lunes, 12 de julio de 2010

El color rojo - capítulo 6 - Las apuestas suben




Las apuestas suben
En el sueño, Ang, rompía un jarrón chino. Lo arrojaba estrepitosamente contra la puerta. Despertó sobresaltada porque el ruido que había escuchado era real. Prueba de ello era que continuaba oyéndolo y estaba despierta. Con todos sus sentidos concentrados, aguzó el oído, todo estaba en absoluto silencio, esa calma extraña de altas horas de la madrugada, cuando el mundo parece estar en coma.
Contuvo la respiración, trató de calmar los sobresaltados latidos de su corazón, para poder escuchar, en absoluta inmovilidad, el silencio de su piso. ¡Ahí estaba! !había vuelto a escuchar algo¡ un leve crujido, en el comedor. Como el sonido del pie de alguien que no conoce los secretos de dónde pisa: los lugares dónde la madera está desgastada, el rincón que cruje... alguien que se mueve en territorio comanche.
Ang se levantó, y, abriendo el cajón de la mesilla, cogió un abrecartas. En uno de sus impulsos, sin saber siquiera si sería capaz de utilizarlo como arma defensora contra otro ser humano. La sola idea la horrorizaba, pero no iba a salir al encuentro de quién fuera que estuviese al otro lado de la puerta, sin nada, desprotegida.
Abrió la puerta despacito, milímetro a milímetro, y observó la oscuridad, acostumbrando sus ojos a ella. Cuando fue capaz de distinguir los familiares contornos de sus muebles, avanzó con lentitud, esgrimiendo el abrecartas en forma de puñal. Le dio al interruptor de la luz y esta se esparció por toda la estancia. de pronto todo quedó iluminado. Su piso era de pequeñas dimensiones: una habitación, una sala de estar, un pequeño distribuidor, un conato de vestíbulo, un baño y una cocina. Desde la posición en la que se hallaba (firmemente plantada sobre sus pies desnudos) tenía una visión completa del comedor-sala de estar, el pasillo y el vestíbulo de entrada. Vacíos, absolutamente vacíos. No había ningún lugar dónde nadie pudiera esconderse.
Más allá de la puerta de entrada, estaba el baño y la cocina, perdidos en la penumbra. Los sonidos habían cesado por completo, pero no podía arriesgarse -pensó Ang-. Tenía que atravesar el pasillo y llegar hasta la cocina, registrarla y, después, hacer lo mismo con el cuarto de baño. Tenía que asegurarse de que nadie se escondía -como en sus pesadillas de niña- detrás de la cortina de la ducha.
Se puso a hablar en voz alta, para infundirse valor: “vamos, chica! nunca has sido una cobarde, ya sabes: no conocerás el miedo, el miedo mata la mente... !si hay alguien ahí, será mejor que se vaya preparando porque he llamado a la policia!”. Estas últimas palabras las dijo casi gritando. La luz se expandió por la pequeña cocina, al darle al interruptor, iluminándolo todo, hasta el último rincón. Ang, pensó -y no por primera vez- que las cosas cotidianas son las que infunden mas temor, en cuanto la vida se sale de su marco habitual. La mesa de madera, la superficie fría de los mármoles, las paredes verde manzana, el fregadero, la mancha blanca del refrigerador, parecían gritarle: “!Ve con cuidado¡ !no te fíes de nosotras!”. Nadie. No había absolutamente nadie.
Dio un grito, al notar de pronto una corriente de aire a sus espaldas, se giró con presteza, su pelo la siguió revoloteando y cubriéndole la cara. Lo apartó con la mano. La puerta del baño estaba entreabierta. Soltó un taco, la abrió del todo de una patada, haciéndose a un lado para esquivar una posible agresión, tal y como le habían enseñado en el curso de defensa personal. El baño estaba vacío. La cortina de la ducha corrida. Con rabia la descorrió del todo -el corazón en la mano- para encontrarse con la ventana abierta de par en par y el agua corriendo sola por el desagüe. Se encaramó para mirar por la ventana -pequeña pero no lo suficiente para impedir el paso a una persona de constitución delgada- vio los peldaños metálicos de la escalera de emergencia, a una distancia prudencial. No tenía ni idea de si era posible alcanzarlos dando un buen salto. Arriesgado, sí, pero … ¿imposible?. Hace unos días hubiera contestado afirmativamente, pero ahora ya no estaba tan segura. El proceso de resquebrajamiento de la realidad era palpable. Parecía que se estuviera deslizando hacia una realidad alternativa, un universo inquietante en el que convivían realidad y ficción. Ya no estaba segura de nada. No confiaba en su mente.
Con un vaso de leche caliente en la mano, volvió pensativa a su dormitorio. Las primeras luces del alba se filtraban por las cortinas.
Ese es el quid de la cuestión, baby -se dijo Ang- que ya no confías en tu criterio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario