patas y lamer el agua. Tengo tanta sed que ni siquiera me planteo no hacerlo, bebo de ese modo de él, como una perrita. Nunca he ansiado tanto algo como esa agua.

Me incorporo de pronto porque me he sentido observada, ese sexto sentido que tenemos todos y que nos hace saber cuando nos miran. Espio a mi alrededor y no veo a nadie, tan solo la cabaña, sencilla, austera, pero curiosamente limpia. Pero yo he sentido unos ojos, paseándose por mi anatomía, fijos en mi.

Me acurruco de nuevo sobre el jergón, intentando buscar la postura mas cómoda. Quiero dormir, necesito el sueño reparador que me libre de mi congoja.

4.- EL LOBO

La miraba con deleite desde el otro lado del panel. Sus ojos espiaban su indefensión y ese aire de gacela atrapada, se recreaban en él. Observó con agrado que ella hacía uso del cuenco que le había dejado y bebía como la perrita que era, a cuatro patas.

Pronto entraría y le haría entender su nueva situación. Era suya.



5.- EL LOBO Y SU PRESA

Siento una mano áspera que aparta el pelo que cubre mi cara y despierto sobresaltada, me incorporo de un tirón. No recuerdo que estoy atada por el cuello y la cuerda se clava lastimándome. A mi lado hay un hombre corpulento, vestido de forma sencilla con unos pantalones de gamuza y una tunica abierta. Sus ojos negros me taladran.

Veo que estás despierta… .me alegro, perrita, me dice…

-Ahora escúchame en silencio y no digas nada hasta que acabe de hablar. Si tienes que hacer algún comentario puedes hacerlo luego. Entendido?

Asiento con la cabeza e intento cubrirme los senos con las manos. Soy consciente de mi desnudez. El tira de la cuerda pendiente del gancho en el techo y eleva mis brazos, de modo que mis pechos quedan totalmente al descubierto y no tengo modo alguno de cubrirme. Siento un calor inusitado y una excitación extraña que no puedo controlar. Me aturde mi reacción.

Nada de eso, perrita, ni se te ocurra…. Y al decir esto sonríe de un modo malévolo.

-Vamos a ver –continua hablando, mientras separa mis muslos y ata mis piernas con otra cuerda, de modo que no pueda cerrarlas- . Entraste en mi Bosque, aquí las reglas de tu mundo no sirven, solo las mías.
Y las mías son las de un Lobo. Mando en mi manada, pero existen mis hermanos que me ayudan y me dan su apoyo y compañía. Conquisto su lealtad con mi buen hacer como líder de la manada. Me ocupo de la caza, de su alimentación, de su cobijo. Son libres de aceptar las normas o irse. Como tu. Si después de oirme decides que tu sitio no es éste, yo mismo te desataré y te llevaré fuera del Corazón del Bosque, para que puedas reunirte con los tuyos. Si por el contrario decides quedarte has de saber que eres mía. Como lo es esta mesa –dijo señalándola- como lo es mi cuchillo, mis botas. Por supuesto eres mía en un grado diferente a esas cosas, pero puedo disponer de ti como de ellas, en el momento y el lugar que me plazca y del modo que desee. Tu cuerpo es mío. Tu placer es mío y te lo daré, o no, si eso me complace a mi. Tu lealtad es mía. Tu me perteneces. Yo cuidaré de ti y no te exigiré mas de lo que tu puedas darme. No te pediré que seas lo que no eres. Castigaré tus fallos, pero nunca seré ruín ni te apartaré por ellos. Yo cuido de lo que es mío. Conmigo estás segura. Si un día decides darme tu corazón no lo morderé y lo desecharé después a un lado, pero tu corazón solo puedes dármelo tu.

Ahora te dejo para que reflexiones. Si tienes hambre aquí te dejo comida y agua. Después volveré para conocer tu decisión.

Se incorporó de la silla en la que estaba sentado y pellizcó mi pezón desnudo, bajó la cuerda tirante, dejándome como estaba antes y desapareció de mi vista.



ULTIMO.-

He estado pensando durante mucho, mucho rato. Las sombras de la noche se ciernen en mi cabaña, veo el cielo color violeta en el oeste, nubes púrpura arropando los rayos moribundos del sol. He comido y he bebido, he efectuado mis necesidades en un pequeño rincón habilitado para ello, ya que la longitud de la cuerda me permite llegar. Ya no me molesta mi desnudez. Me siento vulnerable y frágil, pero me gusta. Toda mi vida ha pasado ante mi en estas horas de forzada soledad y he recordado todos sus detalles.

Mi niñez rebelde, intentando seguir las normas que me dictaban y olvidándolas siempre que mi yo salvaje se anteponía a lo que me decían que era justo. Mi juventud perdida junto al hombre que escogieron para mi, porque era bueno, porque era trabajador, porque jamás me daría un disgusto. Los hijos que tuve que me atraparon con los dedos del amor y se apoderaron de mi corazón y mi libertad.

Mi amante que me abordó y mi cortejó y no paró hasta conseguir que fuera suya y luego me apartó como si le contaminara, en cuanto los remordimientos hicieron mella en su corazón cobarde.
Las murmuraciones, las palabras crueles, el vacío social, la puñalada de la gente en quien confiabas, el desprecio, el sentimiento de vacío, la soledad.

Sonrío. Es mucho mas sencillo vivir en un mundo de Lobos. Cuando perciba la sombra del Lobo entrar en mis aposentos, me entregaré a él.

sábado, 12 de junio de 2010

APRENDIZAJE




APRENDIZAJE

Sueños oscuros en una sala de cine,
con el abrigo sobre la falda,
manos que reptan desde el silencio,
ojos que miran fijamente la pantalla,
aprendizaje sobre la piel.

Miedo en la oscuridad de la habitación,
locas con un cuchillo se ocultan tras la puerta,
esperan a que te decidas a entrar.
Monstruos que aguardan en el fondo de un armario,
a que dejes abierta una rendija por la que puedan pasar.

Noches de verano, ruido de tambores en el cielo,
amores imposibles, me oculto en un pajar.
Paseos por la hierba húmeda, atardeceres lluviosos,
botas para cruzar el mar.

Bicicletas que marchan en pos del viento,
sensación de estar fuera de lugar,
bailes a los que no fui,
montones de cómics para fabular.

En lo más recóndito del bosque,
experiencias compartidas
que nunca podré olvidar.

Paseos por una luna roja que nace,
viejos monstruos, pero de verdad,
que manosean pezones inquietos,
sentido de culpabilidad.

Lectura de libros prohibidos en cualquier escondite secreto
Anhelo intenso de espiritualidad.

VIENTO



VIENTO


Hay un viento que conozco
y él conoce siempre mi dirección.
Me lleva a su lado en las noches estrelladas,
le abro el portal de mi corazón.

Es un pequeño viento cambiante,
inconstante, infiel, caprichoso,
como yo.

Baila entre las acacias.
Besa las hojas de las encinas.
Tiñe de plata los olivos.
Trenza las agujas de los pinos.
Arremete contra los cipreses.

Cambia, como mis estados de ánimo
(hoy llueve, mañana luce el sol).
Yo diría que me conoce,
que comprende mi corazón.

Ese viento me enseñó la música,
abrió puertas a mundos que son y no son,
lugares que sólo vivían
en la fábrica de sueños, en mi interior.

Empatiza con lo que quiere la gente.
A cada uno le sirve de fuente de inspiración.
A los tímidos les da valor.
A los callados les regala elocuencia.
A los tristes, melancolía.
A los románticos, un toque de pasión salvaje.
A los perversos, un rayo de inocencia.
A los pesimistas, una brizna de ilusión.

Es un viento humilde, no tiene nombre siquiera,
pero si lo sientes llegar,
deja abiertas puertas y ventanas,
no permitas que pase de largo en tu estación.

jueves, 10 de junio de 2010

INTOLERANCIA


INTOLERANCIA

CAPITULO I

REBEN

Reben miraba el fuego y la figura de Jules que se recortaba contra el fondo de las llamas. El siempre la hacía sentir incómoda. No podía dejar de ser consciente de que estaba con un ser de otro mundo, totalmente distinto a su especie. Un ser que no era como su gente, que sólo era una parte y no un todo. Una mitad.

Intentaba razonar y decirse que sólo eran prejuicios, que ese ser era tan humano como ella y que debía liberar su mente y tratar de ver sólo lo que les unía y no las diferencias. Por otro lado, ella era una persona que se jactaba de su mente abierta, comprensiva, no en vano era profesora de Antropología en una prestigiosa universidad. Sabía perfectamente que ser distinto no era malo y que la uniformidad no era condición sine qua non para ser aceptado
Aún así miraba a Jules con desconfianza y recelo y le odiaba por ser distinto, por hacer que ella se sintiera siempre de ese modo por hacer que permaneciera siempre en uno de sus lados cuando ella era un todo.

Por obligarla por su propia naturaleza tullida, con su modo de ser extraño y alienígena, a permanecer siempre bajo esa forma.

No era natural........nadie podría convencerla nunca de que era una opción tan válida, tan buena como la de su propia especie.


JULES

Jules se mantenía apartado del campamento porque allí estaba Reben. Se negaba incluso a mirarle detenidamente (y también se negaba mentalmente a pensar en eso como "ella"). Sabía que por el bien de la Convención Galáctica y como enviado de su mundo debía colaborar con Reben -al igual que Reben debía colaborar con Jules para bien de su mundo y de su especie-, y su carácter disciplinado por años de permanencia en el Ejército le ayudaban a ello, pero no podía evitarlo.

Sentía una aversión totalmente natural ante la naturaleza extraña, alienígena de Reben. Era algo instintivo. No podía encajarle de ningún modo y no sabía muy bien como tratarle.

Sus superiores le habían explicado las cosas y él procuraba entenderlas pero era algo tan insólito que le superaba.

Intentaba pensar en Reben como en "ella ", ya que sus manifestaciones físicas al encontrarse con él, en su única compañía durante el tiempo que durara ese maldito experimento aprobado por la Convención, eran las de una hembra. Pero era incapaz de negar su conocimiento, de ahogar lo que sabía y nunca podría verle como a una mujer y en consecuencia tratarle como a tal.

MORBIUS Y STEVEN

En sus respectivos puestos de mandos, el Profesor Morbius, líder del Mundo de Darkill y el General Steven Hazel, comandante en Jefe de la Flota Estelar Terrestre observaban a sus enviados.

Morbius habló primero por el intercomunicador, su suave rostro tenia un aire triste al hablar, aunque resultaba difícil leer las emociones en su rostro de facciones cambiantes.

El Experimento era un fracaso total. Y las dos especies estaban condenadas si no llegaban a aceptarse y verse como iguales.

En el Mundo de Darkill eran todos hermafroditas, el sexo no era determinante de la personalidad, ni de la valía de la persona.

El sexo era cambiante, como cambiantes eran sus rostros, moldeables. Uno/a era macho o hembra en función del sexo que decidiera adoptar la persona que tenías mas cerca en tu entorno, en función de como te hacía sentir o qué sentimientos despertaba en ti o tu en él/ella.

A veces uno/a necesitaba, tenía, mostraba una urgencia por ser suave y femenino. Mostraba esa faceta porque te sentías así. En otras uno/a eras masculino y mostrabas tu virilidad en forma orgullosa. Tu otro yo. Dos caras de la moneda. Un todo, sí, aunque solo una parte de lo que era una persona.

Era posible que la parte femenina de los darkillianos no fuera exactamente como la de las hembras de la Tierra. Y también era probable que su parte viril no fuera exactamente igual a la de los hombres terrestres.

O eso pensaba Morbius, ellos/as eran moldeables, fluían y cambiaban y no aceptaban estereotipos sexuales.

Steven Hazel, pensaba que en la Tierra los hombres nunca eran mujeres, ni las mujeres hombres, aunque fuera en forma temporal. No existía esa posibilidad -aunque algunos hombres estaban atrapados en cuerpos de mujer y algunas mujeres en cuerpos de hombres-

Todos eran solo una de las dos partes y si había partes distintas dentro de ellos allí permanecían.

Steven Hazel pensaba todo esto y pensaba en lo curioso que era que el viera ahora esto como una "riqueza", después de años de tratar con Morbius y de empezar a comprenderle. Pero sabía que la mayoría de su gente era como Jules Logan.

Morbius también sabía que su gente era mayoritariamente como Reben.

Así que debían abandonar el proyecto de colaboración y sus beneficios y vivir sus vidas y proyectar su futuro de forma individual en la Galaxia.

Hazel pensaba que eso les llevaría con el tiempo a combatir entre ellos por la hegemonía, al menos a los hombres -que eran sin duda mucho más agresivos que los darkillianos-

Morbius sabia que su raza debía tender un puente entre sus dos mundos o sucumbiría, pero no podía encontrar el modo de soltar ese puente.

Quizá no fuera posible, quizá siempre se rechaza lo que es distinto....

cenicienta final

Al llegar a mi desván me encontré allí sentada a la Dama del Destino. Estaba en mi ventana, sentada en el alfeizar y parecía tan tranquila como si no estuviera colgando de un cuarto piso, con las piernas en el vacío. Me dijo: cenicienta, se me olvidó decirte una cosilla, todas tus galas se desvanecerán como humo a las 12 en punto. Así que espabila y haz lo que tengas que hacer antes de esa hora, en la que todo lo que lleves encima desaparecerá como la ilusión que es. A mi eso me pareció una mala pasada, pero al menos me daba un margen para gozar de la fiesta, y estaba dispuesta a no perdérmela por nada del mundo. Pero había un tema que me preocupaba y era el de mi transporte. Sin embargo mi Dama parecía tenerlo todo controlado porque me dijo que eso no debía preocuparme.
Con una sonrisita y su eterna ramita de abedul en las manos no paraba de mirarme y me estaba poniendo nerviosa. Como era tarde empecé a desnudarme para vestirme con mi precioso traje nuevo. Ella no se iba, ni desaparecía ni nada y seguía allí, con esa sonrisita en los labios. De pronto dijo: creo que aun tenemos un poco de tiempo para jugar. Y entrando en la habitación cogió mis manos y las sujetó con una tira de mis viejas enaguas, me hizo apoyar sobre el alfeizar de la ventana, y separó mis piernas deleitándose con la visión de mi cuerpo desnudo, de mi sexo ofrecido, adornado con ese suave vello color oro viejo. Recorrió mi coño con la ramita de abedul, abriéndolo, rozando los labios y obligándolos a separarse. Sus caricias toscas me estaban excitando y ella sabía como combinar la rudeza con la suavidad y conseguir el efecto que quería. Siguió con los azotes de la ramita y yo me unía a su ritmo in crescendo, hasta que al final era mi cuerpo el que buscaba el contacto, la caricia, el azote. La miré mientras sentía que el clímax estaba a punto de atravesarme, le pedí permiso inconscientemente y ella sonrió de nuevo y dijo: Si.

Mi Dama me ayudó a ponerme el vestido mientras yo temblaba aun. Recogí mis cabellos en lo alto y opté por ponerme solamente el collar de amatistas, ceñido a mi cuello, dejando libre el esplendor de mi escote y los pliegues suaves de mi vestido de arco iris satinado. Con un toque de su ramita mágica volamos con el viento y él me transportó hasta la entrada del Palacio Real. Allí mi Señora Misteriosa se esfumó de nuevo en la noche





CAPITULO QUINTO

Jamás había visto un lugar tan bello y lujoso como el Palacio del Rey, sin embargo en cierto modo parecía hecho para mí, mi alma lo reconocía. Adoraba la belleza de sus suelos de mármol, la serena dignidad de sus columnas, la visión del lago desde las ventanas, los jardines en penumbra. Todo ello me hablaba directamente a mí, parecía susurrar mi nombre: cenicienta, cenicienta, bienvenida a casa….

Procuré mantenerme en un lugar discreto, lejos de las miradas de la viuda Chancellot y de sus hijas. Me apoyé en la baranda del segundo piso y desde allí observaba a la gente que bailaba. El príncipe Christian estaba al lado de su padre, el Rey, pero parecía aburrirse mucho. Era un buen mozo, joven, rubio, con buena planta y sus ojos azules, aun a esa distancia a la que yo estaba, tenían un aire dulce

. En ese momento nuestras miradas se cruzaron, azul contra azul, porque él había levantado la vista hasta donde estaba yo medio escondida. Una chispa de interés despertó y a grandes zancadas se dirigió hacia mi.

A partir de ese momento no me dejó ni un instante, parecía fascinado por mi. Me dijo que era la muchacha mas bella del baile, pero que no era solamente mi innegable belleza lo que me hacía tan especial, sino que yo era distinta. Que el sentía que eramos cómplices, que habia un nexo de unión entre nosotros. Bailamos al ritmo suave de la música, envueltos en el olor a fresa de los mejores sueños, Miré al fondo de los ojos de mi principe y de pronto lo supe, lo comprendí todo y sonreí. El me miraba con la misma comprensión en la mirada.

Y de pronto sonó la primera campanada y yo fui terriblemente consciente de que estaba en el filo de la medianoche. Así que corrí como si llevara alas en mis zapatos, corrí con el viento, con mi sangre joven latiendo descontrolada mientras volaba escaleras abajo y al hacerlo sentía como Christian me seguía, pero sin poder atraparme. En mi carrera perdí uno de mis preciosos zapatos pero en esa tesitura me daba igual, seguí corriendo como un espiritu libre hasta alcanzar el amparo de las sombras del bosque y la niebla que se formó como por arte de magia fue mi aliada. Completamente desnuda, esfumadas mis lindas ropas, desnuda como una buena sumisa, volví al refugio de la mansión que un día fue de mi padre.

A la mañana siguiente no se hablaba de otra cosa en el Reino que de la misteriosa desconocida que había encandilado al esquivo Principe Christian. Y de la decisión de este de hacer probar el zapato que la muchacha del baile perdió al huir de Palacio, a todas las muchachas casaderas del Reino, hasta encontrar a su dueña. Yo sonreía interiormente.

Anémona y Críspula andaban muy preocupadas con eso, como si hubiera la menor posibilidad de que pudieran encajarse uno de mis zapatos.

Al llegar el Emisario Real, por supuesto lo intentaron, pero sus toscos pies no encajaban en mi zapatito de cristal. Cuando estaba a punto de marchar el Emisario, el Sr. Arrogante le detuvo y dijo ante el asombro de la Viuda y sus hijas: Un momento, Señor, existe otra muchacha casadera en esta casa y me miró a mi perentoriamente, conminándome a obedecerle como había hecho siempre. Arropada por la fuerza de su mirada, vencí mi timidez y avancé hacia el Emisario del Principe y sentándome en el escabel tendí mi pie al paje.

El zapato encajó a la perfección y un destello de luz azulada pareció cubrirme.

De todo esto hace más de un año. Ahora soy la esposa del Principe Christian, la Primera dama del Reino, la Princesa cenicienta y como todo todos los honores son pocos para mi. Vivo en el Palacio Real, que parece que me esperaba como a su elegida. Tengo criados y la gente me respeta y envidian mi suerte. El Rey está contento porque su hijo tendrá un heredero, ya que estoy embarazada y pronto daré a luz. Todo el mundo es feliz en el Reino (excepto quizá la Viuda Chancellot y Anémona y Críspula).

Sin embargo las cosas no han cambiado tanto en el fondo. El Sr. Arrogante vino conmigo a Palacio cuando me casé con el Principe Christian, en condición de mi hombre de confianza, mi escudero, mi mayordomo especial. En la intimidad él manda, por supuesto. Como siempre. Soy suya. Le pertenezco. Es mi Señor, Me azota cuando le place o cuando cree que mi comportamiento no es el adecuado, o simplemente porque lo desea en ese momento. Me usa a su antojo y nada tengo yo que decir a ello. Me humilla y le obedezco en todo y para todo, porque su placer es lo importante y complacerle el mio.

Bueno, en realidad, hay una novedad y es que ahora somos dos para complacerle y servirle. Dos a los que puede usar a su antojo y que son absolutamente suyos. Yo y mi esposo, el Principe Christian.

Que, por supuesto, es también sumiso.

cenicienta segunda parte

CAPITULO TERCERO

Mi vida seguía del modo habitual en la mansión que fue de mi padre y aunque a veces le añoraba muchísimo, no podía decir que mi existencia fuera infeliz. Había descubierto en mí una vocación por servir, por ser simplemente la última de las marmitonas de la cocina. Y en toda esa humillación -que desde luego sentía- había descubierto un placer oculto, secreto.

Si yo al nacer ya era así o si fue algo, una deformación, que surgió a raíz del trato al que me sometieron en edad tan temprana mi madrastra -La Viuda Chancellot- y sus hijas las señoritas Anénoma y Críspula (y siguiendo su ejemplo y sus órdenes todos los criados de la casa), no sabría yo decirlo. Quizá era una semilla latente y se desarrolló al encontrar terreno favorable. O más bien se hubiera desarrollado igualmente bajo cualquier circunstancia...

Mi mentor en estos juegos, el Señor Arrogante, había empezado a educarme siguiendo un manual secreto que tenía en su cuarto del penúltimo piso. Ahora cuando cometía alguna falta -real o imaginaria- me hacía subir a su habitación y allí colgaba una cuerda de la viga de madera del techo, haciéndola pasar por una argolla, sujetaba mis muñecas a ella y me alzaba hasta que sólo rozaba el suelo con las puntas de los pies. Luego -como era compasivo- vendaba mis ojos, a fin de que yo no viera lo que iba a ocurrir. Luego soltaba parsimoniosamente los lazos de mi corpiño, desnudando mi espalda.

Normalmente esperaba un rato antes de azotarme para corregir mis fallos y defectos y yo pasaba ese rato con los brazos tensamente alzados y todo el cuerpo en tensión, equilibrándome sobre la punta de los pies. Sin ver nada, sumida en una sedosa oscuridad, pero intuyéndole cerca de mí, devorándome con la mirada. Sentía sus ojos negros clavados en mi cuerpo semidesnudo y algo en mi gritaba de júbilo y orgullo.

En ocasiones el Señor Arrogante llamaba al Mozo de los establos para que éste me disciplinara por orden suya, en su presencia, y yo sentía en esos momentos un gozo oscuro, aunque mi exterior seguía siendo aparentemente el de una doncella serena y virginal. Esas sesiones de castigo solían terminar descolgándose de la viga del techo, pero sin desatarme las manos ni quitar la venda de mis ojos y entonces llegaba la hora de las caricias. Ellos tomaban su placer en mí y yo me amoldaba a sus deseos con una obediencia que cada día perfeccionaba más, aunque en ocasiones tuviera algún conato de rebeldía que ellos prontamente acallaban.

La vida transcurría placidamente y yo me sentía feliz en cierto modo. La Viuda Chancellot era una Ama Oscura, caprichosa y dominante que siempre encontraba el modo de hacerme llorar y que nunca demostraba estar satisfecha con el modo en que yo obedecía la menor de sus órdenes y llevaba a cabo el más nimio de sus caprichos. Sin embargo a pesar de ello -o quizá precisamente por ello- yo respetaba su autoridad y el poder que tenía sobre mí y me plegaba también a ella y hacía conmigo su voluntad. Anémona y Críspula eran crueles conmigo y gozaban produciéndome autentico dolor. Entre ellas y yo no sentía la menor complicidad y eso era lo que hacía que lo pasara francamente mal en sus manos. Tenían envidia de mi belleza e intentaban destruirla o aminorarla siempre que tenían ocasión.

Un día llegó un emisario a nuestra casa y hubo un gran revuelo que, como una fiebre, recorrió la mansión de punta a punta. Debido a mi humilde condición fui seguramente la última persona en enterarse de qué lo había producido, pero al final llegó a mis oídos que su Majestad el Rey de Shannador daría una gran fiesta en honor de su único hijo el Príncipe Christian. Una fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas, hijas de las nobles familias del Reino. Su intención era que el Príncipe -que al parecer era mas que algo reacio a la idea del matrimonio- encontrara a la joven capaz de enamorarle y conseguir que tomara la decisión de formar una familia y dar un heredero al trono.

Al enterarme de esta fiesta al oír la conversación de un pinche de cocina con una marmitona yo sentí que aleteaba una nueva ilusión en mí. Nunca había estado en ninguna fiesta. Pensé que yo era también hija de una noble familia -fuera cual fuera mi lugar en aquella casa en la actualidad- y que por lo tanto tenía tanto derecho como Anémona o Críspula a ir. De hecho la invitación decía: " a las jóvenes casaderas de la mansión Chancellot" y yo era a mis 18 años evidentemente una joven casadera y aquella era mi casa.

Cuando estaba de rodillas encendiendo el fuego de las habitaciones de mis hermanas oí que ellas hablaban de hacer venir inmediatamente a las modistas a fin de confeccionar sus vestidos para la fiesta. En mi ingenuidad yo no había pensado en ello, pero ahora al inspeccionar mis harapos, me di cuenta que necesitaba un vestido nuevo. Pero tengo un espíritu emprendedor y pensé que yo no era una inútil como mis dos hermanastras y que podía hacerme mi propio vestido de fiesta.

Sonriendo puse patas arriba todo el desván pero mi constancia se vio recompensada cuando encontré una pieza de color rosado que debió pertenecer al ajuar de mi madre. Puse manos a la obra y por la noche, después de limpiar las brasas de la cocina, me lavaba con el agua del pozo, subía a mi habitación y cosía mi vestido a la luz de una candela. Cada día cosía un poquito, hasta que se me vencían los ojos por el sueño y el cansancio y quedaba dormida.

Como me quitaba horas de sueño al confeccionar mi vestido y me levantaba al alba, un día me quedé dormida mientras limpiaba una chimenea. Era la primera vez que me ocurría pero cuando me descubrieron tendida sobre las losas de la cocina llamaron al Sr. Arrogante, a fin de aplicarme un correctivo. El me hizo salir al patio de detrás de la cocina y me mandó desnudarme por entero.

Obedecí, aunque sentía fijas en mi las miradas de todos los criados que me miraban recreándose tras los visillos de la casa (y seguramente también las miradas de mis Amas). Con dulzura desaté las cintas de mi corpiño y me lo quité, desabroché mi falda y después de descalzarme me quité las medias de algodón, enrollándolas. Quedé en camisa, temblando de frió, miré a mi verdugo y el me conminó con la mirada a que continuara hasta desnudarme por completo. Levantando los brazos me quité la camisa, sacándola por encima de mi cabeza. Mis cabellos rubios se soltaron de la cofia y cayeron como una oleada sobre mis hombros y espalda.

Yo temblaba y no se si era de miedo o excitación, aunque el otoño estaba avanzando rápidamente. El suelo del patio estaba cubierto de hojas doradas y un viento gélido soplaba desde el norte y movía mis cabellos. Yo sentía vergüenza al estar allí totalmente desnuda e indefensa, pero al mismo tiempo una extraña calidez, un sensual orgullo. El Sr. Arrogante me dominaba con su altura. Se paró delante de mí y recogió la cascada de mis cabellos en lo alto de mi cabeza, sujetándolo con una larga horquilla que sacó de su bolsillo. Pellizcó mis pezones que respondieron a sus dedos, aunque ya estaban erectos. Entonces metió el cubo de estaño en el pozo y lo sacó lleno de agua helada. Vertió el agua por encima de mí y por la impresión no pude evitar soltar un agudo grito. El me abofeteó para llamarme al orden, mientras decía con voz potente: Silencio! Yo tiritaba de frío y de humillación y mientras él enrollaba una cuerda y la empapaba en el cubo de agua del pozo que otra vez estaba lleno.

Me hizo poner de espaldas a la casa y con las manos extendidas y las palmas apoyadas en la baranda del pozo. Separó ligeramente mis piernas y yo pude sentir como acariciaba ligeramente con los dedos el hueco de mi rodilla. Se separó de mí un poco, lo suficiente para poder maniobrar con su látigo de cuerda y azotarme así, ligeramente inclinada.

Me dijo: "¿Cenicienta, cuantos azotes quieres? ¿Cuantos crees que mereces?"

Yo respondí: "Todos los que Vd. desee, Señor" "Merezco todos los que Vd. quiera darme"

Buena respuesta -respondió- Te daré 15 azotes y tú vas a contarlos en voz bien alta y a darme las gracias cada vez. ¿Lo has comprendido?

Respondí: "Si, Señor, he comprendido"

Mientras me decía todo esto estaba humedeciendo bien la cuerda en el agua helada a fin de que pesara más. Empezó a azotarme y la cuerda cayó sobre mi espalda. Yo conté: "Uno, gracias Señor". Me azotó cinco veces en la espalda, cruzándola de lado a lado. Yo respondía siempre entre latigazo y latigazo, contándolo y dándole las gracias. Intentaba no temblar y no echarme a llorar, sabía que eso solo empeoraría las cosas. A el le gustaba mi comedimiento. Seguidamente empezó a azotar mis nalgas, me azotó allí siete veces. Yo sentía arder mi piel, notaba el escozor y pensé que no podría sentarme en mucho tiempo sin acordarme de esos azotes. Al mismo tiempo sentía la humedad rezumar entre mis piernas. Yo estaba al limite de mi capacidad de resistencia pero el continuó y descargó los tres golpes restantes en mis muslos, rozando mi sexo como en una salvaje caricia. Al terminar yo estaba sollozando y me sentía tan vulnerable como feliz.


CAPITULO CUARTO

El otoño era una llama de oro en el Reino de Shanador mientras se acercaba inexorablemente el día de la fiesta que el Rey daba en honor de su único hijo, el Príncipe Christian. Yo estaba absolutamente resignada a no asistir al baile, dado que mis innumerables obligaciones en casa de mi madrastra, la Viuda Chancellot, mi Ama Oscura, no me habían dejado tiempo de terminar mi vestido de gala. Aunque asumía esto como un hecho irrefutable y mi naturaleza sumisa me ayudaba en ello, un conato de rebelión me hacía esperar sin esperanza lo imposible. Un milagro que cambiara la situación y me dejara asistir por una noche a una festividad propia de mi edad y de la condición social en la que había nacido.

Una tarde ventosa me escabullí al bosque cercano para soñar a la luz de la enorme luna que nacía. Yo tengo una naturaleza soñadora. Me senté bajo el viejo roble que conocía mis secretos de infancia y el cansancio hizo que quedara adormilada. De pronto me despertó la luz. La luz dorada de la luna, que parecía haber crecido en intensidad y me acariciaba como un beso. Apoyada en el tronco del roble (Ygdrassil así lo llamaba yo en mis ensoñaciones) una mujer me miraba. Tenía un aspecto extravagante, para empezar vestía como un muchacho, pantalones de montar, botas altas hasta los muslos, las cuales ceñían como un guante sus finas piernas, una camisa con muchos volantes y se envolvía en una capa de muchos colores, irisada. Sus cabellos color violeta la envolvían hasta las rodillas y parecían flotar en rizos suaves, que se mecían a un viento invisible. Toda ella rebosaba fuerza y poder, pero no era esto lo mas notable si no un cierto aire burlón, como de estar de vuelta de todo. Estaba impreso en la media sonrisa de sus labios jugosos, en el brillo travieso de sus ojos negros, en el gesto indolente con el que mordisqueaba una ramita de abedul. La extraña me llamó por mi nombre, cenicienta (porque este era mi nombre ahora y yo lo sentía como tal) y me dijo que era mi Carta Mágica del Destino y que ella era el instrumento para que yo alcanzara mi Plenitud. Al decir estas enigmáticas palabras empezó a dar vueltas a la ramita de abedul y al hacerlo cortaba el aire y parecía abrir agujeros en la noche, como si disolviera la realidad de mi bosque, haciéndome pensar que estaba viviendo un sueño, tan vívido que me parecía real. Sin darme tiempo a pensar, en uno de esos trazos cortando el aire hizo surgir (no tengo otro modo de describirlo) un hermosísimo traje de la nada y lo puso en mis brazos. Era de un color indefinido que podía ser tomado por blanco y que sin embargo contenía todos los colores, cambiante bajo la luz de la luna, formado por pequeños arco iris irisados. Era de una sencillez absoluta, de líneas tan puras que estuve segura que mi cuerpo joven destacaría dentro de él como un faro. La Dama, a la que no tengo otro nombre que poner que la Carta del Destino seguía con sus piruetas y a cada una yo recibía un regalo: unos zapatos de tafilete plateado, un collar de aguamarinas, unos pendientes a juego… Cuando hubo terminado me dijo: y ahora pequeña vuelve a tu casa que yo me encargo de hacerte llegar todo esto por mi servicio particular de mensajeria –al decir esto último sonreía burlona. Y antes de que pudiera agradecerle nada, se esfumó en la noche, dejándome con la miel en los labios.

Volví corriendo a casa, esperando que mi falta no hubiera sido descubierta, pero al entrar por la puerta de la cocina encontré allí al Sr. Arrogante que me miraba severo. Di un respingo y sentí que mi corazón se aceleraba. Me postré a sus pies, con los brazos extendidos y la cabeza muy cerca de sus piernas. Como una caricia, sentí su mano en mi nuca rubia. Me dijo: ¿dónde estabas, cenicienta?, ¿acaso no sabes que debes pedirme permiso para ausentarte? Levanté la cabeza y le miré con lágrimas en los ojos, poniendo el corazón en ellos, ese hombre me podía, me abrumaba su presencia, me controlaba. El me conminó a continuar con la cabeza baja en el suelo, en mi posición humillada, sumisa. Mis cabellos se derramaban por el suelo y me impedían ver nada, pero sentí que se movía a mí alrededor, y noté como me sofaldaba y pasaba su mano fría por mis nalgas desnudas –yo tenía prohibido llevar ropa interior-. Noté el aire silbar antes de sentir el azote de la pala de amasar el pan, me mordí los labios para no gritar, y los azotes cayeron mientras el Sr. Arrogante me conminaba a decir dónde había ido y qué había hecho. Entre sollozos se lo conté todo. Cuando hube terminado, siguió azotándome y luego, en esa misma posición, me usó para su placer (aunque debo confesar que mi perversión hizo que también fuera el mió). No hizo comentario alguno sobre la fiesta, ni sobre mi intención de asistir a ella. Tampoco me lo prohibió, ni me ordenó entregarle el vestido (que yo suponía, aunque no sabía a ciencia cierta, que estaba en mi habitación del desván, si mi Carta del Destino tenía palabra).

Así pues yo continué con mi plan.

Y llegó el día de la fiesta. Mis hermanastras y mi Ama Oscura me tuvieron muy ocupada ayudándolas a embellecerse, peinarse, vestirse, acicalarse –aunque realmente poco se podía hacer en ese sentido-. Se fueron en el carruaje, bastante pronto, porque querían llegar y asegurarse un buen sitio, antes de que el Palacio Real estuviera desbordado de gente.

Yo corrí a mi habitación en cuanto salieron por la ancha avenida.

CENICIENTA

CUENTOS PERVERSOS

I - CENICIENTA

CAPÍTULO PRIMERO

Cuando yo era muy pequeña, murió mi madre. No tengo demasiados recuerdos de ella, solo pequeños detalles que me vienen a veces a mi mente. Recuerdo su fragancia -un suave perfume de jazmín- y el tono melodioso de su voz cuando me llamaba por mi nombre. Pero era demasiado niña cuando me dejó y el dolor por su muerte quedó suavizado por mi tierna edad.

Mi padre no sabía vivir solo y, aunque locamente enamorado de mi madre, dado que era un caballero de fortuna y procedía de una familia de rancio abolengo y antepasados que se remontaban a épocas muy pretéritas, fue asediado de forma implacable por todas las damas solteras, que empezaban a pensar que iban a quedarse para vestir santos, así como por todas las viudas de la comarca y más allá. Y un día en que la añoranza por mi madre le tenía totalmente deprimido, se dejó consolar por la Viuda Sarcástica, una dama un poco entrada en años, que tenia dos hijas varios años mayores que yo.

El era un hombre de honor, un caballero a la antigua usanza, por lo que, después de caer en la trampa tendida y comprometer a la dama en cuestión, la pidió en matrimonio. Y ella, por supuesto, aceptó.

Así pues, la Viuda Sarcástica se convirtió en la Sra. Chancellot -y mi madrastra- y sus dos hijas -Anémona y Críspula- en mis hermanastras. Mi pobre padre pensó, equivocadamente, que así se ocupaba adecuadamente de mí y me otorgaba una sustituta para cubrir el vacío que mi madre dejó. Sin embargo, la Sra. Chancellot, nunca pretendió convertirse en una madre para mí. Es más, insistió con mucha claridad en que me debía dirigir hacia ella siempre con el nombre de Sra. Chancellot. En cambio, generosamente, se me concedía el privilegio de llamar a sus hijas por sus respectivos nombres, siempre que tuviera muy en cuenta que ellas y yo ocupábamos lugares muy diferentes en la jerarquía de la casa señorial de mi padre, que ahora era la suya.

Mi padre no era consciente de todo lo que ocurría a su alrededor, porque ella se lo ocultaba en gran parte. Pero la Sra. Chancellot era muy distinta de mi difunta madre y el hombre no restaba acostumbrado a un trato tan áspero y dominante y la dura convivencia con mi madrastra y la tristeza por la pérdida de mi madre, le fueron minando con rapidez. Murió en la primavera en la que yo cumplía 14 años. Lloré mucho su muerte porque le quería de verdad y aun cuando era una persona de carácter débil, el también me quería y me lo demostraba a su modo.

La muerte de mi padre comportó una serie de cambios profundos en mi vida.

Para empezar fui trasladada de mi hermosa habitación del primer piso, con vistas al jardín de rosas, a un cuartucho diminuto bajo techo. Un desván en realidad, donde solíamos guardar todos los trastos y las cosas que no sabíamos donde poner por anticuadas o estropeadas.

La Sra. Chancellot puso allí un pequeño catre para que yo pudiera acostarme y allí quedé, sin más compañía que los ratones de campo que a veces me visitaban y el sonido de los pájaros que dormían bajo el alero. Mi desván tenía una pequeña ventana pero daba al alero y no se veía otra cosa que el cielo. Lo que ya era mucho, en realidad. A mi no me importaba, incluso me gustaba.

En ese periodo comencé a hacerme mujer y me ocurrieron muchas cosas. En mi propia casa cada vez estaba siendo más y mas relegada a las ocupaciones propias de una sirvienta, de una criada, y no solamente eso, sino que dentro de la jerarquía de la mansión donde vivíamos, yo era la persona que ocupaba el último lugar. De hecho, incluso se olvidaron de mi nombre de pila y me llamaban siempre por el apodo de Cenicienta.

Me ocupaba de las tareas más humildes, las que nadie quería. Solía estar casi siempre en la cocina, limpiando las cacerolas, cuidando de que el fuego n o se apagara nunca, avivando las brasas, a fin de que pudieran cocinar cualquier cosa que apeteciera a las señoras de la casa. Así que, como siempre acababa sucia y llena de cenizas, acabaron llamándome Cenicienta.


CAPITULO 2

Yo era una chica sencilla y sentía un raro placer obedeciendo órdenes, doblegándome como un junco se doblega ante el fuerte viento, sin romperme. Obedecía las órdenes sin rechistar. Las ordenes de la Señora, las de mis hermanastras y hasta del último de los criados de la casa, los cuales, por supuesto, estaban por encima de mí y podían mandarme lo que quisieran.

Alguno de ellos parecía que disfrutaba tanto ordenándome cosas y haciendo conmigo su voluntad, como yo obedeciéndoles. Por ejemplo, el mayordomo de la Señora, el Señor Arrogante. Era un hombre maduro, experto, elegante, con unos cabellos de sienes plateadas y un aire de seguridad que me hacía sentir en la gloria cuando estaba en sus manos.

A veces, reconozco que me equivocaba a propósito al hacer algo que él me encomendaba. O que cumplía su mandato sin el debido cuidado y un tanto negligentemente, con el perverso fin de que me castigase... y es que sus castigos eran geniales.

Otro de los que sabían mandar y sacar lo mejor de mi misma, era un mozo de cuadra, uno de los mozos encargados de las caballerizas. Un hombre joven, en la treintena, de mediana estatura pero con unos hombros muy anchos y una bonita espalda musculosa. Tenía también unas manos grandes y nudosas. Solía hacer que le limpiara las botas. De rodillas en el suelo, ante el. Y costaba mucho que quedara satisfecho con mi trabajo. En ocasiones derramaba un cubo de agua, como al azar, por el suelo de la cocina o los establos y yo tenia que fregarlo y recogerlo todo, ante el.

No se por qué, todas estas situaciones y otras que me reservo, me transmitían un cosquilleo que recorría mi cuerpo. Y hacían crecer en mi alma una sensación muy dulce. Emociones secretas, complicidades extrañas, que cada vez crecían más y más en mi interior, como una marea que amenazaba con desbordarlo todo. Cada vez estaba más y más segura que otros -en el otro lado de la fuerza- compartían ese sentir.

miércoles, 9 de junio de 2010

RITUAL


RITUAL
UNO
Arrastro las hojas secas y salvo una del olvido
(la que tiene sangre verde, ocre, marrón rojizo).
Mis pies despiertan ecos adormecidos de bosque tardío al correr.
Vuelo a través del otoño,
con mis pies de Wendy, por el Ensanche barcelonés
hacia Nunca Jamás.
Las hojas muertas me saludan, murmuran mi canción.

DOS
La tramontana choca como un tren descarrilado contra la muralla de cipreses.
Me he escurrido por debajo de los troncos entrelazados y me enfrento al viento.
Escondida en un mundo polvoriento (privado)
diviso por entre los párpados entrecerrados la llanura de mi Ampurdán.
El maíz crece en susurros, rodeado de campos de un verde apagado.
Los bosques me gritan su furia, sus raíces
llegando a lo más hondo, me cantan su canción.
¡Sólo yo la entiendo!
¡Para mí se ha escrito!

Lanzo el libro que vuela y vuela, hasta caer en el barranco,
Me pierdo en el lujo de mi soledad.

martes, 8 de junio de 2010

LEYENDA URBANA


La muchacha del puente de Báscara

Yo estaba de visita por Cataluña (vivo normalmente en Madrid) y conducía mi coche por la carretera nacional II camino hacia Francia. Volvía de una reunión con un grupo de amigos en Girona y me había retirado muy tarde, aun cuando mi intención fuera salir todavía con luz de día. No lo lamentaba ya que valió la pena y disfruté de su inteligente conversación, de una estupenda cena, risas y algunas copas.

El caso es que hacía días que dormía apenas una media de cuatro horas y esto era demasiado para mi, mi cuerpo empezaba a acusarlo. La carretera era sólo regular y, para mi, completamente desconocida, claro está. Llegué a la altura de un pueblo atravesado por la carretera (leí distraído su nombre porque me pareció gracioso: Báscara), sonreí un poco al leerlo.

El camino era bastante recto y estaba llegando a un puente, saliendo de la diminuta población. Me dolían los ojos y el cansancio me embotaba los sentidos. Sólo podía pensar en una cama, en tumbarme y olvidarme de todo. De pronto,una figura blanca en la carretera se cruzó en mi camino y casi me mata del susto. Una muchacha me hacía señas de que me parase a un lado. Lo hice, paré mi coche en el arcén, cuidando de que no interfiriese en la circulación de los vehículos que pudieran venir detrás mio.

La chica parecía salir de alguna fiesta. Llevaba un vestido blanco de verano. El pelo oscuro le caía suelto por la espalda. Busqué instintivamente con la mirada el vehículo aparcado en cualquier lado. Supongo que pensé que había tenido una avería o algo asi... pero lo cierto es que no había coche alguno y ella parecía haberse materializado allí de la nada. La muchacha me sonrió y yo la invité a entrar en mi coche.

Se sentó a mi lado, me dijo que venía de una fiesta y que había tenido problemas. Me rogó que la llevara a su casa. No pude negarme a ello. La verdad es que la chica me fascinaba, yo que siempre he sido un tipo pragmático, y un poco cínico, al decir de algunas de mis amigas, me sentía atraído de un modo inocente y hasta romántico por aquella joven surgida de la nada. Parecía algo perdida, intemporal, algo así como -!demonios¡- una damisela en apuros (no puedo creer que haya escrito esto). Después de tener este ridículo pensamiento, sonreí con un resto de mi anterior desenvoltura.

Emprendí de nuevo la marcha y la chica, de pronto tensa, sentada muy derecha a mi lado, me avisó: "!cuidado con la curva que viene ahora, al salir del puente, a la derecha. Es muy cerrada!". Reduje la marcha a unos prudentes 50 km/hora y efectivamente, al salir del puente me encontré una curva endiablada, de esas que sorprenden al conductor desprevenido. Pensé que de no ser por aquella extraña chica sentada a mi lado, en mi prisa por llegar al hotel y por meterme en cualquier cama, dado mi cansancio y mi sueño -que ahora habían desaparecido como por arte de magia- yo habría tomado aquella traidora ondulación del terreno a una velocidad seguramente excesiva. Me estremecí un poco. Fue como si un escalofrío recorriera mi cuerpo, como si alguien hubiera pasado un cubito de hielo alrededor de mi columna vertebral.

Volví la cara hacia la chica y vi que me sonreía. Me fijé mas en ella y vi que estaba muy pálida, quizá fuera un efecto de la luz, o la falta de luz. Vi también que era muy bonita, con enormes ojos profundos, y que su vestido blanco tenía una mancha a la altura del pecho. Le pregunté: " ¿y eso?" . Y me respondió que un estúpido le había derramado su copa encima.

Me sentía muy raro con aquella chica allí a mi lado, y aun no sabía exactamente por qué. Olía a bosque, a romero, a tomillo, a menta. Era muy joven, pero yo había estado con chicas tan jovenes y mucho mas hermosas. Así que, ¿por qué razón ella me impresionaba tanto?. Logré recobrar parte de mi antiguo aplomo para preguntarle dónde debía dejarla. Ella me guió a través de la carretera hasta una población cercana. Nos desviamos de la N-II,. entramos en el pueblo y la dejé frente a una gran casa, en medio de la plaza Mayor. . Ella me agradeció mi ayuda con una de sus radiantes sonrisas, besó mi mejilla y saltando ágil del coche, se adentró en la casa. No vi ninguna luz encenderse. Pensé que su familia llevaba tiempo dormida.

Regresé a la carretera y decidí que estaba demasiado cansado para seguir conduciendo hasta Francia, así que inspeccioné los alrededores y paré en el primer hotel de carretera que encontré. Creo que fue una buena idea pues me dormí nada mas tocar con mi cabeza la almohada.

Después de un sueño reparador de diez horas, me desperté como nuevo. Tomé una ducha y fui derecho a la cafeteria para acabar de ponerme en marcha con un buen desayuno y litros de café. No podía sacarme de la cabeza a la hermosa desconocida de la noche anterior. Pensé que ni tan siquiera sabia su nombre. Recordaba su rostro pálido, su belleza etérea, y esa aura especial que parecía envolverla.

Siguiendo uno de mis impulsos decidí volver a verla. De acuerdo, no tenía su teléfono, no sabía su nombre, pero conocía su dirección ya que la noche anterior la había dejado en su propia casa. La había ayudado sin interés alguno por mi parte, así que ella no podía cerrarme la puerta en las narices -o quizá sí, a saber, raras que son las mujeres, JA!-.

En un revuelo pagué mi desayuno y la habitación y pregunté -sólo para refrescarme la memoria- como llegar al pueblo donde la había dejado ayer, que por otra parte estaba muy cerca, sólo a pocos kilómetros. Con las indicaciones que me dieron enseguida encontré el camino que se bifurcaba saliendo de la N-II y en poco rato me planté ante la Plaza Mayor, delante de la casa de mi chica misteriosa.

Las cosas a la luz del dia tienen un aire diferente supongo y la casa me pareció curiosamente distinta. Aparqué el coche y llamé a su puerta, convencido, en parte, que ella misma saldría a abrirme, quizá aun en pijama o con unos veraniegos pantalones cortos.

Pero las cosas casi nunca son como esperamos y me abrió la puerta un señor mayor, de aire distinguido, con blancos cabellos y unas gafas de anticuada montura. Parecía desconcertado de verme ante su puerta. Yo adopté ese aire de chico formal que tanto éxito me ha dado a veces con los parientes de las chicas con quienes salgo. Pero mi encanto no parecía funcionar con ese hombre. Le dije: "Buenos dias, perdone que le moleste a hora tan temprana pero ayer me encontré con su hija, y la llevé a casa, ya que al parecer había tenido un percance en la fiesta a la que fue, nada de importancia, ya sabe, alguna tontería. El caso es que la dejé aquí, en su casa, y me gustaría mucho volver a saludarla antes de irme para Francia a terminar mis vacaciones. ¿Podría llamarla?"

El hombre me miraba como si yo fuera Satanás personificado. Me desconcertaba. No daba la menor muestra de haber comprendido absolutamente nada de lo que yo le había dicho y empecé a pensar que me había equivocado de número, o que no era su padre, o que el hombre no sabía que su joven hija había ido a ninguna fiesta y estaba furioso al enterarse así, por un desconocido. Por mi mente pasaron como en un flash infinitas posibilidades y todas ellas insólitas.

Intenté rectificar y dije: "Discúlpeme señor si he cometido alguna indiscreción, su hija me parece una muchacha encantadora y solamente deseaba no perder totalmente el contacto con ella. No hay ninguna mala intención por mi parte...". No me dejó terminar. Estaba furioso y me miraba ahora con una rabia inconcebible.

Se puso a gritar: "¿Se trata de una broma macabra?" "¿Alguien puede creer que esto tiene alguna especie de gracia?" "¿Es posible jugar, de ese modo, con los sentimientos de la gente?"
Yo estaba totalmente desconcertado y se me notaba. No tenía ni idea de que me estaba hablando y entonces, inexplicablemente, se echó a llorar.

Intenté consolar al desconocido, aunque no tenía ni idea de lo que le pasaba. Me hizo entrar en la casa y mirándome fijamente, agarrándome por los hombros con una fuerza inesperada para un hombre de su edad me conminó a que se lo contara todo de pe a pa. Me dijo con voz trémula: "Hijo, has visto a mi hija dices... ¿cuándo?, ¿cuándo?, por el amor de Diós, ¿cuando la viste?".

Le dije que ayer por la noche, que la recogí en la carretera. El viejo señor lloraba ahora, sin poder contener sus lágrimas, sin ser apenas consciente de ellas. Se sentó en un sillón polvoriento y me hizo contarle toda la historia de mi encuentro con la muchacha de la carretera, leyendo en mi mirada, en mi expresión, una sinceridad y una inocencia que, al principio, no era capaz de creer.

Con la mirada perdida me preguntó bajito:" ¿cómo iba vestida ella?". Le dije que llevaba un vestido blanco de verano , finito. Recordando algo, le comenté que además estaba manchado con algo oscuro y que ella me dijo que era una copa derramada por algún torpe, manchado a la altura del pecho.

Me cogió de la mano con presteza y me arrastró arriba de las escaleras.
hasta una puerta que abrió. Era la habitación de una muchacha, estaba claro en todo, en la decoración, en cada uno de los detalles. Pero algo iba mal, allí. Parecía que hacía mucho que nadie dormía en ese cuarto, que no vivíaa una chica entre esas cuatro paredes. Le seguí cuando me mostró una foto enmarcada. Si, conteste a su muda pregunta, al reconocer en la chica de la foto a mi misteriosa desconocida, aunque en la foto estaba un poco diferente, como mas natural, no se... Abrió de pronto un armario y tiró de una percha con rabia, y me mostró el vestido. El vestido que llevaba la chica, pero sin lavar aun, manchado de rojo.

Hablo así: “Mi hija murió en un accidente, hace cuatro años, en la carretera, a la altura del Puente de Báscara, en esa maldita curva tan mal señalizada. Mi hija lleva mas de cuatro años muerta, así que, explicame hijo como pudiste verla anoche en la carretera....

Salí de la casa como en un sueño. Sentía que las piernas se desplazaban por mi y no miré atrás a la vieja casa, ni al hombre que todavía lloraba.

Cogí mi coche y enfilé camino arriba. Solo quería llegar a mi destino.

Mentalmente comprendí que había visto a un fantasma y hasta había hablado con él -yo que era un escéptico, yo que me reía de todas esas cosas!-. Sólo que yo sé que ocurrió y que fue real.

Misteriosa desconocida te dedico estas palabras y espero que ellas te sirvan de agradecimiento. Porque sé que, en esa curva, apareciste para salvarme la vida.