miércoles, 14 de julio de 2010

El color rojo - capítulo 10 - El hombre de la máscara de gato





Ang se soltó de los brazos que aun la rodeaban y volvió a la pista de baile. Se sentía capaz de bailar toda la noche, cogió el vaso que le ofrecían y bebió un largo trago de algo mezclado con naranja, que contenía vodka. De inmediato sintió que le subía a la cabeza, lo que le produjo extrañeza -no he bebido apenas- pensó. Notó un movimiento a su lado y al girarse, reconoció la máscara que antes le había llamado la atención. El hombre que se escondía tras la máscara de gato le tendió la mano y le hizo dar unas cuantas vueltas, demostrando que era un buen bailarín. Cada vez que la hacía girar, su falda revoloteaba dejando entrever sus muslos blancos y eso la hizo sonrojar de pronto, al recordar que no llevaba ropa interior. Los ojos intensos del desconocido la miraban con fijeza poco usual, pero sus labios tenían una mueca sarcástica. Ang notó eso, al tiempo que él la atraía hacia sí, hasta que sus cuerpos estuvieron en estrecho contacto.
Acercó su rostro al suyo. Ahora podía verle muy de cerca, todo lo que le permitía la máscara que llevaba encasquetada y que tanto llamaba su atención. Tenía los ojos oscuros, de un castaño profundo, y unos labios bien formados (si no fuera por ese gesto cínico -pensó). El le mordió con fuerza el lóbulo de la oreja, haciéndole daño, y susurró:
Has sido una niña mala … Crisania …
Ang reaccionó envarándose. Su sorpresa era mayúscula. Sentía como si le hubieran inyectado adrenalina pura. Intentó con todas sus fuerzas apartarse del desconocido, sin conseguirlo, porque la mano que sujetaba su muñeca parecía de hierro y no quería soltarla. Le estaba haciendo daño.
!Suéltame! -gritó- aunque su voz se perdió en la algarabía reinante.
Desesperada, buscó a Julián con la mirada, sin conseguir verlo por ninguna parte. La multitud que antes era su amiga, ahora parecía amenazante, odiosa. Toda la magia de la noche había desaparecido y el temor se infiltraba. De pronto, su captor soltó su mano y se apartó de ella, pero, antes de alejarse, se giró y pudo ver perfectamente su rostro -irreal bajo las poderosas luces intermitentes- bajo la máscara de gato, y su mano haciendo el macabro gesto de pasar un cuchillo imaginario por el cuello (alguien va a morir.... !alguien va a morir! -gritaba su voz interior).
Era una clara amenaza y ahora, Ang, supo quien era -sin lugar a dudas- el hombre que se ocultaba bajo la máscara veneciana: !Nigromante!.
Ang se puso a dar vueltas por la discoteca, apartando los cuerpos sudorosos que le impedían el paso, al borde de un ataque de nervios, con síntomas de evidente embriaguez (pero apenas he bebido -razonaba su mente consciente). Necesitaba a Julián, no comprendía ahora por qué se había apartado de su lado, cuando ahí se sentía segura, quería recuperar esos momentos, pero todo a su alrededor era una locura; la gente la abrazaba, la hacía girar, le impedían avanzar, querían tocarla, bailar con ella, algunos besarla. Era una pesadilla y ya no distinguía lo que era real de lo que no. En pleno ataque de pánico, sólo deseaba salir de allí. Se sentía físicamente mal, quería respirar un poco de aire puro, estaba a punto de desmayarse. Viejos recuerdos la asaltaron y vio a personas que sabía que no podían estar allí. El recuerdo de una noche lejana, que tenía olvidada (volvía a sentir el áspero roce de la corteza de un árbol, el tirón de unas cuerdas en sus manos y sus tobillos, el dolor como un trallazo, el silbido del aire al azotar el cuero su espalda) visiones de monstruos que no tenían ya poder sobre ella.
Envuelta en su bruma, recuperó el sentido de la realidad al oír unos gritos agudos muy cerca de ella: “!socorro! !llamen a un médico!”. Ang, murmuró: Julián. Tenía el presentimiento de que algo malo le había ocurrido, de que Nigromante había ido a por él. Con un resto de su cordura miró de nuevo a su alrededor, viendo realmente por primera vez en mucho rato.
Lo último que vio, antes de caer desmayada, fue la máscara de gato veneciana a su lado, en el suelo.

martes, 13 de julio de 2010

El color rojo - capítulo 9 - la discoteca





La discoteca


En el local nocturno, Ang bebía despacio su bloody mary, mientras observaba el ambiente a su alrededor. Julián ejercía un fuerte atractivo sobre ella esta noche, en la que se estaba soltando muy rápido. El vestía unos pantalones vaqueros grises y una camiseta negra, de marca, que le sentaba como un guante. Su pelo, bastante largo, oscuro, revuelto, aunque no descuidado. Sus ojos claros, destacaban con un brillo especial, y, aunque se había afeitado, tal vez no lo había hecho con el cuidado requerido, porque una insinuación de barba se le notaba si pasabas la mano por sus mejillas. Ang tenía ganas de besarle, y no la disuadía eso, si no todo lo contrario.

Esta noche tenía un humor excelente. Los dos estaban de muy buen humor, reían por cualquier cosa, bailaban como si se fuera a acabar el mundo, y, un par de veces, se habían mirado intensamente a los ojos, con esa profundidad que hacía entender que pronto las distancias entre ambos serían mínimas. Y la noche sólo estaba empezando. Ella sabía que acabaría haciéndoselo con él, pero no tenía la menor prisa. Quería disfrutar de cada momento, alargar la tensión sexual que había entre ellos, tanto como fuera posible. La larga mirada con que la había recorrido al llamar a su puerta, la había llenado de un sentimiento cálido, excitante. Para una mujer era fácil detectar cuando un hombre la deseaba. Ang pensaba que, la mayoría, eran muy transparentes. Y el caso es que ella también le deseaba – sin complicaciones- le decía una voz en su interior, a lo que ella asentía, por supuesto.

!Vamos a sentarnos por ahí, Ang! -gritó Julián a su oído- y, al decirlo, le sujetó la muñeca y tiró hacia él.


!Aun no! !quiero seguir bailando!, respondió ella, mientras se daba la vuelta para introducirse aun más en el jolgorio.
Mucha gente bailaba disfrazada a su alrededor, algunos con máscaras grotescas, con pelucas, o maquillados. Por un instante, vio algo que llamó su atención. Un hombre que llevaba una máscara de gato, pero no una máscara corriente de carnaval, sino algo mucho más refinado: una máscara de color gris plata -con dibujos delicados- del tipo veneciano. Ang pensó que debía costar mucho dinero, parecía una antigüedad.

-!Ang!, Julián trataba de llamar su atención y hacerse oir entre la música ensordecera y el bullicio de las luces y la gente,

- Voy a por un vodka, ¿quieres algo?.

- Si, por favor, tráeme una tónica, quieres?.

- Ejem... ¿una tónica? -su sonrisa sarcástica le gustó, le hubiera abrazado en ese momento, pero no lo hizo.

-!Sí!, sólo eso, por favor, quiero estar serena -le respondió, Ang con una mirada que prometía muchas cosas.


Se quedó mirando como se alejaba y volvió a ver fugazmente al hombre vestido de negro, con la máscara de gato. Le pareció que le hacía un gesto de saludo, pero cuando, intrigada, fue hacia él, desapareció entre la multitud. Alguien a su lado, le hacía gestos amistosos, y porque le apetecía, se giró para bailar con él.


Y bailó bajo las luces azules que daban a todo un tono irreal, dando vueltas, absorta en sí misma, muy consciente de su pelo, como una llama, desplegado por su espalda, bailando alrededor de su rostro. Su piel, tan blanca, tenía un tono nacarado bajo los focos azules -irradiaba luz-. sus hombros desnudos, sensualidad plena ... Ang, se sentía el centro de la fiesta esta noche.

Se dio la vuelta y allí estaba: Julián, comiéndosela con los ojos y sujetando un vaso en cada mano. Al cruzarse sus miradas, todo se desencadenó, Ang no recordaba quién empezó el beso, sólo sabía que el tiempo se había detenido y que los dos se encontraban en una cúpula que los aislaba. De pronto, el griterío había disminuido. Se sintió arrastrada por él hasta tocar la pared más próxima, entre las sombras, las manos de Julián sujetaron las suyas por encima de su cabeza, le mordía los labios. Solo oía sus respiraciones aceleradas, el fuego que surgía de su cuerpo. El la llevó en volandas hasta el rincón, mientras se besaban y sus manos se perdieron bajo su falda. Ella gimió, sin poder evitarlo y escuchó sus gemidos como si fueran los de otra persona, ajena a ella. Su mano en el cinturón de sus vaqueros abrían con facilidad los botones, para liberar esa cosa cálida que ella deseaba sentir. Escuchaba a Julián gruñir bajito, cuando le tocó. A continuación, él le bajó la braguita negra, la dejó deslizarse hasta los tobillos, y ella sólo tuvo que sacar los pies.

Con la espalda apoyada en la pared, sintió como Julián le subía la pierna hasta su cintura, mientras la empujaba con fuerza, penetrándola. Ambos hacía rato que habían dejado de ser conscientes de nada de lo que ocurría fuera del radio de sus cuerpos enlazados. El saber qué podían verlos, que estaban rodeados de gente, los enardecía aun más.

Cuando todo acabó, le flaquearon las piernas y él la sostuvo, su aliento cálido en su cuello. Los besos se reanudaron. Notaron un grupo de gente que pasó muy cerca de ellos y les envolvieron sus gritos y risas. La discoteca entera era un enorme estruendo de luz y color que palpitaba al ritmo ensordecedor de la música.

El color rojo - capítulo 8 - La noche





La noche


Ang se estaba acabando de arreglar para su cita con Julián. En la discoteca a la que iban se celebraba esta noche una fiesta de disfraces, pero no era obligatorio ir disfrazado, así que ella optó por un ligero vestido negro, corto, con finos tirantes. En los pies unas sandalias de tiras plateadas. Ahora estaba cepillando su largo cabello rojo -aún húmedo de la ducha- que ya era de por sí un adorno muy llamativo. Se puso unos aros de plata en las orejas, un par de anillos en los dedos y, para acabar se puso carmín en los labios -cosa que no hacía casi nunca- y un poco de rimmel para realzar sus pestañas. El resultado era bueno -pensó, al mirarse en el espejo.

Había quedado con Julián en su piso, así que arrambló con un pequeño bolso negro y, después de echar un vistazo a su imagen reflejada en el espejo de la entrada, cerró la puerta y bajó corriendo hasta el tercero.

El color rojo - capítulo 7 - De nuevo, Julián




Preludio

Bajaba las escaleras corriendo, como de costumbre, enfundada en sus vaqueros rotos, el bolso cruzado en bandolera sobre el pecho, cuando casi tropieza con Julián, que salía de su apartamento. Le echó un buen vistazo, sólo para comprobar que seguía encontrándolo muy atractivo. Llevaba unos pantalones claros -tejanos desgastados- y una camisa a cuadros, con las mangas arremangadas, por encima de una ligera camiseta. Sus ojos claros, destacaban entre la maraña de su pelo oscuro, que olia a limpio. Sus manos, tenían ese vello oscuro en el dorso, que a ella le parecía tan sexual, que la descomponía tanto. Cuando él le sonrió, ella, a su pesar, le correspondió con la más radiante de sus sonrisas. No quería complicaciones sentimentales. No estaba preparada para eso.

Salieron juntos a la calle, y, sin saber cómo, surgió la invitación a la que Ang no supo negarse. Luego pensó que lo había llevado muy mal, aunque, después de todo, le apetecía salir con él esta noche. Había que reconocerlo: le gustaba. ¿Qué mal había en eso? Julián tenía un buen polvo, -se dijo-. Ella era muy sexual, y bastante promiscua, pero eran sólo rollos de una noche o poco más. No tenía novio ni nada que se le pareciera. Más tarde, mientras desayunaba junto a la máquina de las bebidas, decidió que si surgía tema esta noche, no dejaría escapar la oportunidad.

lunes, 12 de julio de 2010

El color rojo - capítulo 6 - Las apuestas suben




Las apuestas suben
En el sueño, Ang, rompía un jarrón chino. Lo arrojaba estrepitosamente contra la puerta. Despertó sobresaltada porque el ruido que había escuchado era real. Prueba de ello era que continuaba oyéndolo y estaba despierta. Con todos sus sentidos concentrados, aguzó el oído, todo estaba en absoluto silencio, esa calma extraña de altas horas de la madrugada, cuando el mundo parece estar en coma.
Contuvo la respiración, trató de calmar los sobresaltados latidos de su corazón, para poder escuchar, en absoluta inmovilidad, el silencio de su piso. ¡Ahí estaba! !había vuelto a escuchar algo¡ un leve crujido, en el comedor. Como el sonido del pie de alguien que no conoce los secretos de dónde pisa: los lugares dónde la madera está desgastada, el rincón que cruje... alguien que se mueve en territorio comanche.
Ang se levantó, y, abriendo el cajón de la mesilla, cogió un abrecartas. En uno de sus impulsos, sin saber siquiera si sería capaz de utilizarlo como arma defensora contra otro ser humano. La sola idea la horrorizaba, pero no iba a salir al encuentro de quién fuera que estuviese al otro lado de la puerta, sin nada, desprotegida.
Abrió la puerta despacito, milímetro a milímetro, y observó la oscuridad, acostumbrando sus ojos a ella. Cuando fue capaz de distinguir los familiares contornos de sus muebles, avanzó con lentitud, esgrimiendo el abrecartas en forma de puñal. Le dio al interruptor de la luz y esta se esparció por toda la estancia. de pronto todo quedó iluminado. Su piso era de pequeñas dimensiones: una habitación, una sala de estar, un pequeño distribuidor, un conato de vestíbulo, un baño y una cocina. Desde la posición en la que se hallaba (firmemente plantada sobre sus pies desnudos) tenía una visión completa del comedor-sala de estar, el pasillo y el vestíbulo de entrada. Vacíos, absolutamente vacíos. No había ningún lugar dónde nadie pudiera esconderse.
Más allá de la puerta de entrada, estaba el baño y la cocina, perdidos en la penumbra. Los sonidos habían cesado por completo, pero no podía arriesgarse -pensó Ang-. Tenía que atravesar el pasillo y llegar hasta la cocina, registrarla y, después, hacer lo mismo con el cuarto de baño. Tenía que asegurarse de que nadie se escondía -como en sus pesadillas de niña- detrás de la cortina de la ducha.
Se puso a hablar en voz alta, para infundirse valor: “vamos, chica! nunca has sido una cobarde, ya sabes: no conocerás el miedo, el miedo mata la mente... !si hay alguien ahí, será mejor que se vaya preparando porque he llamado a la policia!”. Estas últimas palabras las dijo casi gritando. La luz se expandió por la pequeña cocina, al darle al interruptor, iluminándolo todo, hasta el último rincón. Ang, pensó -y no por primera vez- que las cosas cotidianas son las que infunden mas temor, en cuanto la vida se sale de su marco habitual. La mesa de madera, la superficie fría de los mármoles, las paredes verde manzana, el fregadero, la mancha blanca del refrigerador, parecían gritarle: “!Ve con cuidado¡ !no te fíes de nosotras!”. Nadie. No había absolutamente nadie.
Dio un grito, al notar de pronto una corriente de aire a sus espaldas, se giró con presteza, su pelo la siguió revoloteando y cubriéndole la cara. Lo apartó con la mano. La puerta del baño estaba entreabierta. Soltó un taco, la abrió del todo de una patada, haciéndose a un lado para esquivar una posible agresión, tal y como le habían enseñado en el curso de defensa personal. El baño estaba vacío. La cortina de la ducha corrida. Con rabia la descorrió del todo -el corazón en la mano- para encontrarse con la ventana abierta de par en par y el agua corriendo sola por el desagüe. Se encaramó para mirar por la ventana -pequeña pero no lo suficiente para impedir el paso a una persona de constitución delgada- vio los peldaños metálicos de la escalera de emergencia, a una distancia prudencial. No tenía ni idea de si era posible alcanzarlos dando un buen salto. Arriesgado, sí, pero … ¿imposible?. Hace unos días hubiera contestado afirmativamente, pero ahora ya no estaba tan segura. El proceso de resquebrajamiento de la realidad era palpable. Parecía que se estuviera deslizando hacia una realidad alternativa, un universo inquietante en el que convivían realidad y ficción. Ya no estaba segura de nada. No confiaba en su mente.
Con un vaso de leche caliente en la mano, volvió pensativa a su dormitorio. Las primeras luces del alba se filtraban por las cortinas.
Ese es el quid de la cuestión, baby -se dijo Ang- que ya no confías en tu criterio.

domingo, 11 de julio de 2010

·El color rojo - capitulo 5 - Ang en su día a día


(extracto del Informe psiquiátrico emitido por el Dr. Enrique Garcia-Plaja Ortega, en la Clínica Insalus, de Madrid:
Resumen del caso: Se trata de una joven de 21 años de edad, natural de Madrid, víctima de una violación múltiple hace siete meses. Se emite el presente informe a fin de determinar su estado mental actual...
Historia familiar y personal: Nacida en Madrid ... padre español ... madre procedente de Escocia … de familia acomodada ... escaso contacto .... la paciente manifiesta un cierto sentimiento de abandono enmascarado por una posición de indiferencia.. autosuficiencia marcada. Inteligencia superior a la media. Escolarizada en ... estudios universitarios de Informática en la Complutense... corredora de maratón, medalla en natación … consiguió un empleo a tiempo parcial a los 19 en … especializada en la creación e instalación de software avanzado... Hábitos psicosociales: Naturaleza obsesiva... consumo esporádico de alcohol desde los 15 años, consumo ocasional de cannabis, a partir de los 16 años. Negativo el consumo de drogas duras (análisis de fechas 20/2/2008; 15/7/2008 y 21/5/2009). Sueño con altibajos, insomnio intermitente. Apetito disminuido de larga duración, alternado con crisis... )...


Ang en su día a día


Estaba probando la última versión del juego de “Cypress Hill” para comprobar los fallos en línea. Tenía que estar listo para su salida al mercado en menos de dos semanas, iban justos de tiempo. !Como siempre, con prisas¡ -se dijo- habían empezado la campaña de marketing hacía meses, con demasiada premura, ávidos de las jugosas ganancias que les auguraban su caterva de lunáticos potenciales clientes. El caso es que ahora, ella debía comprobar los fallos del sistema y corregirlos, porque el jefe quería que estuviera listo para ayer.
Su vida había vuelto a la tranquilidad mas absoluta. Sin noticias de Nigromante, que había desaparecido totalmente de la red. Tampoco había sucedido nada extraño y el suicidio de Miguel Larcos -así se llamaba- se estaba convirtiendo en un suceso nebuloso que apenas rescataba en alguna ocasión del olvido. Habían transcurrido ya tres meses desde la cita en el parque.
Se desplazó hacia atrás moviendo con los pies la silla con ruedas. Llevaba los auriculares puestos y sonaba a toda marcha la canción de Macaco “Moving”, mientras ella seguía el ritmo con los pies, bailaba con todo el cuerpo. Carlos le sonrió desde el otro lado de la mesa, sus ojos de miope observándola, parapetados detrás de sus gafas redondas, al estilo antiguo (como las que llevaba John Lennon -pensó Ang-). Era un buen tipo, pero increiblemente plasta. Esperaba que no le hubiera dado pie, con su sonrisa, para que le enchufara el discurso de rigor sobre lo mucho que la apreciaba y lo bien que le sentaría tomar una coronita con él, al salir de la oficina.
De pronto, su sonrisa cínica quedó congelada en el aire. Su ordenador había emitido una señal. Aun desde la distancia, pudo observar como se abría una ventana que no estaba prevista. Se acercó con lentitud exagerada, tocó una tecla y apareció el mensaje: “Tienes unas tetas preciosas. Son como las había imaginado”. No necesitaba la firma para saber el autor de esas dos frases. Escribió con energía: “!Déjame en paz¡ !No quiero volver a saber nada más de ti¡ !Olvidate de que existo! ¿no has tenido suficiente con todo lo que me has hecho pasar? Además de un enfermo, !eres un tramposo, un embustero, un fracasado!. No creo que hayas tenido nada que ver con la muerte de ese estudiante. Tampoco creo que tuvieras intención de hacerle ningún daño a esa niña, en el parque. Te estabas echando un farol, riéndote de mi. !Aprovechado¡ Desaparece de mi vida, !niñato¡ y búscate otra incauta para poder sentirte alguien”.
Cuando acabó de escribir, esperó la inmediata respuesta, pero no hubo nada. Silencio en la red. Se encogió de hombros, recogió su pelo en una coleta, y continuó trabajando.
Sólo mucho después, en la calle, camino de su casa, se preguntó cómo había conseguido Nigromante acceder a la terminal de su ordenador de trabajo.

sábado, 10 de julio de 2010

El color rojo - Capitulo 4 - Julián



Julián
El té estaba caliente, humeaba. La reconfortaba sentir su calor a través de sus manos apretadas contra la taza. Desde la cocina, Julián le hablaba: una cháchara ligera, que la permitía seguir la conversación y continuar con su línea de pensamientos.

Porque la situación en Wonderland ha cambiado mucho desde que te fuiste -decía- ¿recuerdas a Martín? Ahora trabaja para PrimerTime, y le va genial, al parecer...
Entró con las manos envueltas en guantes térmicos, sujetando con firmeza una bandeja, en la que destacaba la superficie esponjosa de un enorme bizcocho. Tenía un aspecto delicioso.

. ¿Encima, sabes cocinar? -le dijo, con un amago de su antigua sonrisa.
¡Sí! -respondió, Julián- !Claro¡, es una condición sine qua non si quieres tener alguna esperanza de éxito con las chicas -sonrió-- En mi caso, es mucho mas crucial porque soy un caso difícil, je...
No sé -respondió, Ang- yo te veo bien...con todo el equipo necesario y todo eso... -dijo, Ang, en forma deliberadamente vaga.

Cortó una porción más que generosa y se la sirvió en un plato llamativamente amarillo. Ang se había visto obligada a subir al piso de él, después de que la encontrara en el parque, medio desnuda y con un conato de ataque de nervios.
No le había hecho la menor pregunta. Con la habilidad de un prestidigitador, dispersó al grupo de curiosos, le colgó de los hombros, descuidadamente su propia chaqueta,y la tomó con decisión del brazo, llevándola de vuelta a casa.

Le conocía porque habían trabajado juntos hacía más de un año (en otra vida... le susurró su mente) y pronto habían simpatizado. Cuando ella dejó Wonderland, habían perdido el contacto, por eso se sorprendió, hacía unos dos meses, al coincidir en el rellano de su escalera -él cargado con toda clase de bultos y maletas, en un evidente muestra de que se estaba mudando allí-. De pronto, no supo como reaccionar (porque Julián formaba parte de su antigua vida, y no había sitio para nadie en ella), pero luego se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa auténtica. Era un buen chico.
Tampoco es que, en este tiempo, hubiera propiciado cualquier tipo de contacto con él, excepto el ocasional de encuentros esporádicos en las zonas comunes del edificio. Sencillamente ella seguía con su vida -sus amigos internautas, sus aventuras, sus juegos de rol en la red- y él con la suya, fuese la que fuese. El en su piso -en el tercero segunda- y ella en el sexto segunda.
No sabía siquiera si compartía su piso con alguien, y, al pensarlo, miró inquisitiva a su alrededor, en busca de alguna pista que le permitiera deducir la presencia de otras personas.
Julián siguió su mirada y, al parecer, adivinó lo que pensaba.
- Vivo con Alex, un amigo de la facultad, pero ahora está pasando unos días fuera, de vacaciones con su familia, en Italia.
Ajá... -Ang,le miraba, invitándole a continuar. Pero él cambió de tema.
¿Puedo preguntarte si aun te dedicas a la programación? -le ofreció otra taza de té, pero ella la rechazó y se levantó al hacerlo.
Sí, aun trabajo en lo mismo. Has sido muy amable, pero tengo cosas que hacer -anduvo hasta la puerta con una decisión que no sentía. Debía reconocer que algo en él le atraía (¡basta de subterfugios! Te pone cachonda como una perra, se sincera contigo misma...).
Subió las escaleras de dos en dos, sin mirar atrás, con los ojos de él clavados en su nuca.

jueves, 8 de julio de 2010

El color rojo - cap 3 - En el Retiro



En el Retiro
La mañana era fría. En el cielo despuntaba un sol tímido, que se abría paso, indeciso, entre las nubes. La joven, sentada en el banco al lado de la estatua, vestía unos estrechos vaqueros negros, camiseta gris, y una chaqueta de punto. Calzaba zapatillas de deporte, también negras. Había pensado en un vestuario práctico por si tenía que salir corriendo.
Su pelo rojizo brillaba, suelto sobre sus hombros. Un observador casual no hubiera reparado en el miedo que se leía en su mirada, le hubiera parecido una estudiante haciendo novillos, o esperando a su enamorado.

Eran más de las 9 -y media casi- y no sabía a ciencia cierta qué hacía allí, ni si debía marcharse. Al fin y al cabo no había acudido nadie a la cita. Después de todo, tal vez los acontecimientos de ayer fueran tan sólo un cúmulo de casualidades, y, en realidad, el desconocido del chat no fuera el desequilibrado que ella imaginaba. Era inteligente, de eso no le cabía la menor duda.

A esa hora de la mañana había bastante personal circulando por el Retiro. Amas de casa, de camino hacia la compra; mamás que acababan de dejar a sus retoños en la escuela o la guardería; gente anónima que salía a dar un paseo o tomar un café, que acudían a su trabajo; alguna pareja deambulando por el parque. Ang los escudriñaba a todos con infinita atención, intentando descubrir una señal que le permitiera reconocerle a él. Estaba segura de que no se mostraría a cara descubierta, de que utilizaría algún disfraz, alguna artimaña. Paseó la mirada de sus ojos verdes por la superficie del parque, por la zona en que se encontraba, mirando incluso detrás de los árboles próximos, pero no vio a nadie que le hiciera suponer que podía ser él, el hombre que la había citado allí.

Su imaginación le había puesto rostro ya, aunque nebuloso aun, cambiante. En cierto modo, se sentía dominada por él, y eso la horrorizaba. Le odiaba por lo que pensaba que había hecho -matar a un hombre, aquí no cabían subterfugios- pero aún más por jugar con ella, por hacerla sentirse culpable de la muerte de aquel chico. Su chantaje emocional la había obligado a citarse con él esta mañana.

Estaba casi convencida de que se trataba de un farol, de que -de alguna forma- el destino, el azar, había hecho coincidir el terrible accidente: el suicidio del joven, de modo que parecía que él estaba detrás de todo aquello, que era quién movía los hilos.

Lo poco que había adivinado de la personalidad de Nigromante (con el que llevaba chateando un par de intensos días) le hacía pensar que era alguien al que le gustaba controlarlo todo. Alguien a quién complacía verse como si fuera dueño absoluto de las vidas de los demás, situándose él en un plano superior, para manipular a la gente a su antojo.
Su principal prioridad, era conseguir que todo se desarrollara del modo que él quería. Exactamente como él quería. Eso denotaba una seguridad ficticia -pensó- que, seguramente, escondía carencias y debilidades. Probablemente, se trataba de un niñato inseguro, tímido, que necesitaba el anonimato que le proporcionaba la red, para ser alguien.
Pero, no podía arriesgarse a pensar así y suponer que estaba en lo cierto. Tenía sobredosis de terapia psicológica. De pronto, la vida humana -cualquier vida, no sólo la suya- le resultaba demasiado valiosa como para arriesgarla en aras a presuponer que tenía razón en sus argumentos.

Un chico, con una gorra verde, paseaba con una bicicleta por su lado. Daba vueltas en círculo en torno al parterre de la estatua del Ángel Caído. Le miró inquisitiva y le pareció que le guiñaba un ojo. Ang se levantó, siguiendo un impulso. De pronto estaba convencida de que era él. Corrió detrás de la bicicleta, para atraparle pero el chico la esquivó limpiamente. Con una pirueta, le tocó el culo con la mano al pasar por su lado y escapó riéndose a carcajadas. Ella le hizo un gesto obsceno y se dio la vuelta para volver al banco. Allí, en medio de la madera desteñida, se hallaba un objeto que antes no estaba: una rosa blanca, con un cordel verde alrededor, del que sobresalía una hoja de papel. Sentándose de nuevo, la leyó, decía así:

“Desnúdate. Quitate la chaqueta y la camiseta. También el sujetador. Quedate quieta así, junto a la estatua, hasta que recibas mi señal. Ahora, Crisania, mira a tu derecha, junto al grupo de árboles más cercano. Me verás con una niña pequeña en mis brazos y un ordenador portátil. La cría es rubia. En caso de que tengas la peregrina idea de no obedecer mis órdenes, su vida habrá terminado casi antes de empezar”.

Crisania, su nick en la red. Ang, como en un sueño, giró lentamente -a cámara lenta- y le vio, allí, tal y como se había descrito: un hombre joven vestido de negro, con gorra y gafas de sol, el pelo muy corto, la niña, de unos dos años, llevaba un vestido azul y reía entre sus brazos. En el suelo, un portátil. Le pareció que sus ojos la taladraban … en ese momento volteaba a la niña en el aire, con tanta violencia que las risas pronto se convirtieron en gritos de miedo.

Con rapidez, Ang tiró de los botones de su chaqueta y la dejó caer al suelo. Su camiseta siguió el mismo camino. Ya estaba junto a la estatua, cuando sus dedos trémulos soltaban las presillas de su sujetador, ante las miradas atónitas de los transeúntes.

miércoles, 7 de julio de 2010

El color rojo - cap 2 - la cita



La cita
La ambulancia acababa de partir dejando atrás el eco ululante y ensordecedor de su sirena. Los vecinos de ambos edificios formaban corros, parloteando nerviosos de lo que la mayoría consideraba un suicidio. Ang se estremecía. Llevaba su viejo short y la ligera blusa blanca y se notaba temblar de pies a cabeza. No sabía a ciencia cierta si sus temblores eran debidos al frescor de la tarde primaveral, o a causa de la fuerte impresión recibida a raíz de lo que acababa de presenciar.  Dudaba, intranquila, si debía dirigirse a los policías que merodeaban aún por allí, para contarles lo que ella sabía. Quizás las autoridades deberían determinar si había sido realmente un accidente, un suicidio, o si alguien… 
Nigromante, era su nick. El apodo, que hasta hacía unos minutos le había parecido ridículo, le resultaba ahora siniestro. Estaba segura que él tenía algo que ver con la muerte de aquel desgraciado muchacho.
Su pensamiento se desvió por unos instantes hacía la imagen de aquel chico al que ni siquiera conocía. Durante un brevísimo lapso de tiempo el horror había grabado las facciones del muchacho, de forma indeleble, en su memoria. Había algo en aquel chico que la resultaba tan familiar, tan próximo…
Lo cierto es que Ang no sabía qué hacer. En primer lugar tenía que subir a su apartamento y cambiarse de ropa. Se sentía expuesta, semidesnuda.  Pero le inquietaba volver a entrar en su casa.
Nunca había sentido desconfianza alguna al navegar por la red. Tampoco le había inquietado mantener relaciones con otros internautas, más bien al contrario: le parecía tener mucho más en común con  cualquiera de ellos que con la mayoría de sus vecinos, o incluso con sus compañeros de trabajo. Había llevado a tal extremo su afición a Internet,  que quienes la conocían decían que estaba enferma, que tenía un problema de adicción, que no era natural que una chica como ella —joven, atractiva, inteligente— se encerrara en su casa y se pasara las horas muertas ante una máquina.  Pero ella se sentía bien así. No pensaba cambiar de hábitos. Tenía amigos, amigos de verdad ahí, con los que reía, bromeaba, jugaba, discutía, sentía…  Siempre había estado segura.
Una voz interior le susurraba: “sí, pero eso fue después de lo que te ocurrió...”. Sacudió la cabeza, desplazando a un lado el peso de su cabellera rojiza, para librarse de aquellos pensamientos.
Notó las miradas de un par de vecinos —percibiéndolas intensamente sobre ella, a pesar de que no los miraba— que la hicieron sentirse incómoda y encogerse un poco. Sin pensarlo entró en el portal y se dirigió al ascensor para subir al último piso, el suyo.
Casi sin voluntad, sus pasos la encaminaron hacia el ordenador, que todavía permanecía encendido. En la ventana gráfica, aún abierta, destacaba un nuevo e inesperado mensaje: “Mañana a las nueve de la mañana, junto a la estatua del Ángel Caído. Sentada en el banco más próximo. No faltes, a menos que quieras tener en tu conciencia la muerte de otro inocente...”.

martes, 6 de julio de 2010

El color rojo




Preámbulo
Extracto del informe emitido por los agentes de la Policía Nacional con números 245 y 915.
Informe número 5678202-N17B – 17/02/2008 – 21:45 h PM:

Llamada anónima efectuada a las 21:30 h desde la cabina telefónica situada en la calle Bailén, a la altura del número 54. Comunican que una joven ha resultado gravemente herida en una agresión sin determinar, junto a los jardines del Palacio Real. Se desplaza hasta el lugar de los hechos una patrulla de la policía y un equipo de asistencia médica del SAMUR.
La víctima es una mujer, blanca, de veinte años de edad aproximadamente, que ha sufrido una agresión sexual … número de agresores indeterminado ... contusiones de diferente consideración repartidas a lo largo de la parte frontal del cuerpo … herida abierta de arma blanca en la espalda, a la altura de la quinta vértebra … hematomas en el cuello … ulceraciones sangrantes en las nalgas … tres costillas rotas … posible estado de shock … posibles lesiones internas … posible víctima de violación múltiple … la víctima no habla … puede apreciarse un estado catatónico... trasladada al servicio de urgencias del Clínico. No interpone denuncia por los hechos.

Angharad en su tarde libre
 
Angharad estaba escribiendo en una ventana de chat. Esta vez no mantenía abiertas las siete u ocho habituales. Y no las tenía  porque necesitaba concentrarse en el tipo con el que estaba  charlando. "Es rápido, de mente y de dedos", pensó. Sus frases surgían del fondo blanco como por arte de magia, con sorprendente y total fluidez. Lo que transmitían era algo meditado, asombrosamente certero, irónico: aquel tipo tiraba a dar. Se le escapó una sonrisa sibilina al leer lo último que él le había escrito.  Era evidente que estaba intentando jugar con ella. Había conocido gente así antes. Sólo había que seguirles el  juego, invitarles a creer que podían hacerse con ella, que la tenían en sus manos, para luego dirigir una finta maestra que les llegara certera al corazón. Y jaque mate... A ella le divertía, porque sabía jugar.
 
Tomó, distraídamente, un mechón de pelo rojizo entre sus dedos,  enrollándolo como tenía por costumbre cuando estaba absorta en algo, o simplemente inquieta. Al momento el desconocido escribió: “Me encanta eso que haces...”. Ang, todavía sonriendo como una gata, contestó: “¿Y qué supones que hago?”.
“Acariciar tu precioso cabello rojo”, fue la pronta respuesta.
Tan inesperada afirmación le obligó a dar un un respingo. "Casualidad", se dijo.  "Ha acertado por pura chiripa ".  “Sí, claro, eres adivino, además de espía y de trabajar para alguna agencia gubernamental”, escribió, intentando mostrarse sarcástica.
“No me crees,  pero deberías hacerlo…"  "También podrías soltar un par de botones de esa deliciosa blusa blanca, sin mangas, que llevas puesta…” Angharad se levantó de un salto, en un remolino de piernas y short azul, y se dirigió con paso rápido hacia la ventana.  Escudriñó, pensativa, el bloque de pisos que se alzaba frente al suyo y reparó en las cortinas de su habitación, completamente descorridas. Tenía la clave. Volvió al ordenador  y a toda prisa, tecleó: "Muy listo"  "¿En qué piso estás?"  "Lo digo para dedicarte un gesto de saludo”.

Nigromante contestó inmediatamente, en forma severa y conminatoria: “Vuelve a mirar ahora por la ventana”. 

Ang llegó a tiempo de vislumbrar movimiento en una de las ventanas que se abría en la fachada de enfrente.  Como en una pesadilla,  vio como una figura masculina caía al vacío desde el  sexto piso,  en sus mismas narices. Durante una fracción de segundo la cara desencajada de aquel hombre permaneció congelada, como una instantánea trágica, ante sus ojos. 
En estado de shock , aparentemente sin control, volvió al ordenador a tiempo de ver como brotaban las palabras en la ventana de chat : “Has de saber que ese pobre desgraciado no era  yo”.

domingo, 4 de julio de 2010

EN EL BAR - CAPITULO 4




EL PEDERASTA

Estoy sentada en mi silla de madera, los pies apoyados en la baranda. Todavía siento en mi interior el vaivén de las olas, como suele ocurrirme cuando hemos pasado el día en la playa. Es como si el espíritu del mar se hubiera metido dentro de mí, me hubiera poseído, y ahora se negara a soltarme. Tengo el rumor del mar en mi interior.
Ese cansancio que da un día de playa (todas esas horas al sol, nadar hasta la extenuación) me tiene medio adormecida, pero no quiero dejar de ver Pérdidos en el espacio, no puedo perderme un sólo episodio. Mi abuela y su hermana están al otro lado de la mesita, apoyadas en la pared, perdidas en su conversación, sin verme. Oigo los pasos de alguien subiendo las escaleras de madera y me giro para ver quién es, y ahí está: uno de los clientes habituales del bar restaurante de mis padres. El abuelo de una de mis amigas. Cena todas las noches allí. Desde muy pequeña, tengo la costumbre de sentarme sobre las rodillas de la mayoría de clientes conocidos del bar. No sé cuándo empezó esa costumbre. Se trata de algo muy mío. No ocurre con mi hermana, a ella nunca la ponen sobre sus rodillas, pero a mi me gusta.
Me agrada ese olor a tabaco, a loción para el afeitado que desprenden. Esa seguridad de estar en brazos masculinos y, al mismo tiempo, esa distancia que mantienen, porque no soporto que me besen, ni achuchen, como suelen hacerlo muchas mujeres con las niñas, que nos tratan como si fuéramos muñecas.

El señor Josep se sienta y yo me coloco con facilidad sobre sus rodillas, como casi cada noche cuando se sienta a ver la televisión en el altillo con nosotros. Su intimidad con la familia lo permite. Para mi, no es especial, quiero decir que es igual él que el señor Pere -al que los niños solemos llamar en privado el Conde Tripa- o Ramiro, o el señor Marius, el de la tienda de comestibles. Es solamente un señor mayor, que pertenece al mundo de los adultos (perfectamente diferenciado del mío) que me trata como a la niña que soy, juega conmigo, me hace cosquillas, con el que a veces bromeo.

Me rodea con uno de sus brazos para que no pierda el equilibrio, porque no paro de moverme, soy una niña muy activa, pero esta noche es distinto. Algo ha cambiado en el ambiente y no sé exactamente qué es. Ha empezado la serie y tengo la atención concentrada en la pantalla: Penélope es mi preferida, de entre los hermanos de la nave espacial con una familia a la deriva, porque le gusta leer, y porque tiene el pelo oscuro. Yo le atribuyo una sensibilidad especial, algo parecida a la mía, olvidándome de que es un personaje.

De repente, noto la mano del señor Josep acariciando mi espalda, pero no me parece nada especial, hasta que sus dedos rozan mi costado y continúan hacia delante. Ahora con un dedo, de forma casi imperceptible, está rozando mi pecho incipiente, esos pequeños brotes que han florecido en mí esta primavera. Mi edad no me permite saber que esto es diferente a tocarme el brazo, o la frente, pero algo me dice que sí lo es. Me muevo encima de él, intento sacudir mis hombros y esa sensación de extrañeza y él se detiene, en forma brusca, en su movimiento, como congelado.

No he apartado ni un momento la mirada de la televisión para mirarle, pero percibo un cambio. Su respiración agitada. El dedo continua ahora, acariciándome, ahí, donde hasta una niña de diez años sabe que no debe tocarme, alternando los botones, ahora uno, ahora el otro.

Y ahora sí, ahora me giro, vuelvo la vista para mirarle, y lo que veo me asusta: su rostro arrebolado, su mirada fija -con obstinación- en la pantalla lejana del televisor, su respiración acelerada, sus dedos que continúan acariciando con insistencia mis pezones. Como si no fuera con él, y hubiera puesto el piloto automático. Un sentimiento de culpa me abruma. Pienso que he debido de hacer algo mal, que algo va muy mal. Miro hacia la izquierda, mi abuela y su hermana siguen hablando y riendo.
De un salto, bajo de sus rodillas, y me siento en una silla, a su lado, llamando al hacerlo la atención de mis abuelas (no me atrevo a irme del altillo) que me riñen por moverme demasiado y por molestar al señor Josep, con la paciencia que tiene conmigo.

Y pasa el rato, con una extrema lentitud, mientras mis ojos llenos de lágrimas miran fijamente la pantalla, sin ver nada.

No es hasta dentro de una media hora larga, que él se va del altillo, despidiéndose educadamente -como siempre- de mis abuelas, arrancándoles una sonrisa con sus halagos.

EN EL BAR - CAPITULO 3





LAS ROSAS DE TE

Las piernas colgantes me delatan, pero he decidido que soy invisible. Mi mundo, todo lo que forma parte de mi vida, está por debajo de este verdor irreal coronado por las delicadas rosas de te que ha plantado Ramiro. Por lo general tengo un libro en las manos y casi siempre lo leo, aunque en ocasiones me abduce la belleza que me rodea y me quedo en babia soñando despierta. En esas ocasiones dejo de ser yo para ser cualquier otra persona que imagine: una rebelde de pelo largo y oscuro, liso (absolutamente liso y suave) en los brazos de un joven distinto a los demás. Alguien que nunca habla mucho, que no parece simpático, ni es un buen partido. Que tal vez ni siquiera es guapo y a quien yo adoro, aunque nunca se lo digo. ¿Para qué? El sabe que le pertenezco. Nos vamos en su moto, los cabellos al viento, libres y salvajes. Y nunca más me siento torpe y distinta porque él es tan extraño como yo. Tan ajeno a su entorno. Y nadie me dice nunca que no tengo sentimientos, que soy dura como una piedra, porque notan mi calor.

Otras veces soy una partisana yugoslava, poseedora de una cara delicada. Una chica decidida, valiente, muy valiente. La nieve lo cubre todo y yo voy vestida como un hombre, mientras me camuflo en la nieve, mi pelo recogido.

El sonido de las campanas de las monjas es sedante y aquí es difícil imaginar que me encuentro a pocos metros de una de las arterias mas transitadas del Ensanche barcelonés.

sábado, 3 de julio de 2010

EN EL BAR - CAPITULO 2




EL ALTILLO

Siempre hay un lugar dónde suelen ocurrir las cosas que nos marcan, pero éste no tiene que ser especialmente un lugar mágico. El altillo es corriente, hasta vulgar si nos apuramos. Se ve claramente que lo han construido con prisas, para aprovechar el espacio, para aumentar la dotación de mesas libres para los clientes. Allí han ido a parar las mesas antiguas, los desechos de tiempos pasados que fueron arrinconados por los anteriores propietarios al llegar la modernidad. Por esa razón han sobrevivido las hermosas mesas de mármol blanco veteado con patas negras de hierro forjado. Viejas y gastadas, sí, pero aun señoriales.

Tres o cuatro son redondas, pequeñitas, como para dos comensales, tres como máximo. El resto son alargadas con dos soportes negros de hierro intercalados formando dibujos. Me gusta tocarlas porque siempre están frías. Apoyo mi mejilla sobre ellas y la mantengo así mucho rato para lugar tocarme la cara convertida en la de una estatua.

El altillo está menos iluminado que el comedor principal. Sólo se usa cuando éste está hasta los topes. La luz proviene de un par de largos neones blancos, situados a ambos lados de la pared. El suelo es una tarima de madera, que resuena con nuestros pasos y los agiganta. Las mesas están distribuidas al azar y en un rincón hay un aparador con cubiertos, vasos, servilletas. Al otro extremo de la empinada escalera de madera está la barandilla. Y frente a ella, casi a la misma altura de los ojos, la televisión. Esa televisión que es el centro de atención durante las emisiones de los partidos, de las series de los sábados, de las películas nocturnas. Que es mi centro neurálgico.

Nosotros, los niños, nos acomodamos frente a la barandilla, con los pies en alto apoyados en la madera, balanceando la silla de forma peligrosa para nuestra integridad, con esa impunidad de los muy jóvenes. No suele estar encendida la luz, aparte de la hora punta del mediodía, porque así economizamos y porque durante la noche no hay muchos clientes, una vez acabadas las clases y cerrados los talleres y oficinas.

Dentro de nuestra atípica vida familiar, casi nunca comemos juntos. Al mediodía lo hacemos en el comedor general, solos, y en verano en el jardín. Cenamos arriba, en el altillo, en la semioscuridad, viendo la televisión en primera fila en nuestro cine particular. A mí me gusta. En realidad soy la cliente más habitual de este lugar porque mis hermanos suelen bajar al poco de cenar y suben al piso a acostarse más pronto. Yo me camuflo, entre las sombras y al abrigo de las faldas de mis abuelas. O me siento sobre las piernas de algún cliente de los habituales, que también tienen acceso al altillo y rezo a los Dioses del Caos para que se olviden de mí. Normalmente lo consigo. Y así me nutro de series y películas en absoluto apropiadas para mi edad, para mi absoluto gozo.

Es mi Palacio de los Sueños, y también ha resultado ser el lugar donde habitan los monstruos.

EN EL BAR - CAPITULO 1


KIRA

El pone entre mis brazos ese bulto suave, y yo lo envuelvo en una manta, acunándolo. Su calor calma mis ansias de protección como nada lo ha hecho antes. ¡Por fin alguien me necesita!. Yo soy su sol y su luna. Su calor, su fuente de alimento, de amor.

Siento fluir una corriente cálida que va de mí a ese montoncito palpitante de carne con ojos dulces y negros. Acaricio sus orejitas peludas, aunque me han repetido hasta la saciedad que no lo haga porque no las podrá mantener derechas después. Su hocico está frío, mojado. Lo toco un instante y la perrita estornuda dos veces. Sonrío y la estrecho más fuerte entre mis brazos. La llevo fajada como una momia, envuelta en esta ridícula manta a cuadros.

Bajo las escaleras con cuidado en vez de lanzarme corriendo y salgo al portal. Entro en el bar, como una madre orgullosa que muestra a su bebé. Veo las caras de los clientes mirándome y me siento orgullosa. Atravieso la barra y el comedor lleno hasta los topes de mesas baratas de formica. Doy un vistazo a la derecha, a la oscuridad de las escaleras del altillo y paso de largo. Enfilo el corredor con su carbonera y su lavabo maloliente hasta llegar a la cocina.

Mi madre ni me mira, como siempre. Está radiante con su delantal bordado atado por la espalda, su cintura de avispa, su pecho provocativo, su corto pelo negro. Fría, muy fría. Mi abuela atareada fregando los platos. Mario, el camarero, canta los pedidos. Me mira con sus ojos tan azules en los que siempre brilla una chispa traviesa. Tiene modales aristocráticos. Pienso que encajaría a la perfección en el Ritz. Mientras tanto, los platos sucios se acumulan como torres inestables en la mesita auxiliar. Es como una cadena de producción y yo lo sé muy bien, muchas veces he estado aquí, formando parte de ella, ante el fregadero, con una montaña de platos por lavar, de ensaladas por preparar, mirando lo boca enorme de ese sumidero dónde, aparte de escurrirse el agua, asoma a veces el hocico de una rata que hay que empujar con un mango de madera.

Sigo mi camino por el oscuro pasillo hacia la luz del patio, mi jardín secreto, echando un vistazo de soslayo al cuchitril de Ramiro. Está comiendo fuera, sentado frente a la mesa de madera instalada en el patio, bajo la fuerte luz del mediodía que se filtra entre las hojas de las enredaderas que él mismo plantó y que forman un techo verde por dónde se filtra la luz y el sol. Cuando me ve, con mi bulto en los brazos, sonríe. Siempre me ve.
Miro a la cosita cálida que llevo en mis brazos y pienso: “Kira, la llamaré Kira”
Y así se lo digo. Y ese es su nombre.

viernes, 2 de julio de 2010

En el bar


PROLOGO

Una voz puede contar una historia y la relatará tal como la vivió. Muchas voces pueden relatar un mismo suceso, un mismo periodo de tiempo pero cada una de ellas nos dará su propia versión.
Contaré mi historia con mi voz, porque es la mía, la única que tengo. Así fue como lo viví.

INTRODUCCION:

EN EL BAR

Hubo un tiempo anterior al bar y también un tiempo posterior. Pero ese periodo, que no llegó a diez años en el tiempo, fue determinante porque llegó con el despertar de la conciencia. Dicen que llega un momento en el que un niño es consciente de sí mismo como individuo, como entidad con vida propia, separada de la de sus padres. Esa edad suele estar fijada alrededor de los siete años (con todo el componente mágico que tiene el número siete). Es la edad en la que se adquiere un cierto conocimiento, dejando a un lado la irresponsabilidad de la primera infancia. La edad del sentido común.

Por esa razón, cuando mis padres arrendaron el bar, acabados de cumplir mis siete años, sentí que empezaba a vivir realmente, como si todo lo anterior estuviera sumergido en una bruma de la que se escapaban contornos más reales, difíciles de olvidar.
Cuando dejamos el Bar, yo estaba en plena adolescencia. Atrás quedaron, entre aquellas viejas paredes, en ese jardín, toda mi infancia y mi despertar como mujer.