martes, 13 de julio de 2010

El color rojo - capítulo 9 - la discoteca





La discoteca


En el local nocturno, Ang bebía despacio su bloody mary, mientras observaba el ambiente a su alrededor. Julián ejercía un fuerte atractivo sobre ella esta noche, en la que se estaba soltando muy rápido. El vestía unos pantalones vaqueros grises y una camiseta negra, de marca, que le sentaba como un guante. Su pelo, bastante largo, oscuro, revuelto, aunque no descuidado. Sus ojos claros, destacaban con un brillo especial, y, aunque se había afeitado, tal vez no lo había hecho con el cuidado requerido, porque una insinuación de barba se le notaba si pasabas la mano por sus mejillas. Ang tenía ganas de besarle, y no la disuadía eso, si no todo lo contrario.

Esta noche tenía un humor excelente. Los dos estaban de muy buen humor, reían por cualquier cosa, bailaban como si se fuera a acabar el mundo, y, un par de veces, se habían mirado intensamente a los ojos, con esa profundidad que hacía entender que pronto las distancias entre ambos serían mínimas. Y la noche sólo estaba empezando. Ella sabía que acabaría haciéndoselo con él, pero no tenía la menor prisa. Quería disfrutar de cada momento, alargar la tensión sexual que había entre ellos, tanto como fuera posible. La larga mirada con que la había recorrido al llamar a su puerta, la había llenado de un sentimiento cálido, excitante. Para una mujer era fácil detectar cuando un hombre la deseaba. Ang pensaba que, la mayoría, eran muy transparentes. Y el caso es que ella también le deseaba – sin complicaciones- le decía una voz en su interior, a lo que ella asentía, por supuesto.

!Vamos a sentarnos por ahí, Ang! -gritó Julián a su oído- y, al decirlo, le sujetó la muñeca y tiró hacia él.


!Aun no! !quiero seguir bailando!, respondió ella, mientras se daba la vuelta para introducirse aun más en el jolgorio.
Mucha gente bailaba disfrazada a su alrededor, algunos con máscaras grotescas, con pelucas, o maquillados. Por un instante, vio algo que llamó su atención. Un hombre que llevaba una máscara de gato, pero no una máscara corriente de carnaval, sino algo mucho más refinado: una máscara de color gris plata -con dibujos delicados- del tipo veneciano. Ang pensó que debía costar mucho dinero, parecía una antigüedad.

-!Ang!, Julián trataba de llamar su atención y hacerse oir entre la música ensordecera y el bullicio de las luces y la gente,

- Voy a por un vodka, ¿quieres algo?.

- Si, por favor, tráeme una tónica, quieres?.

- Ejem... ¿una tónica? -su sonrisa sarcástica le gustó, le hubiera abrazado en ese momento, pero no lo hizo.

-!Sí!, sólo eso, por favor, quiero estar serena -le respondió, Ang con una mirada que prometía muchas cosas.


Se quedó mirando como se alejaba y volvió a ver fugazmente al hombre vestido de negro, con la máscara de gato. Le pareció que le hacía un gesto de saludo, pero cuando, intrigada, fue hacia él, desapareció entre la multitud. Alguien a su lado, le hacía gestos amistosos, y porque le apetecía, se giró para bailar con él.


Y bailó bajo las luces azules que daban a todo un tono irreal, dando vueltas, absorta en sí misma, muy consciente de su pelo, como una llama, desplegado por su espalda, bailando alrededor de su rostro. Su piel, tan blanca, tenía un tono nacarado bajo los focos azules -irradiaba luz-. sus hombros desnudos, sensualidad plena ... Ang, se sentía el centro de la fiesta esta noche.

Se dio la vuelta y allí estaba: Julián, comiéndosela con los ojos y sujetando un vaso en cada mano. Al cruzarse sus miradas, todo se desencadenó, Ang no recordaba quién empezó el beso, sólo sabía que el tiempo se había detenido y que los dos se encontraban en una cúpula que los aislaba. De pronto, el griterío había disminuido. Se sintió arrastrada por él hasta tocar la pared más próxima, entre las sombras, las manos de Julián sujetaron las suyas por encima de su cabeza, le mordía los labios. Solo oía sus respiraciones aceleradas, el fuego que surgía de su cuerpo. El la llevó en volandas hasta el rincón, mientras se besaban y sus manos se perdieron bajo su falda. Ella gimió, sin poder evitarlo y escuchó sus gemidos como si fueran los de otra persona, ajena a ella. Su mano en el cinturón de sus vaqueros abrían con facilidad los botones, para liberar esa cosa cálida que ella deseaba sentir. Escuchaba a Julián gruñir bajito, cuando le tocó. A continuación, él le bajó la braguita negra, la dejó deslizarse hasta los tobillos, y ella sólo tuvo que sacar los pies.

Con la espalda apoyada en la pared, sintió como Julián le subía la pierna hasta su cintura, mientras la empujaba con fuerza, penetrándola. Ambos hacía rato que habían dejado de ser conscientes de nada de lo que ocurría fuera del radio de sus cuerpos enlazados. El saber qué podían verlos, que estaban rodeados de gente, los enardecía aun más.

Cuando todo acabó, le flaquearon las piernas y él la sostuvo, su aliento cálido en su cuello. Los besos se reanudaron. Notaron un grupo de gente que pasó muy cerca de ellos y les envolvieron sus gritos y risas. La discoteca entera era un enorme estruendo de luz y color que palpitaba al ritmo ensordecedor de la música.

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