sábado, 3 de julio de 2010

EN EL BAR - CAPITULO 1


KIRA

El pone entre mis brazos ese bulto suave, y yo lo envuelvo en una manta, acunándolo. Su calor calma mis ansias de protección como nada lo ha hecho antes. ¡Por fin alguien me necesita!. Yo soy su sol y su luna. Su calor, su fuente de alimento, de amor.

Siento fluir una corriente cálida que va de mí a ese montoncito palpitante de carne con ojos dulces y negros. Acaricio sus orejitas peludas, aunque me han repetido hasta la saciedad que no lo haga porque no las podrá mantener derechas después. Su hocico está frío, mojado. Lo toco un instante y la perrita estornuda dos veces. Sonrío y la estrecho más fuerte entre mis brazos. La llevo fajada como una momia, envuelta en esta ridícula manta a cuadros.

Bajo las escaleras con cuidado en vez de lanzarme corriendo y salgo al portal. Entro en el bar, como una madre orgullosa que muestra a su bebé. Veo las caras de los clientes mirándome y me siento orgullosa. Atravieso la barra y el comedor lleno hasta los topes de mesas baratas de formica. Doy un vistazo a la derecha, a la oscuridad de las escaleras del altillo y paso de largo. Enfilo el corredor con su carbonera y su lavabo maloliente hasta llegar a la cocina.

Mi madre ni me mira, como siempre. Está radiante con su delantal bordado atado por la espalda, su cintura de avispa, su pecho provocativo, su corto pelo negro. Fría, muy fría. Mi abuela atareada fregando los platos. Mario, el camarero, canta los pedidos. Me mira con sus ojos tan azules en los que siempre brilla una chispa traviesa. Tiene modales aristocráticos. Pienso que encajaría a la perfección en el Ritz. Mientras tanto, los platos sucios se acumulan como torres inestables en la mesita auxiliar. Es como una cadena de producción y yo lo sé muy bien, muchas veces he estado aquí, formando parte de ella, ante el fregadero, con una montaña de platos por lavar, de ensaladas por preparar, mirando lo boca enorme de ese sumidero dónde, aparte de escurrirse el agua, asoma a veces el hocico de una rata que hay que empujar con un mango de madera.

Sigo mi camino por el oscuro pasillo hacia la luz del patio, mi jardín secreto, echando un vistazo de soslayo al cuchitril de Ramiro. Está comiendo fuera, sentado frente a la mesa de madera instalada en el patio, bajo la fuerte luz del mediodía que se filtra entre las hojas de las enredaderas que él mismo plantó y que forman un techo verde por dónde se filtra la luz y el sol. Cuando me ve, con mi bulto en los brazos, sonríe. Siempre me ve.
Miro a la cosita cálida que llevo en mis brazos y pienso: “Kira, la llamaré Kira”
Y así se lo digo. Y ese es su nombre.

1 comentario:

  1. Delicioso, tanto el relato como las jvencísimas protagonistas.
    Un beso.

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