domingo, 4 de julio de 2010

EN EL BAR - CAPITULO 3





LAS ROSAS DE TE

Las piernas colgantes me delatan, pero he decidido que soy invisible. Mi mundo, todo lo que forma parte de mi vida, está por debajo de este verdor irreal coronado por las delicadas rosas de te que ha plantado Ramiro. Por lo general tengo un libro en las manos y casi siempre lo leo, aunque en ocasiones me abduce la belleza que me rodea y me quedo en babia soñando despierta. En esas ocasiones dejo de ser yo para ser cualquier otra persona que imagine: una rebelde de pelo largo y oscuro, liso (absolutamente liso y suave) en los brazos de un joven distinto a los demás. Alguien que nunca habla mucho, que no parece simpático, ni es un buen partido. Que tal vez ni siquiera es guapo y a quien yo adoro, aunque nunca se lo digo. ¿Para qué? El sabe que le pertenezco. Nos vamos en su moto, los cabellos al viento, libres y salvajes. Y nunca más me siento torpe y distinta porque él es tan extraño como yo. Tan ajeno a su entorno. Y nadie me dice nunca que no tengo sentimientos, que soy dura como una piedra, porque notan mi calor.

Otras veces soy una partisana yugoslava, poseedora de una cara delicada. Una chica decidida, valiente, muy valiente. La nieve lo cubre todo y yo voy vestida como un hombre, mientras me camuflo en la nieve, mi pelo recogido.

El sonido de las campanas de las monjas es sedante y aquí es difícil imaginar que me encuentro a pocos metros de una de las arterias mas transitadas del Ensanche barcelonés.

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