jueves, 10 de junio de 2010

cenicienta segunda parte

CAPITULO TERCERO

Mi vida seguía del modo habitual en la mansión que fue de mi padre y aunque a veces le añoraba muchísimo, no podía decir que mi existencia fuera infeliz. Había descubierto en mí una vocación por servir, por ser simplemente la última de las marmitonas de la cocina. Y en toda esa humillación -que desde luego sentía- había descubierto un placer oculto, secreto.

Si yo al nacer ya era así o si fue algo, una deformación, que surgió a raíz del trato al que me sometieron en edad tan temprana mi madrastra -La Viuda Chancellot- y sus hijas las señoritas Anénoma y Críspula (y siguiendo su ejemplo y sus órdenes todos los criados de la casa), no sabría yo decirlo. Quizá era una semilla latente y se desarrolló al encontrar terreno favorable. O más bien se hubiera desarrollado igualmente bajo cualquier circunstancia...

Mi mentor en estos juegos, el Señor Arrogante, había empezado a educarme siguiendo un manual secreto que tenía en su cuarto del penúltimo piso. Ahora cuando cometía alguna falta -real o imaginaria- me hacía subir a su habitación y allí colgaba una cuerda de la viga de madera del techo, haciéndola pasar por una argolla, sujetaba mis muñecas a ella y me alzaba hasta que sólo rozaba el suelo con las puntas de los pies. Luego -como era compasivo- vendaba mis ojos, a fin de que yo no viera lo que iba a ocurrir. Luego soltaba parsimoniosamente los lazos de mi corpiño, desnudando mi espalda.

Normalmente esperaba un rato antes de azotarme para corregir mis fallos y defectos y yo pasaba ese rato con los brazos tensamente alzados y todo el cuerpo en tensión, equilibrándome sobre la punta de los pies. Sin ver nada, sumida en una sedosa oscuridad, pero intuyéndole cerca de mí, devorándome con la mirada. Sentía sus ojos negros clavados en mi cuerpo semidesnudo y algo en mi gritaba de júbilo y orgullo.

En ocasiones el Señor Arrogante llamaba al Mozo de los establos para que éste me disciplinara por orden suya, en su presencia, y yo sentía en esos momentos un gozo oscuro, aunque mi exterior seguía siendo aparentemente el de una doncella serena y virginal. Esas sesiones de castigo solían terminar descolgándose de la viga del techo, pero sin desatarme las manos ni quitar la venda de mis ojos y entonces llegaba la hora de las caricias. Ellos tomaban su placer en mí y yo me amoldaba a sus deseos con una obediencia que cada día perfeccionaba más, aunque en ocasiones tuviera algún conato de rebeldía que ellos prontamente acallaban.

La vida transcurría placidamente y yo me sentía feliz en cierto modo. La Viuda Chancellot era una Ama Oscura, caprichosa y dominante que siempre encontraba el modo de hacerme llorar y que nunca demostraba estar satisfecha con el modo en que yo obedecía la menor de sus órdenes y llevaba a cabo el más nimio de sus caprichos. Sin embargo a pesar de ello -o quizá precisamente por ello- yo respetaba su autoridad y el poder que tenía sobre mí y me plegaba también a ella y hacía conmigo su voluntad. Anémona y Críspula eran crueles conmigo y gozaban produciéndome autentico dolor. Entre ellas y yo no sentía la menor complicidad y eso era lo que hacía que lo pasara francamente mal en sus manos. Tenían envidia de mi belleza e intentaban destruirla o aminorarla siempre que tenían ocasión.

Un día llegó un emisario a nuestra casa y hubo un gran revuelo que, como una fiebre, recorrió la mansión de punta a punta. Debido a mi humilde condición fui seguramente la última persona en enterarse de qué lo había producido, pero al final llegó a mis oídos que su Majestad el Rey de Shannador daría una gran fiesta en honor de su único hijo el Príncipe Christian. Una fiesta a la que invitaba a todas las jóvenes casaderas, hijas de las nobles familias del Reino. Su intención era que el Príncipe -que al parecer era mas que algo reacio a la idea del matrimonio- encontrara a la joven capaz de enamorarle y conseguir que tomara la decisión de formar una familia y dar un heredero al trono.

Al enterarme de esta fiesta al oír la conversación de un pinche de cocina con una marmitona yo sentí que aleteaba una nueva ilusión en mí. Nunca había estado en ninguna fiesta. Pensé que yo era también hija de una noble familia -fuera cual fuera mi lugar en aquella casa en la actualidad- y que por lo tanto tenía tanto derecho como Anémona o Críspula a ir. De hecho la invitación decía: " a las jóvenes casaderas de la mansión Chancellot" y yo era a mis 18 años evidentemente una joven casadera y aquella era mi casa.

Cuando estaba de rodillas encendiendo el fuego de las habitaciones de mis hermanas oí que ellas hablaban de hacer venir inmediatamente a las modistas a fin de confeccionar sus vestidos para la fiesta. En mi ingenuidad yo no había pensado en ello, pero ahora al inspeccionar mis harapos, me di cuenta que necesitaba un vestido nuevo. Pero tengo un espíritu emprendedor y pensé que yo no era una inútil como mis dos hermanastras y que podía hacerme mi propio vestido de fiesta.

Sonriendo puse patas arriba todo el desván pero mi constancia se vio recompensada cuando encontré una pieza de color rosado que debió pertenecer al ajuar de mi madre. Puse manos a la obra y por la noche, después de limpiar las brasas de la cocina, me lavaba con el agua del pozo, subía a mi habitación y cosía mi vestido a la luz de una candela. Cada día cosía un poquito, hasta que se me vencían los ojos por el sueño y el cansancio y quedaba dormida.

Como me quitaba horas de sueño al confeccionar mi vestido y me levantaba al alba, un día me quedé dormida mientras limpiaba una chimenea. Era la primera vez que me ocurría pero cuando me descubrieron tendida sobre las losas de la cocina llamaron al Sr. Arrogante, a fin de aplicarme un correctivo. El me hizo salir al patio de detrás de la cocina y me mandó desnudarme por entero.

Obedecí, aunque sentía fijas en mi las miradas de todos los criados que me miraban recreándose tras los visillos de la casa (y seguramente también las miradas de mis Amas). Con dulzura desaté las cintas de mi corpiño y me lo quité, desabroché mi falda y después de descalzarme me quité las medias de algodón, enrollándolas. Quedé en camisa, temblando de frió, miré a mi verdugo y el me conminó con la mirada a que continuara hasta desnudarme por completo. Levantando los brazos me quité la camisa, sacándola por encima de mi cabeza. Mis cabellos rubios se soltaron de la cofia y cayeron como una oleada sobre mis hombros y espalda.

Yo temblaba y no se si era de miedo o excitación, aunque el otoño estaba avanzando rápidamente. El suelo del patio estaba cubierto de hojas doradas y un viento gélido soplaba desde el norte y movía mis cabellos. Yo sentía vergüenza al estar allí totalmente desnuda e indefensa, pero al mismo tiempo una extraña calidez, un sensual orgullo. El Sr. Arrogante me dominaba con su altura. Se paró delante de mí y recogió la cascada de mis cabellos en lo alto de mi cabeza, sujetándolo con una larga horquilla que sacó de su bolsillo. Pellizcó mis pezones que respondieron a sus dedos, aunque ya estaban erectos. Entonces metió el cubo de estaño en el pozo y lo sacó lleno de agua helada. Vertió el agua por encima de mí y por la impresión no pude evitar soltar un agudo grito. El me abofeteó para llamarme al orden, mientras decía con voz potente: Silencio! Yo tiritaba de frío y de humillación y mientras él enrollaba una cuerda y la empapaba en el cubo de agua del pozo que otra vez estaba lleno.

Me hizo poner de espaldas a la casa y con las manos extendidas y las palmas apoyadas en la baranda del pozo. Separó ligeramente mis piernas y yo pude sentir como acariciaba ligeramente con los dedos el hueco de mi rodilla. Se separó de mí un poco, lo suficiente para poder maniobrar con su látigo de cuerda y azotarme así, ligeramente inclinada.

Me dijo: "¿Cenicienta, cuantos azotes quieres? ¿Cuantos crees que mereces?"

Yo respondí: "Todos los que Vd. desee, Señor" "Merezco todos los que Vd. quiera darme"

Buena respuesta -respondió- Te daré 15 azotes y tú vas a contarlos en voz bien alta y a darme las gracias cada vez. ¿Lo has comprendido?

Respondí: "Si, Señor, he comprendido"

Mientras me decía todo esto estaba humedeciendo bien la cuerda en el agua helada a fin de que pesara más. Empezó a azotarme y la cuerda cayó sobre mi espalda. Yo conté: "Uno, gracias Señor". Me azotó cinco veces en la espalda, cruzándola de lado a lado. Yo respondía siempre entre latigazo y latigazo, contándolo y dándole las gracias. Intentaba no temblar y no echarme a llorar, sabía que eso solo empeoraría las cosas. A el le gustaba mi comedimiento. Seguidamente empezó a azotar mis nalgas, me azotó allí siete veces. Yo sentía arder mi piel, notaba el escozor y pensé que no podría sentarme en mucho tiempo sin acordarme de esos azotes. Al mismo tiempo sentía la humedad rezumar entre mis piernas. Yo estaba al limite de mi capacidad de resistencia pero el continuó y descargó los tres golpes restantes en mis muslos, rozando mi sexo como en una salvaje caricia. Al terminar yo estaba sollozando y me sentía tan vulnerable como feliz.


CAPITULO CUARTO

El otoño era una llama de oro en el Reino de Shanador mientras se acercaba inexorablemente el día de la fiesta que el Rey daba en honor de su único hijo, el Príncipe Christian. Yo estaba absolutamente resignada a no asistir al baile, dado que mis innumerables obligaciones en casa de mi madrastra, la Viuda Chancellot, mi Ama Oscura, no me habían dejado tiempo de terminar mi vestido de gala. Aunque asumía esto como un hecho irrefutable y mi naturaleza sumisa me ayudaba en ello, un conato de rebelión me hacía esperar sin esperanza lo imposible. Un milagro que cambiara la situación y me dejara asistir por una noche a una festividad propia de mi edad y de la condición social en la que había nacido.

Una tarde ventosa me escabullí al bosque cercano para soñar a la luz de la enorme luna que nacía. Yo tengo una naturaleza soñadora. Me senté bajo el viejo roble que conocía mis secretos de infancia y el cansancio hizo que quedara adormilada. De pronto me despertó la luz. La luz dorada de la luna, que parecía haber crecido en intensidad y me acariciaba como un beso. Apoyada en el tronco del roble (Ygdrassil así lo llamaba yo en mis ensoñaciones) una mujer me miraba. Tenía un aspecto extravagante, para empezar vestía como un muchacho, pantalones de montar, botas altas hasta los muslos, las cuales ceñían como un guante sus finas piernas, una camisa con muchos volantes y se envolvía en una capa de muchos colores, irisada. Sus cabellos color violeta la envolvían hasta las rodillas y parecían flotar en rizos suaves, que se mecían a un viento invisible. Toda ella rebosaba fuerza y poder, pero no era esto lo mas notable si no un cierto aire burlón, como de estar de vuelta de todo. Estaba impreso en la media sonrisa de sus labios jugosos, en el brillo travieso de sus ojos negros, en el gesto indolente con el que mordisqueaba una ramita de abedul. La extraña me llamó por mi nombre, cenicienta (porque este era mi nombre ahora y yo lo sentía como tal) y me dijo que era mi Carta Mágica del Destino y que ella era el instrumento para que yo alcanzara mi Plenitud. Al decir estas enigmáticas palabras empezó a dar vueltas a la ramita de abedul y al hacerlo cortaba el aire y parecía abrir agujeros en la noche, como si disolviera la realidad de mi bosque, haciéndome pensar que estaba viviendo un sueño, tan vívido que me parecía real. Sin darme tiempo a pensar, en uno de esos trazos cortando el aire hizo surgir (no tengo otro modo de describirlo) un hermosísimo traje de la nada y lo puso en mis brazos. Era de un color indefinido que podía ser tomado por blanco y que sin embargo contenía todos los colores, cambiante bajo la luz de la luna, formado por pequeños arco iris irisados. Era de una sencillez absoluta, de líneas tan puras que estuve segura que mi cuerpo joven destacaría dentro de él como un faro. La Dama, a la que no tengo otro nombre que poner que la Carta del Destino seguía con sus piruetas y a cada una yo recibía un regalo: unos zapatos de tafilete plateado, un collar de aguamarinas, unos pendientes a juego… Cuando hubo terminado me dijo: y ahora pequeña vuelve a tu casa que yo me encargo de hacerte llegar todo esto por mi servicio particular de mensajeria –al decir esto último sonreía burlona. Y antes de que pudiera agradecerle nada, se esfumó en la noche, dejándome con la miel en los labios.

Volví corriendo a casa, esperando que mi falta no hubiera sido descubierta, pero al entrar por la puerta de la cocina encontré allí al Sr. Arrogante que me miraba severo. Di un respingo y sentí que mi corazón se aceleraba. Me postré a sus pies, con los brazos extendidos y la cabeza muy cerca de sus piernas. Como una caricia, sentí su mano en mi nuca rubia. Me dijo: ¿dónde estabas, cenicienta?, ¿acaso no sabes que debes pedirme permiso para ausentarte? Levanté la cabeza y le miré con lágrimas en los ojos, poniendo el corazón en ellos, ese hombre me podía, me abrumaba su presencia, me controlaba. El me conminó a continuar con la cabeza baja en el suelo, en mi posición humillada, sumisa. Mis cabellos se derramaban por el suelo y me impedían ver nada, pero sentí que se movía a mí alrededor, y noté como me sofaldaba y pasaba su mano fría por mis nalgas desnudas –yo tenía prohibido llevar ropa interior-. Noté el aire silbar antes de sentir el azote de la pala de amasar el pan, me mordí los labios para no gritar, y los azotes cayeron mientras el Sr. Arrogante me conminaba a decir dónde había ido y qué había hecho. Entre sollozos se lo conté todo. Cuando hube terminado, siguió azotándome y luego, en esa misma posición, me usó para su placer (aunque debo confesar que mi perversión hizo que también fuera el mió). No hizo comentario alguno sobre la fiesta, ni sobre mi intención de asistir a ella. Tampoco me lo prohibió, ni me ordenó entregarle el vestido (que yo suponía, aunque no sabía a ciencia cierta, que estaba en mi habitación del desván, si mi Carta del Destino tenía palabra).

Así pues yo continué con mi plan.

Y llegó el día de la fiesta. Mis hermanastras y mi Ama Oscura me tuvieron muy ocupada ayudándolas a embellecerse, peinarse, vestirse, acicalarse –aunque realmente poco se podía hacer en ese sentido-. Se fueron en el carruaje, bastante pronto, porque querían llegar y asegurarse un buen sitio, antes de que el Palacio Real estuviera desbordado de gente.

Yo corrí a mi habitación en cuanto salieron por la ancha avenida.

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