jueves, 8 de julio de 2010

El color rojo - cap 3 - En el Retiro



En el Retiro
La mañana era fría. En el cielo despuntaba un sol tímido, que se abría paso, indeciso, entre las nubes. La joven, sentada en el banco al lado de la estatua, vestía unos estrechos vaqueros negros, camiseta gris, y una chaqueta de punto. Calzaba zapatillas de deporte, también negras. Había pensado en un vestuario práctico por si tenía que salir corriendo.
Su pelo rojizo brillaba, suelto sobre sus hombros. Un observador casual no hubiera reparado en el miedo que se leía en su mirada, le hubiera parecido una estudiante haciendo novillos, o esperando a su enamorado.

Eran más de las 9 -y media casi- y no sabía a ciencia cierta qué hacía allí, ni si debía marcharse. Al fin y al cabo no había acudido nadie a la cita. Después de todo, tal vez los acontecimientos de ayer fueran tan sólo un cúmulo de casualidades, y, en realidad, el desconocido del chat no fuera el desequilibrado que ella imaginaba. Era inteligente, de eso no le cabía la menor duda.

A esa hora de la mañana había bastante personal circulando por el Retiro. Amas de casa, de camino hacia la compra; mamás que acababan de dejar a sus retoños en la escuela o la guardería; gente anónima que salía a dar un paseo o tomar un café, que acudían a su trabajo; alguna pareja deambulando por el parque. Ang los escudriñaba a todos con infinita atención, intentando descubrir una señal que le permitiera reconocerle a él. Estaba segura de que no se mostraría a cara descubierta, de que utilizaría algún disfraz, alguna artimaña. Paseó la mirada de sus ojos verdes por la superficie del parque, por la zona en que se encontraba, mirando incluso detrás de los árboles próximos, pero no vio a nadie que le hiciera suponer que podía ser él, el hombre que la había citado allí.

Su imaginación le había puesto rostro ya, aunque nebuloso aun, cambiante. En cierto modo, se sentía dominada por él, y eso la horrorizaba. Le odiaba por lo que pensaba que había hecho -matar a un hombre, aquí no cabían subterfugios- pero aún más por jugar con ella, por hacerla sentirse culpable de la muerte de aquel chico. Su chantaje emocional la había obligado a citarse con él esta mañana.

Estaba casi convencida de que se trataba de un farol, de que -de alguna forma- el destino, el azar, había hecho coincidir el terrible accidente: el suicidio del joven, de modo que parecía que él estaba detrás de todo aquello, que era quién movía los hilos.

Lo poco que había adivinado de la personalidad de Nigromante (con el que llevaba chateando un par de intensos días) le hacía pensar que era alguien al que le gustaba controlarlo todo. Alguien a quién complacía verse como si fuera dueño absoluto de las vidas de los demás, situándose él en un plano superior, para manipular a la gente a su antojo.
Su principal prioridad, era conseguir que todo se desarrollara del modo que él quería. Exactamente como él quería. Eso denotaba una seguridad ficticia -pensó- que, seguramente, escondía carencias y debilidades. Probablemente, se trataba de un niñato inseguro, tímido, que necesitaba el anonimato que le proporcionaba la red, para ser alguien.
Pero, no podía arriesgarse a pensar así y suponer que estaba en lo cierto. Tenía sobredosis de terapia psicológica. De pronto, la vida humana -cualquier vida, no sólo la suya- le resultaba demasiado valiosa como para arriesgarla en aras a presuponer que tenía razón en sus argumentos.

Un chico, con una gorra verde, paseaba con una bicicleta por su lado. Daba vueltas en círculo en torno al parterre de la estatua del Ángel Caído. Le miró inquisitiva y le pareció que le guiñaba un ojo. Ang se levantó, siguiendo un impulso. De pronto estaba convencida de que era él. Corrió detrás de la bicicleta, para atraparle pero el chico la esquivó limpiamente. Con una pirueta, le tocó el culo con la mano al pasar por su lado y escapó riéndose a carcajadas. Ella le hizo un gesto obsceno y se dio la vuelta para volver al banco. Allí, en medio de la madera desteñida, se hallaba un objeto que antes no estaba: una rosa blanca, con un cordel verde alrededor, del que sobresalía una hoja de papel. Sentándose de nuevo, la leyó, decía así:

“Desnúdate. Quitate la chaqueta y la camiseta. También el sujetador. Quedate quieta así, junto a la estatua, hasta que recibas mi señal. Ahora, Crisania, mira a tu derecha, junto al grupo de árboles más cercano. Me verás con una niña pequeña en mis brazos y un ordenador portátil. La cría es rubia. En caso de que tengas la peregrina idea de no obedecer mis órdenes, su vida habrá terminado casi antes de empezar”.

Crisania, su nick en la red. Ang, como en un sueño, giró lentamente -a cámara lenta- y le vio, allí, tal y como se había descrito: un hombre joven vestido de negro, con gorra y gafas de sol, el pelo muy corto, la niña, de unos dos años, llevaba un vestido azul y reía entre sus brazos. En el suelo, un portátil. Le pareció que sus ojos la taladraban … en ese momento volteaba a la niña en el aire, con tanta violencia que las risas pronto se convirtieron en gritos de miedo.

Con rapidez, Ang tiró de los botones de su chaqueta y la dejó caer al suelo. Su camiseta siguió el mismo camino. Ya estaba junto a la estatua, cuando sus dedos trémulos soltaban las presillas de su sujetador, ante las miradas atónitas de los transeúntes.

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