jueves, 10 de junio de 2010

CENICIENTA

CUENTOS PERVERSOS

I - CENICIENTA

CAPÍTULO PRIMERO

Cuando yo era muy pequeña, murió mi madre. No tengo demasiados recuerdos de ella, solo pequeños detalles que me vienen a veces a mi mente. Recuerdo su fragancia -un suave perfume de jazmín- y el tono melodioso de su voz cuando me llamaba por mi nombre. Pero era demasiado niña cuando me dejó y el dolor por su muerte quedó suavizado por mi tierna edad.

Mi padre no sabía vivir solo y, aunque locamente enamorado de mi madre, dado que era un caballero de fortuna y procedía de una familia de rancio abolengo y antepasados que se remontaban a épocas muy pretéritas, fue asediado de forma implacable por todas las damas solteras, que empezaban a pensar que iban a quedarse para vestir santos, así como por todas las viudas de la comarca y más allá. Y un día en que la añoranza por mi madre le tenía totalmente deprimido, se dejó consolar por la Viuda Sarcástica, una dama un poco entrada en años, que tenia dos hijas varios años mayores que yo.

El era un hombre de honor, un caballero a la antigua usanza, por lo que, después de caer en la trampa tendida y comprometer a la dama en cuestión, la pidió en matrimonio. Y ella, por supuesto, aceptó.

Así pues, la Viuda Sarcástica se convirtió en la Sra. Chancellot -y mi madrastra- y sus dos hijas -Anémona y Críspula- en mis hermanastras. Mi pobre padre pensó, equivocadamente, que así se ocupaba adecuadamente de mí y me otorgaba una sustituta para cubrir el vacío que mi madre dejó. Sin embargo, la Sra. Chancellot, nunca pretendió convertirse en una madre para mí. Es más, insistió con mucha claridad en que me debía dirigir hacia ella siempre con el nombre de Sra. Chancellot. En cambio, generosamente, se me concedía el privilegio de llamar a sus hijas por sus respectivos nombres, siempre que tuviera muy en cuenta que ellas y yo ocupábamos lugares muy diferentes en la jerarquía de la casa señorial de mi padre, que ahora era la suya.

Mi padre no era consciente de todo lo que ocurría a su alrededor, porque ella se lo ocultaba en gran parte. Pero la Sra. Chancellot era muy distinta de mi difunta madre y el hombre no restaba acostumbrado a un trato tan áspero y dominante y la dura convivencia con mi madrastra y la tristeza por la pérdida de mi madre, le fueron minando con rapidez. Murió en la primavera en la que yo cumplía 14 años. Lloré mucho su muerte porque le quería de verdad y aun cuando era una persona de carácter débil, el también me quería y me lo demostraba a su modo.

La muerte de mi padre comportó una serie de cambios profundos en mi vida.

Para empezar fui trasladada de mi hermosa habitación del primer piso, con vistas al jardín de rosas, a un cuartucho diminuto bajo techo. Un desván en realidad, donde solíamos guardar todos los trastos y las cosas que no sabíamos donde poner por anticuadas o estropeadas.

La Sra. Chancellot puso allí un pequeño catre para que yo pudiera acostarme y allí quedé, sin más compañía que los ratones de campo que a veces me visitaban y el sonido de los pájaros que dormían bajo el alero. Mi desván tenía una pequeña ventana pero daba al alero y no se veía otra cosa que el cielo. Lo que ya era mucho, en realidad. A mi no me importaba, incluso me gustaba.

En ese periodo comencé a hacerme mujer y me ocurrieron muchas cosas. En mi propia casa cada vez estaba siendo más y mas relegada a las ocupaciones propias de una sirvienta, de una criada, y no solamente eso, sino que dentro de la jerarquía de la mansión donde vivíamos, yo era la persona que ocupaba el último lugar. De hecho, incluso se olvidaron de mi nombre de pila y me llamaban siempre por el apodo de Cenicienta.

Me ocupaba de las tareas más humildes, las que nadie quería. Solía estar casi siempre en la cocina, limpiando las cacerolas, cuidando de que el fuego n o se apagara nunca, avivando las brasas, a fin de que pudieran cocinar cualquier cosa que apeteciera a las señoras de la casa. Así que, como siempre acababa sucia y llena de cenizas, acabaron llamándome Cenicienta.


CAPITULO 2

Yo era una chica sencilla y sentía un raro placer obedeciendo órdenes, doblegándome como un junco se doblega ante el fuerte viento, sin romperme. Obedecía las órdenes sin rechistar. Las ordenes de la Señora, las de mis hermanastras y hasta del último de los criados de la casa, los cuales, por supuesto, estaban por encima de mí y podían mandarme lo que quisieran.

Alguno de ellos parecía que disfrutaba tanto ordenándome cosas y haciendo conmigo su voluntad, como yo obedeciéndoles. Por ejemplo, el mayordomo de la Señora, el Señor Arrogante. Era un hombre maduro, experto, elegante, con unos cabellos de sienes plateadas y un aire de seguridad que me hacía sentir en la gloria cuando estaba en sus manos.

A veces, reconozco que me equivocaba a propósito al hacer algo que él me encomendaba. O que cumplía su mandato sin el debido cuidado y un tanto negligentemente, con el perverso fin de que me castigase... y es que sus castigos eran geniales.

Otro de los que sabían mandar y sacar lo mejor de mi misma, era un mozo de cuadra, uno de los mozos encargados de las caballerizas. Un hombre joven, en la treintena, de mediana estatura pero con unos hombros muy anchos y una bonita espalda musculosa. Tenía también unas manos grandes y nudosas. Solía hacer que le limpiara las botas. De rodillas en el suelo, ante el. Y costaba mucho que quedara satisfecho con mi trabajo. En ocasiones derramaba un cubo de agua, como al azar, por el suelo de la cocina o los establos y yo tenia que fregarlo y recogerlo todo, ante el.

No se por qué, todas estas situaciones y otras que me reservo, me transmitían un cosquilleo que recorría mi cuerpo. Y hacían crecer en mi alma una sensación muy dulce. Emociones secretas, complicidades extrañas, que cada vez crecían más y más en mi interior, como una marea que amenazaba con desbordarlo todo. Cada vez estaba más y más segura que otros -en el otro lado de la fuerza- compartían ese sentir.

2 comentarios:

  1. Todo hace suponer que esto no termina aquí...
    La especial predisposición de Cenicienta, me dice que debo prepararme para algo bueno.
    Besos.

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  2. No, gato... no acaba aquí. Voy a subir la continuación ahora mismo.

    Un abrazo en la noches, querido amigo.

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