jueves, 17 de junio de 2010

LA NUEVA BLANCANIEVES








El Reino era un lugar feliz dentro de lo que cabe. Las gentes vivían en armonía, bajo la amable férula de una vieja monarquía en la que confiaban. La prosperidad de su economía y la paz establecida desde largas décadas, hacía que solo las rencillas habituales de la convivencia añadieran su pizca de pimienta a la vida cotidiana.

El Rey, viudo desde hacía mucho tiempo, sólo tenía una hija -la heredera de la corona- la Princesa Blancanieves, querida por todos. Una hermosa joven, apenas salida de la pubertad, de largos cabellos oscuros (por decirlo poéticamente: oscuros, como la noche que cae del mismo cielo de Diós), piel blanca como la nieve y labios rojos como una rosa de pasión.

Sin embargo, la oscuridad se cernió sobre el país, precisamente cuando en la princesa floreció la Roja Flor de la Vida,por primera vez.

Al cumplir los doce años, la vieja maldición se cayó sobre el Reino. La flor y nata de los mozos del lugar, los herederos de las mejores familias, pero también los sanos y bellos hijos de la plebe, del pueblo llano,empezaron a desaparecer misteriosamente, sin que nadie pudiera dar razón de su paradero.

Las noticias corrieron deprisa, cruzando los corredores de Palacio, atravesando los muros de la fortaleza. Recorriendo las calles de la capital y los montes y colinas más lejanas, para llegar al último rincón del país desolado. Un rumor crecía sin contención posible: la desaparición de los jóvenes iba unida inexplicablemente a la desaparición de la vida pública de la princesa durante las horas del día.

Los más viejos del lugar empezaron a hablar de la maldición de esa familia real, de antigua nobleza, de sangre muy pura. Una maldición que parecía cernirse sólo en uno de sus miembros femeninos, en cada nueva generación. Sólo cuando en ellas florecía la feminidad.

El país amaba a sus gobernantes y le era leal como un sólo hombre, pero comenzaron a hablar de la necesidad de buscar una solución. Las voces que hablaban de justicia, fueron saliendo poco a poco del anonimato. Hasta que, por fin, eligieron a un representante para que hablara en nombre de todos ellos, y averiguara, acudiendo al propio palacio, qué ocurría realmente, aunque para ello tuviera que enfrentarse cara a cara con la joven desaparecida.

Escogieron a un joven noble, de reconocidas cualidades, y notable apostura (con una calculada estrategia digna de encomio). El nombre de éste era Raistlin. Era de origen noble, aunque algo así como la oveja negra de su família. Su padre y gran parte de sus familiares había reñido con él por su carácter insolente y extraño, su afición a las artes mágicas, y por su irreverencia con las normas establecidas. El joven Raistlin era un hechicero, de reconocido prestigio fuera de los muros de su conservadora ciudad, que nunca había considerado la magia como algo deseable para un joven educado.

Los adalides de la ciudad consiguieron convencerlo de que viera a la princesa, para lo cual habían pedido audiencia especial. En el fondo a Raistlin no le movía el interés de la ciudad ni del país, sino la oportunidad de ver de cerca a una muchacha, de cuya belleza todos hablaban, pero que apenas nadie había visto de cerca.

Fue concedida la entrevista para el anochecer del día siguiente. El viejo rey llevaba largo tiempo enfermo, muchos decían que sus días estaban contados y temían lo que pudiera ocurrir a continuación. Custodiado por robustos abaceros, Raistlin llegó hasta las enormes puertas de roble que conducían a las estancias privadas de Blancanieves. Éstas se abrieron y, en la penumbra de la habitación se le invitó a pasar, mientras sus escoltas desaparecían sigilosamente.

La princesa estaba recostada en la oscuridad de su lecho, cubierto con sábanas rojas de raso. Rodeada de cojines blancos, en la habitación se hallaban objetos sorprendentes, para el cuarto de una joven princesa. Raistlin observó en un rincón un látigo, reposando sobre una mesita de nácar y ébano, unas altas botas de tafilete verde y tacones puntiagudos. Pañuelos negros y blancos de seda; cuerdas en perchas colgantes; extraños instrumentos de madera; unas fustas (como si la Princesa fuera a montar a caballo en cualquier momento de la noche) y, al final de todo, una puerta entornada -medio oculta por una cortina de terciopelo rojo sangre- y unas escaleras que bajaban.

Miró a Blancanieves, que le observaba, y puso comprobar que era bellísima: joven, muy joven, eso sí. Muy por encima de lo habitual en una muchacha, se vislumbraba en ella una seguridad que no era en absoluto corriente. Parecía que la rodeaba un aura oscura, brillante pero peligrosa. La princesa llevaba una túnica negra de mangas estrechas, muy escotada, de forma que sus pechos incipientes casi asomaban por las aberturas. Calzaba altas botas de afilados tacones. Sus largos cabellos oscuros, sueltos por sus hombros desnudos. De su cintura pendía una cadena con una serie de artilugios, que parecían más adecuados para domar un potro, que para adorno de una joven de su alcurnia.

Raistlin estaba totalmente desconcertado, ya que la princesa no se correspondía con la imagen que se había formado previamente de ella. Se sentía, por otra parte, muy atraído por lo que veía. La jovencita le ordenó imperiosamente que se acercara. Una vez allí, junto a su lecho, le ordenó que se arrodillara en el suelo. Cuando él la obedeció, ella levanto su pierna y apoyó su suave pie en el cuello de él, presionando hacia abajo.

Al hacerlo, la túnica se deslizo hacia atrás y mostró la mas hermosa pierna femenina que él hubiera visto. Se sentía terriblemente excitado, y aun más por la actitud de ella, tan poco dócil y al mismo tiempo tan salvaje, tan femenina.

Ella soltó una carcajada y le dijo: “Mi buen Raistlin, te han enviado como comisionado para investigar qué ocurre, y te juro que lo vas a descubrir”. Su voz era insinuante, como un susurro argentado.

Le hizo permanecer en esa actitud de sumisión, mientras cogía un grillete de los que llevaba a la cintura colgando y lo ponía alrededor del cuello del mago, que se dejó atar de ese modo. Le llevó así, medio a rastras, hacia la cortina que cubría la puerta secreta, tras el lecho principesco.

Bajaron juntos las escaleras, ella llevándole como si fuera su mascota, él completamente anonadado de como se sentía y de la fascinación que la princesa ejercía sobre su carácter, para nada dócil, generalmente.

Cuando llegó al final de las escaleras, Raistlin pudo ver que se trataba de una mazmorra enorme que ocupaba toda la base del Palacio Real. En esa estancia se hallaban todos los jóvenes desaparecidos del Reino, en diferentes fases de desnudez y en actitudes que no hacían pensar -en absoluto- que estuvieran allí contra su voluntad, sino todo lo contrario.

Y bien, entonces Raistlin llegó a la conclusión (en su análisis final, antes de rendirse definitivamente y dimitir de la misión encomendada) de que la Maldición Real no era tal, sino, simplemente, que la Princesa Blancanieves era (como probablemente todas sus antepasadas): una Dómina.

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