domingo, 6 de junio de 2010

CITA A CIEGAS


CITA A CIEGAS




Ella permaneció ante la puerta de la habitación indecisa sin saber que hacer a continuación. Tenía grabadas a fuego las instrucciones que le había dado él pero le faltaba el impulso final para lanzarse.

Respiró hondo, abrió su bolso y sacó de dentro un pañuelo negro de seda y se vendó los ojos firmemente. A continuación llamó con los nudillos a la puerta y alguién abrió. Una voz masculina le dijo que entrara (una voz firme y grave) y ella recordó las palabras del Conde Drácula en la novela de Bram Stoker:

"Entrad por vuestra propia voluntad a mi morada".

El la cogió de la mano y la guió por la habitación, le dijo que se detuviera y ella lo hizo. Ponía el alma en obedecer, adoraba esa complicidad que les unía. Notó como él cogía su bolso y lo dejaba en alguna parte. Luego en el denso silencio sólo puedo percibir su presencia, su aroma de hombre rondándola.

Estaba un poco asustada y al mismo tiempo extraordinariamente serena y tranquila. Llevaban meses planeando esa cita, hablando sobre ella. El y ella parecían congeniar en mil cosas. Ella, por extraño que pudiera ser, confiaba en él, a pesar de no conocerle, de no haberle visto nunca.

En sus interminables charlas diarias habían hablado de todo. El la conocía muy bien, conocía sus gustos, los libros que amaba. Sus películas favoritas. Como le gustaba el café. Las cosas que la sublevaban y las que la emocionaban. Ella sabía del amor de él por la música de Wagner. Conocía de su pasión por la historia y las matemáticas. Sabía lo importante que era para él ayudar a la gente y que la gente confiara en él.
Era un amigo -por incongruente que pareciera- y por eso estaba en esa habitación con los ojos vendados, a ciegas. En su poder.

Había un fuerte componente erótico en el hecho de estar totalmente indefensa en manos de un desconocido. Ella era una mujer apasionada, sí, pero no muy promiscua (cuando se daba a alguien se daba por entero) y normalmente no se sentía excitada en una primera cita. Sin embargo, ahora temblaba de deseo.

Notó que sus manos acariciaban su cuello con suavidad y sus labios la rozaron ahí -en ese punto especialmente sensible- . Esa inesperada caricia la enervó aun mas. Ella estuvo a punto de romper el silencio acordado -aunque sabía que no debía hacerlo- pero un dedo posándose sobre sus labios y un ligero murmullo en su oído la volvió al orden.

El desabrochó lentamente los botones de su blusa y manipuló la cremallera de su falda, haciéndola caer al suelo en un remolino de seda. Le dijo que sacara los pies y ella lo hizo obedientemente. Le hizo levantar los brazos y le sacó la blusa. Debajo llevaba un sujetador de encaje blanco y un tanga del mismo color. Ella sintió la mirada de él como fuego, sin embargo, no la tocaba.

Podía sentir la humedad mojando su entrepierna. El le sujetó las manos detrás de la espalda y con algo que parecía una cuerda de algodón las sujetó con firmeza. La dejó allí sola, escuchó como sus pasos se alejaban y un sudor perlino abrió todos los poros de su piel. Se sentía como un animal cautivo.

Cuando él volvió, escuchó el tintineo de hielo en un vaso y el sonido de un liquido derramándose. Le acercó el vaso a los labios, la conminó a que bebiera hasta la ultima gota. Y lo hizo.

Las manos de él volaron a su espalda y soltó el corchete del sujetador. Ella gimió cuando se apoderó de sus senos, como un ladrón suave en la noche y le apretó los pezones, rudamente, pellizcándoselos con fuerza.

Tiró con fuerza del elástico de su tanga y lo arrancó por la parte mas fina, rompiéndolo. Ella gimió. Al mismo tiempo unas fuertes palmadas en sus nalgas le arrancaron nuevas oleadas de placer. La guió hasta la cama y una vez allí le dioa beber mas agua fría, haciendo que apurase hasta la ultima gota.

La hizo sentar en la cama, desató sus manos y la hizo tender totalmente desnuda en el lecho, con los brazos y las piernas extendidos, en forma de estrella de mar. Los cabellos sueltos y libres, extendiéndose por la almohada. No podía ver nada -excepto alguna sombra- aunque sí podía imaginarlo, y todo lo que notaba era terriblemente intenso, con una fuerza tan acentuada que ella pensó si no estaría a punto de tener una sobrecarga sensorial.

Sentía encima de su cuerpo el tacto suave y algo áspero de sus manos, al extender sus brazos y atarlos separados a los barrotes de la cama. Lanzó un gemido gutural al notar como separaba sus piernas y las acariciaba desde el tobillo hasta el centro mismo de su ser, antes de atarlas muy separadas.

Más tintineo de cristal y de vasos; de pronto, el frío agudo del hielo despertando aun más sus pezones enhiestos. Su calor interno derritía el hielo casi al momento, hacía que ríos de agua helada recorrieran su vientre y se perdieran en su pubis.

El esta inclinado sobre ella. Tenía un cubito de hielo en cada mano y con ellos trazaba círculos de fuego sobre sus pechos. Con uno de ellos trazó un camino que seguía por su vientre y bajaba.

Ella gritó cuando la frialdad absoluta se instaló en su clítoris (rodeándolo, acariciándolo). El combinaba las caricias con los hielos, con pellizcos de sus fuertes dedos -pellizcaba sus pezones y su clítoris de modo rítmico y enloquecedor- ella era ahora un desmadejado, un lánguido, cuerpo ardiente entre las sabanas mojadas.

Gemía, gritaba y le rogaba que continuara. La lengua de él abría surcos y luego se detenía y a continuación el hielo mordiente la taladraba.
No estaba preparada para lo que sucedió. De pronto introdujo un cubito de hielo en su sexo y luego lo manipulo hacia dentro con los dedos, la masturbó, con aquel fuego frío dentro. Ella sintió el placer llegarle como un trallazo, como un rayo, y se abandonó a él. La recorrió y la llevó a esas playas ignotas a donde vamos cuando recibimos la pequeña muerte.


... CONTINUARÁ....

2 comentarios:

  1. Creo que es el resumen de todas los sueños de todas las noches de mi vida.
    Eróticamente hermoso.
    Un beso.

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  2. Es el resumen de todos los sueños de todas las noches de todos los días de mi vida.
    Eróticament hermoso.
    Un beso.

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