domingo, 4 de julio de 2010

EN EL BAR - CAPITULO 4




EL PEDERASTA

Estoy sentada en mi silla de madera, los pies apoyados en la baranda. Todavía siento en mi interior el vaivén de las olas, como suele ocurrirme cuando hemos pasado el día en la playa. Es como si el espíritu del mar se hubiera metido dentro de mí, me hubiera poseído, y ahora se negara a soltarme. Tengo el rumor del mar en mi interior.
Ese cansancio que da un día de playa (todas esas horas al sol, nadar hasta la extenuación) me tiene medio adormecida, pero no quiero dejar de ver Pérdidos en el espacio, no puedo perderme un sólo episodio. Mi abuela y su hermana están al otro lado de la mesita, apoyadas en la pared, perdidas en su conversación, sin verme. Oigo los pasos de alguien subiendo las escaleras de madera y me giro para ver quién es, y ahí está: uno de los clientes habituales del bar restaurante de mis padres. El abuelo de una de mis amigas. Cena todas las noches allí. Desde muy pequeña, tengo la costumbre de sentarme sobre las rodillas de la mayoría de clientes conocidos del bar. No sé cuándo empezó esa costumbre. Se trata de algo muy mío. No ocurre con mi hermana, a ella nunca la ponen sobre sus rodillas, pero a mi me gusta.
Me agrada ese olor a tabaco, a loción para el afeitado que desprenden. Esa seguridad de estar en brazos masculinos y, al mismo tiempo, esa distancia que mantienen, porque no soporto que me besen, ni achuchen, como suelen hacerlo muchas mujeres con las niñas, que nos tratan como si fuéramos muñecas.

El señor Josep se sienta y yo me coloco con facilidad sobre sus rodillas, como casi cada noche cuando se sienta a ver la televisión en el altillo con nosotros. Su intimidad con la familia lo permite. Para mi, no es especial, quiero decir que es igual él que el señor Pere -al que los niños solemos llamar en privado el Conde Tripa- o Ramiro, o el señor Marius, el de la tienda de comestibles. Es solamente un señor mayor, que pertenece al mundo de los adultos (perfectamente diferenciado del mío) que me trata como a la niña que soy, juega conmigo, me hace cosquillas, con el que a veces bromeo.

Me rodea con uno de sus brazos para que no pierda el equilibrio, porque no paro de moverme, soy una niña muy activa, pero esta noche es distinto. Algo ha cambiado en el ambiente y no sé exactamente qué es. Ha empezado la serie y tengo la atención concentrada en la pantalla: Penélope es mi preferida, de entre los hermanos de la nave espacial con una familia a la deriva, porque le gusta leer, y porque tiene el pelo oscuro. Yo le atribuyo una sensibilidad especial, algo parecida a la mía, olvidándome de que es un personaje.

De repente, noto la mano del señor Josep acariciando mi espalda, pero no me parece nada especial, hasta que sus dedos rozan mi costado y continúan hacia delante. Ahora con un dedo, de forma casi imperceptible, está rozando mi pecho incipiente, esos pequeños brotes que han florecido en mí esta primavera. Mi edad no me permite saber que esto es diferente a tocarme el brazo, o la frente, pero algo me dice que sí lo es. Me muevo encima de él, intento sacudir mis hombros y esa sensación de extrañeza y él se detiene, en forma brusca, en su movimiento, como congelado.

No he apartado ni un momento la mirada de la televisión para mirarle, pero percibo un cambio. Su respiración agitada. El dedo continua ahora, acariciándome, ahí, donde hasta una niña de diez años sabe que no debe tocarme, alternando los botones, ahora uno, ahora el otro.

Y ahora sí, ahora me giro, vuelvo la vista para mirarle, y lo que veo me asusta: su rostro arrebolado, su mirada fija -con obstinación- en la pantalla lejana del televisor, su respiración acelerada, sus dedos que continúan acariciando con insistencia mis pezones. Como si no fuera con él, y hubiera puesto el piloto automático. Un sentimiento de culpa me abruma. Pienso que he debido de hacer algo mal, que algo va muy mal. Miro hacia la izquierda, mi abuela y su hermana siguen hablando y riendo.
De un salto, bajo de sus rodillas, y me siento en una silla, a su lado, llamando al hacerlo la atención de mis abuelas (no me atrevo a irme del altillo) que me riñen por moverme demasiado y por molestar al señor Josep, con la paciencia que tiene conmigo.

Y pasa el rato, con una extrema lentitud, mientras mis ojos llenos de lágrimas miran fijamente la pantalla, sin ver nada.

No es hasta dentro de una media hora larga, que él se va del altillo, despidiéndose educadamente -como siempre- de mis abuelas, arrancándoles una sonrisa con sus halagos.

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