sábado, 3 de julio de 2010

EN EL BAR - CAPITULO 2




EL ALTILLO

Siempre hay un lugar dónde suelen ocurrir las cosas que nos marcan, pero éste no tiene que ser especialmente un lugar mágico. El altillo es corriente, hasta vulgar si nos apuramos. Se ve claramente que lo han construido con prisas, para aprovechar el espacio, para aumentar la dotación de mesas libres para los clientes. Allí han ido a parar las mesas antiguas, los desechos de tiempos pasados que fueron arrinconados por los anteriores propietarios al llegar la modernidad. Por esa razón han sobrevivido las hermosas mesas de mármol blanco veteado con patas negras de hierro forjado. Viejas y gastadas, sí, pero aun señoriales.

Tres o cuatro son redondas, pequeñitas, como para dos comensales, tres como máximo. El resto son alargadas con dos soportes negros de hierro intercalados formando dibujos. Me gusta tocarlas porque siempre están frías. Apoyo mi mejilla sobre ellas y la mantengo así mucho rato para lugar tocarme la cara convertida en la de una estatua.

El altillo está menos iluminado que el comedor principal. Sólo se usa cuando éste está hasta los topes. La luz proviene de un par de largos neones blancos, situados a ambos lados de la pared. El suelo es una tarima de madera, que resuena con nuestros pasos y los agiganta. Las mesas están distribuidas al azar y en un rincón hay un aparador con cubiertos, vasos, servilletas. Al otro extremo de la empinada escalera de madera está la barandilla. Y frente a ella, casi a la misma altura de los ojos, la televisión. Esa televisión que es el centro de atención durante las emisiones de los partidos, de las series de los sábados, de las películas nocturnas. Que es mi centro neurálgico.

Nosotros, los niños, nos acomodamos frente a la barandilla, con los pies en alto apoyados en la madera, balanceando la silla de forma peligrosa para nuestra integridad, con esa impunidad de los muy jóvenes. No suele estar encendida la luz, aparte de la hora punta del mediodía, porque así economizamos y porque durante la noche no hay muchos clientes, una vez acabadas las clases y cerrados los talleres y oficinas.

Dentro de nuestra atípica vida familiar, casi nunca comemos juntos. Al mediodía lo hacemos en el comedor general, solos, y en verano en el jardín. Cenamos arriba, en el altillo, en la semioscuridad, viendo la televisión en primera fila en nuestro cine particular. A mí me gusta. En realidad soy la cliente más habitual de este lugar porque mis hermanos suelen bajar al poco de cenar y suben al piso a acostarse más pronto. Yo me camuflo, entre las sombras y al abrigo de las faldas de mis abuelas. O me siento sobre las piernas de algún cliente de los habituales, que también tienen acceso al altillo y rezo a los Dioses del Caos para que se olviden de mí. Normalmente lo consigo. Y así me nutro de series y películas en absoluto apropiadas para mi edad, para mi absoluto gozo.

Es mi Palacio de los Sueños, y también ha resultado ser el lugar donde habitan los monstruos.

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