miércoles, 2 de junio de 2010

CASA ENCANTADA




ALI

UNO.-

El viento alborota mi pelo y levanta mi falda mientras hago cola en la entrada de la feria. La sujeto con una mano y levanto la barbilla para enfrentarme al viento, que es mi amigo, que me hace volar con él. Estoy sola, porque para poder estar aquí, a estas horas, he tenido que colarme por la ventana de la buhardilla y salir de hurtadillas de mi casa.

¡A la mierda con las consecuencias que puedan derivarse de mis actos! en todo caso, nadie puede quitarme esta noche en la feria, la última en que acampan en estos parajes.

Por fin he llegado a la puerta y pago el precio al tipo de aspecto desaliñado que está ahí, frenando mi paso. Me mira sin ningún interés en particular. No parece sorprenderle en absoluto que vaya sola, o mas bien, creo que no le importa nada si voy sola, o con un cortejo de hombres-lobo. Sonrío ante mis pensamientos y me imagino por un momento tal como soy (pequeñita, bajita aún para mis diez años) rodeada por una escolta de peludos hombres-lobos con los colmillos ensangrentados. Me encantaría ver la cara que pone ese capullo si llego a ir acompañada de esa guisa.

Una sobrecarga sensorial me acomete en cuando entro en el recinto vallado: olor a algodón de azúcar, a manzanas, a humo de cigarrillos, a sudor, a grasa de las máquinas... ¡el mejor olor del mundo! ¡el olor de la diversión!.

No sé por donde empezar. Rebusco en mis bolsillos y acaricio el dinero que he sacado de mi escondite secreto. Es mucho, todo lo que he ido reuniendo de mis trapicheos. Empiezo comprando algodón de azúcar -¡me encanta!, ¡me gusta!, es como el pelo de las barbas de los Reyes Magos, pero en dulce: pelo de ángel. Cojo una manzana de caramelo y me miro de reojo en el espejo de la garita. Me atrapa mi imagen, que está cambiando, como estoy cambiando yo.

Busco mi identidad en el reflejo de mi pelo (alborotado, largo, rizoso, castaño) que enmarca mi palidez, en mis ojos de color verde turbio. Veo en mi algo de gata.
De pronto -sin venir a cuento- pienso en el bosque, tal como se veía desde la ventanilla del coche de mi tío, ayer noche. Recuerdo con claridad mis pensamientos –“me gustaría estar ahora bajo esos árboles negros, tumbada en la hierba con un chico encima de mi, su espalda desnuda moviéndose arriba y abajo, sin nadie que nos viera”- y, de nuevo, una tremenda excitación se apodera de mi. No hay remedio: soy rara.

Dando mordiscos a la manzana con caramelo, y devorando al mismo tiempo el algodón de azúcar, subo a la noria, después de pasar una humillante comprobación de que llego a la altura mínima. Como empiezo a girar locamente la cabina, en ambos sentidos, consigo que la paren antes de tiempo, y que el empleado me agarre para sacarme sin contemplaciones. Le saco la lengua cuando me hallo a una prudencial distancia.
Pienso que, cuando visite de nuevo el puente de mando del "Enterprise", me haré con un aparato de traslación de materia. Puede serme muy útil.

Monto en el Látigo, en el Ratón Loco y compro boletos para la tómbola. Me toca de premio un absurdo llavero. Discuto con el chico de la caseta para que me lo cambie por un sombrero mexicano. No hay manera. Con su cara granujienta, me recuerda a Rómulo. Es posible que me gustara ser raptada por él, que me llevara de través en su caballo (seguro que le gano jugando al ajedrez).

Me meto en el laberinto de cristal y no me divierte para nada porque recuerdo el camino, de la visita que hice el año pasado. Disparo a los patos de goma y gano un brazalete de gominolas. ¡Me siento bien! (solo como una de las gominolas y me lo ajusto a la muñeca).

Llego a los coches de la Casa Encantada. !que maravilla! ésta es una nueva!! adoro los pasillos del terror, los cuentos de brujas, las casas malditas, los abismos del miedo… el problema es que casi siempre se ve la trampa y el cartón. ¿Será que estoy creciendo.?. No, yo NO, pienso. Me deslizo en uno de los coches y el encargado ajusta la barra metálica de seguridad. Se parece a Boris Karloff. El coche arranca con fuerza y atraviesa las tiras de plástico que ocultan la entrada.

Dentro está oscuro y el coche frena su carrera. Sé que habrá un cambio brusco. Sé
que es la calma que precede a la tempestad, pero, igualmente, me relajo. Miro a mi alrededor ya que vamos a ritmo de paseo y es la imitación de una cueva de verdad, justo cuando el raíl se inclina un poco a la derecha, noto dedos fantasmales acariciando mi mejilla. Aparto con brusquedad un muñeco de Frankenstein y sonrío, pero el susto me lo he llevado, je je.

Ahora que mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad, veo a los muñecos mecánicos antes de llegar a ellos y los esquivo: niñas vestidas con un camisón ensangrentado, Dráculas patéticos, zombies divertidos... hay un sonido como de cadenas arrastrándose, sopla un viento fantasmal, caliente, se escuchan aullidos… todo bastante previsible. Si yo fuera el dueño de uno de estos sitios les daría a leer un par de libritos. Pondría a una mujer de aspecto plácido, vestida con una bata de hospital, que sonriera amistosamente, una mujer de verdad, no un muñeco mecánico. Y cuando pasáramos por allí, la mujer se levantaría y pondría cara de loca (los locos si que dan miedo) y sacaría un cuchillo de dimensiones considerables, para nada de plástico.

Ahora la vagoneta está bajando bruscamente, se ha desviado inexplicablemente del raíl principal (no sabía que habían varios caminos) y baja... muy deprisa ... tanto que el corazón se ha desbocado en mi pecho y siento un poco de náuseas –será el algodón de azucar-. Me sujeto con fuerza a la barra, vamos demasiado deprisa, eso debe ser la traca final porque la Casa Encantada no puede ser muy grande y ya llevo un rato recorriéndola. Sigo bajando y las paredes de cartón piedra se suceden a una velocidad tan excesiva que no da tiempo a que los muñeco-sorpresa me rocen y eso ya me alarma…

De pronto el aire ha cambiado, no se oye la cinta de los aullidos y las cadenas. Las paredes parecen de roca auténtica. Siento por primera vez miedo, y ya se que es absurdo –¡joder que es solo una atracción de feria!-. Sigo agarrada a la barra de sujeción de mi vagoneta, ahora vamos un poco mas despacio así que me arriesgo a hacer equilibrios, soltando una mano. Quiero comprobar si la pared es de roca, o si estos tíos t ienen unos decoradores que son la leche.

Aprovechando la curva, rozo la pared con los nudillos y los retiro ensangrentados. ¡La hostia! ¡ensangrentados! ¡es piedra! ¿en una barraca de feria?. No me lo explico.

Ahora las luces son rojas, de un rojo oscuro, tétrico y no hay figuras clásicas adosadas a los muros. De hecho no hay nada en las paredes, excepto esas antorchas rojizas. Un lago negro, hay agua negra a los lados, como un riachuelo. Ya sé que no es lógico, pero esto es lo que hay. De pronto estoy en la dimensión desconocida. Sonrío un poco. Sé que no es normal sonreír en estas condiciones pero estoy excitada.

Por fin, este descenso interminable parece que ha llegado a su término. Al menos ahora no bajo sino que la vagoneta se desliza en horizontal, recorriendo su propio camino. Algo ha llamado mi atención y es que no hay nadie mas detrás de mi. Al principio de la atracción yo era consciente de que me seguían, a conveniente distancia para no estropear el efecto de las “sorpresas” que nos esperaban, otras vagonetas. Oía otro coche cargado de gente. Ahora no. No hay el menor ruido que surja de los raíles a mi espalda. Ni un rumor de conversación, ni un grito, ni unas risas. Nada. Estoy desconcertada. Vienen a mi mente historias extrañas, las recomendaciones de mi abuela (no puedes ir sola a los sitios, no hables con desconocidos, no te fíes de los hombres que te den caramelos) y yo soy una niña peculiar, sé cuidar de mi misma. No creo en el hombre del saco, aunque creo en muchas otras cosas y vivo en mas de un mundo. Mis pezones, que han empezado a hincharse este año, están erectos, pero no tengo frio.

Los Profundos, los mutantes de las fosas abisales. ¿Sería posible que existieran seres parecidos en las “profundidades” de la Tierra?.

Hay estalactitas y estalagmitas (sé lo que son porque lo he visto en los reportajes de la escuela) y creo que son reales. Creo que estoy en una cueva de verdad y pienso que, por improbable que parezca, me he salido del recorrido habitual de la Casa Encantada. Oigo el murmullo del agua y sé que es agua de verdad, agua subterránea. La velocidad va aminorando y de pronto la vagoneta se detiene. Quedo a la expectativa de que ocurra algo, de que se abra una puerta de cartón-piedra y me haga salir un tipo malhumorado a empujones a la realidad del campo donde está anclada la feria, pero en el fondo sé que no ocurrirá nada de eso.

No me sorprendo demasiado cuando una figura negra, envuelta en una oscuridad aun mayor, sale de entre las sombras y se aproxima a mi….

DOS

URIEL

Me fijé en ella en cuanto la vi en la cola de la entrada. Un depredador siempre está ojo avizor con la llegada de una posible presa. Y ahí estaba ella, pequeñita, tan segura de si misma, descarada, llevando escritas en el rostro las palabras: Me he escapado de mi casa.

Seguí el movimiento de su barbilla alzada al viento. Comprendí que era rebelde y que me daría mucho placer dominarla. La mano sujetando la falda que revoloteaba me habló de su timidez innata. Eso también me gustó. Salté de mi promontorio en lo alto de la caseta de la Casa Encantada, que oculta mis auténticos aposentos, bien envuelto en mi capa negra y la espié mientras se observaba en el espejo de la caseta de las manzanas. Noté su placer al mirarse, esa vena exhibicionista en mi pequeña…me daba tanto placer…sería una notable adquisición para mi colección.

Parapetado por las sombras, mis ojos acostumbrados a la oscuridad la atraían hacia mi. Proyecté mi mente como un cazador, invadiendo la suya, haciendo que todas las diversiones le parecieran sosas, insustanciales. La hice desear emociones fuertes. Meterse en problemas en la noria. La llevé hasta mi.

Esta pequeña es un reto. Me dará mucho trabajo domesticarla, pero hallaré mucho placer en ello y lo que es mejor, se que ella adorará someterse a mi. Está en su naturaleza.



ALI

TRES

Al ritmo de sus últimos pensamientos había llegado a mitad de la sala y ahora sonreía -el humor siempre la atacaba en los momentos mas inesperados y por las razones mas extrañas-. Aun sonreía cuando la mano masculina la paró y un brazo retuvo el suyo. El chico la miraba intensamente, la miraba como si fuera la cosa mas delicada y hermosa que hubiera visto en su vida. Mirada de cazador. Eso la desarmó. Le sonrió. El se estremeció levemente como si esa sonrisa le hubiera calado hondo. Ella contestó con una amable evasiva a su proposición y siguió su camino.

Se sentía poderosa, mágica, revestida de luz y la magia surtió efecto de nuevo. A su paso los hombres se giraban y la miraban con otra luz. La miraban en la oscuridad destellante, distinguiéndola, viéndola realmente -porque no es lo mismo ver que mirar- entre los cuerpos anónimos, entre el estruendo, como si poseyera un tempo propio que llevara consigo como una burbuja, como un paraguas.

Por fin alcanzó la puerta roja -el color prohibido- y desapareció en la oscuridad, allá donde su Dueño de toda la vida la esperaba, aquel con el que fantaseaba de niña y al que había dado mil formas en su imaginación hasta alcanzar la dimensión real.

2 comentarios:

  1. Magnífico relato, querida Rosemary. La primera parte es auténtica.
    El final deja mucho margen de maniobra a mi imaginación y eso no sé si es bueno para tu autoría.
    Me ha gustado mucho.
    Unos besos.

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  2. a estas horas de la madrugada siempre pienso que necesito dormir más ... gracias por tu visita gatuna, los del gremio sois tan noctámbulos como yo?.

    Mis finales suelen dejar las puertas abiertas, o al menos medio entornadas, mi dulce gatito.

    Multitud de arrumacos para ti.

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