miércoles, 7 de julio de 2010

El color rojo - cap 2 - la cita



La cita
La ambulancia acababa de partir dejando atrás el eco ululante y ensordecedor de su sirena. Los vecinos de ambos edificios formaban corros, parloteando nerviosos de lo que la mayoría consideraba un suicidio. Ang se estremecía. Llevaba su viejo short y la ligera blusa blanca y se notaba temblar de pies a cabeza. No sabía a ciencia cierta si sus temblores eran debidos al frescor de la tarde primaveral, o a causa de la fuerte impresión recibida a raíz de lo que acababa de presenciar.  Dudaba, intranquila, si debía dirigirse a los policías que merodeaban aún por allí, para contarles lo que ella sabía. Quizás las autoridades deberían determinar si había sido realmente un accidente, un suicidio, o si alguien… 
Nigromante, era su nick. El apodo, que hasta hacía unos minutos le había parecido ridículo, le resultaba ahora siniestro. Estaba segura que él tenía algo que ver con la muerte de aquel desgraciado muchacho.
Su pensamiento se desvió por unos instantes hacía la imagen de aquel chico al que ni siquiera conocía. Durante un brevísimo lapso de tiempo el horror había grabado las facciones del muchacho, de forma indeleble, en su memoria. Había algo en aquel chico que la resultaba tan familiar, tan próximo…
Lo cierto es que Ang no sabía qué hacer. En primer lugar tenía que subir a su apartamento y cambiarse de ropa. Se sentía expuesta, semidesnuda.  Pero le inquietaba volver a entrar en su casa.
Nunca había sentido desconfianza alguna al navegar por la red. Tampoco le había inquietado mantener relaciones con otros internautas, más bien al contrario: le parecía tener mucho más en común con  cualquiera de ellos que con la mayoría de sus vecinos, o incluso con sus compañeros de trabajo. Había llevado a tal extremo su afición a Internet,  que quienes la conocían decían que estaba enferma, que tenía un problema de adicción, que no era natural que una chica como ella —joven, atractiva, inteligente— se encerrara en su casa y se pasara las horas muertas ante una máquina.  Pero ella se sentía bien así. No pensaba cambiar de hábitos. Tenía amigos, amigos de verdad ahí, con los que reía, bromeaba, jugaba, discutía, sentía…  Siempre había estado segura.
Una voz interior le susurraba: “sí, pero eso fue después de lo que te ocurrió...”. Sacudió la cabeza, desplazando a un lado el peso de su cabellera rojiza, para librarse de aquellos pensamientos.
Notó las miradas de un par de vecinos —percibiéndolas intensamente sobre ella, a pesar de que no los miraba— que la hicieron sentirse incómoda y encogerse un poco. Sin pensarlo entró en el portal y se dirigió al ascensor para subir al último piso, el suyo.
Casi sin voluntad, sus pasos la encaminaron hacia el ordenador, que todavía permanecía encendido. En la ventana gráfica, aún abierta, destacaba un nuevo e inesperado mensaje: “Mañana a las nueve de la mañana, junto a la estatua del Ángel Caído. Sentada en el banco más próximo. No faltes, a menos que quieras tener en tu conciencia la muerte de otro inocente...”.

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