jueves, 26 de agosto de 2010

La luz que hay en ti - La llum que tens





Perquè la llum neix en tu,
però la nostra foscor està farcida d'estels,
quan la teva mirada i la meva
creen ponts entre el teu silenci
i el foc de les meves paraules.


Porque la luz nace en ti
pero nuestra oscuridad está plagada de estrellas,
cuando tu mirada y la mía,
crean puentes entre tu silencio
y el fuego de mis palabras.


Els meus dits tenen neguit de tu,
a través de la fosca nit
i quan camino a la claror de l'alba.
Els meus ulls només veuen la teva esquena que s'allunya
i la dolçor del teu somriure cansat.
Llavors la meva cançó es disol a la teva pell
com un aigua blava que s'endinsa en una caverna.


Mis dedos tienen hambre de ti,
a través de la oscura noche,
y cuando camino a la luz del alba
Mis ojos sólo ven tu espalda que se aleja
y la dulzura de tu sonrisa cansada
Entonces mi canción se disuelve en tu piel
como agua azul que se hunde en una gruta.


Com un forat de cuc,
obro una porta a través del temps
per forjar una realitat diferent:
un mon de petjades dels dos pels camins
de l'àmbar.
La sal de les meves llàgrimes,
obre corriols en la teva ànima celta
i allà em sents.


Como un agujero de gusano,
abro una puerta a través del tiempo
para forjar una realidad diferente:
un mundo de pisadas de los dos por los caminos del ámbar.


La meva boca et segueix,
i revifa en la teva pell el foc que fa niu entre els dos.
Atrapes els meus mugrons amb els dits,
i les nostres parpelles tancades
esclaten en un riu de flors vermelles
que flueixen de les teves mans,
i no tenen més resguard que el nostre difícil amor.
Filles del teixit dels somnis,
en un altre mon en el que no importa res més que el que sentim.


Mi boca te sigue,
y revive en tu piel el fuego que anida entre los dos.
Atrapas mis pezones con los dedos
y nuestros párpados cerrados estallan en un río de flores rojas,
que fluyen de tus manos
y no tienen más refugio que nuestro difícil amor,

Hijas del tejido de los sueños,
en otro mundo en el que no importa nada más que lo que sentimos.

sábado, 14 de agosto de 2010

El color rojo - capitulo 23 - Julián



Julián estaba en su piso, al mando de los controles de los dispositivos de audio y video que controlaban el piso de Ang.


Pasaban ya dos horas largas de la fijada para la cita con Nigromante, pero no se había puesto en contacto con la chica: no quería estropear nada. Así que se dijo, con una sonrisa, que todo saldría según lo planeado, que Nigromante era muy cauteloso (más que eso, se dijo, era inteligente, astuto) y que tenía que darse un margen para que todo surgiera como tenían previsto.


Dio la voz de alarma un leve sonido en la puerta de entrada. Cuando llegó, ésta ya estaba abriéndose para dejar pasar a un hombre joven, vestido enteramente de negro, que avanzaba resuelto hacia él.


Llevaba una llave inglesa en la mano.


Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue su rostro sonriente muy cerca del suyo, alzando la gruesa llave por encima de su cabeza y golpeándolo con fuerza.

El color rojo - capitulo 22 - La trampa - segunda parte


Angharad se había quedado dormida en la sofá, cansada de esperar la llegada de Nigromante, cuando un ruido inusual la despertó. Se incorporó de un salto, asustada. Estaba aturdida por el sueño y no sabía muy bien cuánto tiempo había transcurrido desde que el cansancio y el miedo la venció en el sofá.

Miró a su alrededor para descubrir el origen del ruido. Muy bajito, entre dientes, susurró para Julián: “¿estás ahí?” pero no obtuvo respuesta. Avanzó un poco por la habitación y enseguida descubrió que el estrépito lo había provocado la ventana de detrás del sofá al romperse. El suelo estaba sembrado de cristales rotos y el objeto culpable había sido una piedra de gran tamaño que yacía en el suelo con un papel atado a un cordel.

En la precipitación para recogerla, se olvidó de que iba descalza. Lanzó un juramento y gritó, cabreada, al clavarse uno de los trozos de vidrio en el pie “Julián!” -esta vez, casi gritó- la sangre la alteraba, siempre le había pasado, desde niña. Seguía sin responder y pensó que se había dormido (aunque le pareciera imposible, joder!).

Rápidamente, se quitó el pequeño y agudo trozo de vidrio que tenía clavado en la planta del pie, se calzó -con un gesto de dolor- y se sentó de nuevo para leer el papel atado a la piedra. No se preguntaba quién podía habérselo enviado, sabía la respuesta.

Con el corazón acelerado, desató la goma elástica que retenía el papel doblado y la leyó de un corrido. Decía asi: “Te quiero dentro de 15 m en el callejón, desnuda, medias negras, un abrigo o chaqueta, zapatos de tacón.. haz una bola con la nota y te la metes en la boca, sin mostrarla a las cámaras. Empiezo a contar...”

El silencio, al otro lado de los micrófonos, le parecía ahora una amenaza, apenas velada.

martes, 10 de agosto de 2010

El color rojo - capítulo 21 - Nigromante





Cruzaba por un semáforo de la Gran Vía, con paso ligero. Una joven le sonrió al cruzarse con él. Era bastante linda, pero de un tipo físico que no llamaba su atención.

Debía reconocer que sus gustos eran específicos, muy concretos. Se consideraba un fetichista. Para él, tan sólo existían las mujeres de pelo rojo, y, más aun: de un tipo determinado: tenían que ser jóvenes, con un aire inocente, de ojos claros, de estatura mediana, tirando a alta, pero sin exagerar. Esbeltas, por supuesto, pero no excesivamente delgadas. Para su gusto debían ser poseedoras de un buen par de tetas y un buen culo. Y para acabar, su boca debía ser carnosa (no de labios delgados y finos, como tenían muchas chicas pelirrojas). El tema de las pecas le daba un poco igual.

Angharad era casi perfecta -se dijo, y no por primera vez-. No solo porque reuniera todas esas características y fuera realmente guapa, sino porque no era muy consciente de ello. No era de esas mujeres que se sabían atractivas y tenían un concepto de sí mismas tan elevado que se volvían engreídas, de forma insoportable. Caprichosas, como si todos los hombres -y el mundo en general- tuviera que rendirlas pleitesía.

Por supuesto, Angharad -su Crisania, prefería llamarla así- sabía que era bonita, pero su seguridad en sí misma no era total, o no parecía darle importancia especial a eso. Era peculiar. Y estaba esa otra cosa que la hacía irrestible para él (mientras durara el juego, y él lo haría durar todo lo posible). Especialmente atractiva para él. Esa cualidad intangible que tenía y que le producía un deseo morboso de dominarla, de controlarla por completo -mente y cuerpo-. De someterla al arbitrio de su voluntad.

Le gustaba mucho humillarla. Usarla sexualmente haciéndola sentir sólo una cosa. Una herramienta para el placer exclusivo de él.

Y lo había hecho (su rostro se iluminó con un gesto lascivo al recordarlo). En el Retiro, cuando la había obligado a desnudarse y mostrar sus preciosas tetas al mundo; en su piso, cuando la chantajeó con su sentido de culpabilidad por la muerte de esa chica en la discoteca, y la hizo masturbarse para él, siguiendo sus minuciosas instrucciones. Gozó muchó obligándola a meterse objetos y a follarse con ellos. La tuvo del modo que quiso.La puso a cuatro patas en el suelo, exhibiéndose completamente desnuda para él; hizo que se abriera de piernas al máximo para enseñarle su sexo adorable, con ese vello rojizo brillante. La tuvo en aquel callejón. La tocó, recorriendo su cuerpo de forma obscena, en pleno día, metiendo sus dedos dentro de ella, logrando que se diera cuenta de quién mandaba.

Y no sólo había gozado de ella de ese modo, sino también con su temor,entrando subrepticiamente en su piso, de noche, jugando con sus temores, doblegando sus escrúpulos. Dejando que se sintiera segura y a salvo durante unas semanas para entrar de nuevo en su vida, de forma aun mas agresiva y dominante.

Le gustaba en extremo doblegar su personalidad, someterla a chantaje emocional, haciéndola responsable de las muertes, responsable de sus crímenes. Adoraba el modo en que Crisania reaccionaba, ese sometimiento a su voluntad, tan curioso, esa extremada -y fácil?- obediencia.

Una parte de él estaba convencida de que ella, en el fondo, disfrutaba de un modo oscuro, perverso, con sus juegos.

Y, como decía el poeta: lo mejor estaba aun por llegar...

El color rojo - capítulo 20 - El doctor García-Plaja entra en escena


El doctor está hablando por teléfono desde su despacho, a una hora poco habitual: las 2 de la tarde.


- Le digo Sr. Marquínez-Bertia que es necesario que nos veamos cuanto antes. !La situación se nos va de las manos!... sí, desde luego, lo comprendo, pero es usted quién parece que no me comprende a mi … toda esa responsabilidad … por supuesto que no se trata de mis honorarios … un daño irreversible, sí, tan grave...!Escuche! !haga el favor de escucharme de una vez por todas, en vez de salirse por las ramas! !El asunto que nos ocupa es extremadamente grave! la situación de su hija... si y no, pero está llegando a un punto … ¿comprende ahora la razón por la que deseo una cita? !es totalmente imposible que deje de interrumpirme y tengo que ponerle en antecedentes de forma inmediata... sí, me va bien, por supuesto, el miércoles, a las 5, en el sitio de costumbre. Gracias. Hasta pronto.


Nada más colgar el teléfono, se levantó y se puso a pasear por la habitación. Su enfermera está comiendo. Abrió un cajón, el último de la mesa auxiliar de su despacho, sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. Hacía más de un año que no fumaba.

domingo, 8 de agosto de 2010

El color rojo - capítulo 19 - Ang se arregla para la cita



Es de noche en el apartamento de Ang y todo está en orden. Ella lleva puestos unos pantalones muy cortos, ceñidos al cuerpo, que apenas dejan nada a la imaginación, y un jersey ajustado, que no le cubre el ombligo y deja los hombros al descubierto.

Cepilla su largo pelo rojizo ante el espejo, de modo que quede alborotado, de una forma sexy. Aplica el lápiz labial con brillo a sus labios carnosos, tan sólo una pequeña sombra brillante que enciende su color natural. Se contempla en forma crítica en el espejo. Está nerviosa y se toca el pendiente, en el que Julián ha ocultado el pequeño micrófono-espía.

Todo el piso está perfectamente cubierto, tanto en forma de audio como de video. El teléfono conectado con la alarma policial, a un solo clik de su mano. El ordenador encendido, en forma inocente. Hace una semana que no se ve con Julián, pero le sabe ahí, a su lado.

Es ya tarde, pasa media hora larga de la hora de la cita y ella está ahora en el sofá, intentando no pensar en nada, dar la impresión de que no está especialmente preocupada o nerviosa, sino que ha asumido que él tiene el control de su vida y ella es tan solo su juguete (¿y no es así? -contesta impertinente su voz interior). No!, no lo es!, no soy ningún juguete, ni quiero serlo!.

Casi lo dice en voz alta … casi, pero no, se ha contenido, ha logrado dominar su impulso.

El color rojo - capítulo 18 - Nigromante en su redil




Las botas sobre la mesa, el humo de un cigarrillo envolviéndolo todo. Nigromante está pensativo, concentrado leyendo el mensaje de Crisania por tercera vez.

Una sonrisa cruza su rostro juvenil, angelical, aunque eso no suaviza para nada su expresión cínica.


Coge una de una serie de fotografías de la muchacha, que tiene extendidas por la caótica habitación y la observa a contraluz, con una mirada calculadora.

Hace una llamada con su móvil.

El color rojo - capitulo 17 - La trampa




Ang está empezando a tener sentimientos por Julián, un tanto contradictorios; por un lado, se siente muy a gusto a su lado, protegida; por el otro, a veces cree que está entrando en una jaula de la que le costará escapar. Están en un bar al que suelen acudir, en Chueca, tomando un aperitivo.

- Tenemos las de ganar para que ese tío se pase media vida encerrado. Tu eres una víctima, por aquello de la violación -dice, bajando la voz.

- Lo que le pase, se lo merece! -remarca- !por todo lo que ha hecho! Pero sobre todo, por lo que te ha hecho a ti.

Ang bebe su cerveza, directamente desde la botella. Levanta la mirada y siente ojos clavados en ella. Un hombre, de mediana edad, sentado en la barra la mira como si quisiera comérsela. Desvía la mirada.

Después, en el piso de Julián, todo es pasión, mezclada con ternura.

- !Juro que te protegeré! -le dice- ¿sabes? Pronto volverá Alex, mi amigo, mi compañero de piso. Voy a tener que hablar con él. Ahora necesito intimidad, eh … -la mira sonriente-

Ang se siente inquieta ante la idea de compromiso que asoma, cada vez en forma mas persispente, aunque, por primera vez en mucho tiempo, se está abriendo a otro ser humano. No puede dejar de ver eso como algo positivo. Se pregunta qué pensaría su psiquiatra de ello. También si puede volver a visitarlo, después del escándalo del otro día en la consulta (no es la primera vez... -rebate su pepito grillo particular-).

El mensaje colocado en Facebook para Nigromante, ha tenido respuesta, es decir, Ang tiene constancia de que se ha leído, que tratándose de un tipo escurridizo como Nigromante, es tanto como decir que ha aceptado el encuentro. La cita es, en primera instancia, en casa de Ang, el próximo viernes, a medianoche. Una hora muy apropiada -piensa, Ang, con un rastro de su antiguo humor (¿qué mas da la hora, pequeña estúpida? -responde en forma inmediata su otro yo- cuando lo que va a ocurrir es el desastre total?).

Con un movimiento de hombros se deshace de los pensamientos agoreros. Como alternativa le ha ofrecido al hacker, encontrarse a la 1 de la madrugada en “Demonium”, ese bar al que suele acudir, en Chueca. Finalmente, de nuevo el piso de Ang, a las 2 en punto de la madrugada. En todas las citas, ha dejado un margen de una hora para que acuda a la cita.

Julián, es un buen estratega y ha blindado el piso con dispositivos espía, a fin de estar en contacto con ella en todo momento. Después de un exhaustivo examen, no descubrieron traza de dispositivos similares instalados allí por Nigromante, por lo que llegaron a la conclusión de que éste la vigila mediante un dispositivo móvil, a corta distancia -tal vez en la calle-.

Así, de este modo, Julián está preparado para verla y oírla, para estar al tanto de todo lo que ocurra y acudir a la menor señal de peligro, a una indicación discreta de Ang, cuando pronuncie la palabra adecuada, que han convenido. Antes de eso, Julián habrá hecho una llamada anónima a la Policía para que acudan inmediatamente.
Han hecho durante la semana toda clase de ensayos para comprobar la eficiencia de los aparatos y la capacidad de respuesta. Todo ha salido a pedir de boca.


- Pero no saldrá como esperamos, Jules, -le dice mirándole con sus ojos inmensos, de un verde algo turbio-.

- No actuará de la forma que esperamos. Nos sorprenderá de nuevo.

- Lo tengo todo previsto, pelirroja, no te preocupes por nada, pero, eso sí: tenemos que cortar toda comunicación entre nosotros, a partir de este momento. Lo siento, niña, no sabes como voy a echarte de menos... no creas que voy a abandonarte, te seguiré mediante la vigilancia que tenemos montada... voy a saberlo todo de ti, me sentirás a tu lado... -parecía muy triste al decir estas palabras, preocupado por ella, y Ang se sintió culpable-.

- Tengo un amigo en la Policía, sabes ... me he asegurado de una pronta respuesta.

-!Sin decirle apenas nada! No me riñas! -acalló así la pronta respuesta de Ang-. De todos modos, lo tengo todo controlado, mira...

-¿Una pistola? !no me lo puedo creer! ¿te has vuelto loco? -Ang, retrocedió con disgusto.

-!No quiero que, de ningún modo, lleves un arma! !las carga el diablo! !sólo nos traerá problemas!.

Julián la abraza y parece que le ha convencido. Se besan otra vez, y la lleva de nuevo a la cama. Todo parece volver a la normalidad, pero, en los ojos de Julián -cuando ella no le mira- se lee una determinación que hace pensar todo lo contrario.

sábado, 7 de agosto de 2010

EN EL BAR - CAPITULO 5




VERBENA DE SAN JUAN
La gente llena el bar por todos sus rincones. Me gusta y me disgusta por partes iguales. Estoy excitada, como me ocurre con todos los días especiales, los que se salen de la desesperante rutina y rompen con el aire cansino de las horas, de los minutos para cada cosa.

Aunque si lo pienso en serio, nunca puede estar una segura de lo que va a ocurrir a continuación. La sorpresa acecha desde la tranquilidad de los días y un acontecimiento puede dar un giro al rumbo de un día programado hasta el último segundo.

A pesar de ello amo la aventura, los días que no son como los demás, como el de Navidad, Reyes, los cumpleaños, las verbenas... y la mejor de todas ellas es ésta: la nit de Sant Joan, muy por encima de la de San Pedro o San Jaime.

Como una rosa roja, florece un halo de peligro en las hogueras que nacen en cada cruce de calles. El fuego, con la fuerza de los elementos, me hace bullir la sangre en las venas, desear con fuerza mil cosas a las que aun no puedo poner nombre, porque lo desconozco, aunque no así lo que siento.

Miro a Chema, que se ha puesto una camisa nueva para ver si así mi hermana le hace caso. Yo sé que a ella no le gusta. Que cree que es poca cosa, un perdedor. A mi me parece atractivo (no sólo porque me regaló a Kira, después de que cuidara al otro cachorro, el que me quitó), me gusta mucho porque es joven, sincero. Porque tiene una personalidad alegre y desbordante. Se hace el chulo a veces, sí, se pavonea de su fuerza, o cosas así, pero tiene unos preciosos ojos castaños y es muy simpático.

Casi cada día me acerco a la mesa del bar en la que come, para charlar con él. Si está en la del rincón, me escondo en los peldaños que llevan al altillo, para que no sea tan evidente que le busco. Me sonríe y habla conmigo, siempre es muy amable y cariñoso, pero realmente no me mira; sólo ve a la hermana pequeña de Cristina, la chica de 17 años que le gusta. A una cría rara, sin ningún atractivo.

Si me viera por dentro tal vez cambiaría de opinión -me digo- pero hace tiempo que he descubierto que eso no es posible. Mi mente insiste: si supiera lo mucho que le quiero, lo mucho que me gusta … soñar es gratis, sí.

Ramiro anda atareado con los preparativos de la verbena en el jardín, bueno, un poco como todos los mayores, pero siempre tiene un momento para gastarme una broma, para sonreírme. Pasa por mi lado y hace como que boxea conmigo, salta a la izquierda y a la derecha, mientras finge que me lanza los puños a la cara para que esquive. Y yo lo hago, claro, no quiero desilusionarle y hacerle ver que he crecido.

Me intriga profundamente que a los 13 años y medio, todos sigan viéndome como una niña. !No lo soy, hace mucho que dejé de serlo! Pero empiezo a acostumbrarme a que mi familia me desconozca por completo. La mayoría de las veces es como si un muro me rodeara y se interpusiera entre nosotros.

Chema ha traído una traca, al estilo de las de Valencia. La idea es colgarla entre dos árboles, frente a la terraza del bar. Yo sé que quiere impresionar a Cristina con ella. Me recuerda bastante el cortejo del pavo real. Si supiera lo que piensa realmente de él, no se esforzaría tanto. Cristina está abducida por mi madre y no posee ni un solo pensamiento propio, pero eso no es novedad, ha ocurrido desde que nació, desde que aprendió a pensar. Y lo mismo ocurre con mi hermano Quimet, aunque quizá en su caso pueda entenderse mejor: es el pequeño y ha estado muy enfermo desde muy niño.

En ocasiones creo que soy una extraterrestre introducida en esta familia como experimento (¿fallido?).

He estado en el jardín observando como colocaban los farolillos, las cocas de sant joan en un rincón, debidamente protegidas de los gatos que pululan -y posiblemente de los niños- las botellas de cava. Algunas parejas ya han pagado su ticket y están allí, sentados o bailando al ritmo de la música. En el rincón, Marius, uno de los camareros, se encarga de ir seleccionando las canciones. Me pregunto qué pasaría si a alguien con sensatez se le ocurriera dejarme a mí hacerlo... seguramente sería memorable. Ante este último pensamiento, sonrío, divertida. Estoy enamorada del rock y tengo alma de rebelde ¿qué culpa tengo si soy una avanzada para mi época?.

Salgo porque no quiero perderme el momento en que Chema encienda la traca. Ya hay alrededor un montón de curiosos mirando.

Ramiro le aconseja que la amarre bien y, más aun, le dice que él no es amante de los petardos porque ha visto muchas barbaridades y gente que ha perdido dedos a lo tonto. Ni que decir tiene que Chema no le hace caso. Ramiro es especial, un hombre como hay pocos, pero tiene algunos talones de Aquiles y el de los petardos es uno. No los soporta. Va justo si nos compran cebolletas y bengalas. Todo lo demás es considerado dangereux (que es una palabra nueva y excitante que he aprendido recientemente y me muero por utilizar).
Así que, mi pobre Chema ha colocado su traca al buen tún-tún, como buenamente ha podido. Y al encenderla, con mi hermana en primera fila de la puerta del bar, en medio de los curiosos, ha ocurrido lo que tenía que ocurrir:

Se ha soltado de uno de los extremos y baila como loca en el aire, amenazando a todo el que pasa por allí y con grave riesgo de quemar alguna cosa. Los petardos explotan, uno a uno, en la cuerda serpenteante ante los gritos de miedo de la gente.

Chema corre para intentar aferrarla de nuevo al poste, y se sitúa justo debajo de la lluvia de chispas, con tan mala suerte que le explota uno de los petardos en plena camisa nueva, chamuscándola y abriéndole un agujero de dimensiones considerables en el pecho.

Lo peor para él son las burlas, y la mirada de desprecio de mi hermana, que se va murmurando: “vaya crío”.

Sus lágrimas me duelen a mi, pero ni se entera.

El color rojo - capítulo 16 - Julian y Ang pasan al contra-ataque





- Tenemos que ir a la Policía, Ang -decía Julián, por enésima vez, mientras estaban acomodados en el sofá del piso de ella, después de haberlo registrado a fondo, en busca de dispositivos de vigilancia ocultos.

La actitud de ella no había variado ni un ápice: se negaba en redondo a plantearse ni siquiera esa posibilidad. Julián comprendió que por allí no había salida, así que decidió cambiar de actitud.

- Está bien... pelirroja... entonces, tomemos la iniciativa -la miró con una sonrisa en los labios.

- ¿A qué te refieres, exactamente? ¿Cómo hacemos eso?

- A que le tendamos una trampa, peque, no somos menos inteligentes. Tenemos nuestros recursos. Tú, por ejemplo, tienes un cociente intelectual de escándalo y una preparación técnica. En cuanto a mi, bueno, no me puedo quejar de mis neuronas... cuando las pongo a trabajar. Ambos somos informáticos y deberíamos poder hacer frente a un hacker, ¿no te parece?. De hecho, para eso nos pagan nuestros jefes.

-!No para enfrentarnos a hackers psicópatas! -protestó Ang, poniéndose en pie. El la hizo sentar de nuevo, esta vez sobre sus piernas y la besó. Se detuvieron largamente en los besos, y el mundo se encapsuló en ellos dos. A los besos siguieron las caricias, Julián la tendió sobre el sofá, arremangó su camisola y acarició todo su cuerpo joven hasta que fue ella la que le empujó hacia sí, rodeándole con sus piernas. Con un movimiento ágil, rodó sobre él y se sentó sobre su cuerpo desnudo, cabalgándole.

Mucho rato después, se hallaban sudorosos y cansados sobre la alfombra, sus cabellos mezclados formaban un bello contraste a la luz del sol que entraba por la ventana del salón.

- Ahora en serio, Ang, tenemos que hablar!. Las risas de ella le interrumpieron.
!Tengo hambre! El sexo siempre me da mucho apetito...

- Ja ja! !Eres insaciable, pelirroja! Comeremos, sí, pero antes -!antes!- Tú y yo vamos a hablar, como sea, aunque tenga que atarte a una silla!.

Entre risas, volvieron al comedor. Ese día soleado todo parecía muy inocente y claro, los crímenes de Nigromante no eran más que una amenaza lejana, para Ang, empezaba a pensar que los había soñado. El acoso al que había sido sometido se difuminaba al calor del abrazo de su nuevo amante. Le miró a los ojos claros, con un sentimiento que comenzaba a nacer. Le resultaba sencillo imaginarse muchas mañanas parecidas (y otras aún mejores, respondió su voz interior).

- Es sencillo: tenemos que tenderle una trampa -dijo Julián.

Estaban ante un desayuno completo, como el que le había servido él a la chica el otro día: café, zumo de naranja, tostadas con aceite y jamón, croissants... Ang comía por los codos y Julián se preguntaba -y no por primera vez- dónde lo metía, al observar su cuerpo esbelto, proporcionado, sin un gramo de grasa.

- Te aseguro que si engordas, te abandonaré -al hablar hacía gestos con el tenedor y sonreía.

Ang le tiró una servilleta y le llamó monstruo insensible, pero al hacerlo, lucía una sonrisa preciosa.

De pronto, el sol desapareció entre nubes y esa fue la señal de que había llegado la hora de hablar en serio y hacer planes. Ang se sentó en el sofá, con las piernas recogidas, mirando pensativa los restos del desayuno y Julián, de pie, iba desgranando su plan.

Al escucharle, ella sintió temor. No es que no viera factible hacer caer a su némesis en una trampa, es que temía lo que podía ocurrir si algo salía mal. Eso solo empeoraría las cosas. Se avergonzaba de su forma de colaborar con Nigromante, le parecía la linea más cobarde, pero … en el fondo de su mente, si exploraba allí dónde nunca miraba si podía evitarlo, había algo que le daba aun mas miedo, si se obligaba a ser absolutamente sincera consigo misma: Temía a Nigromante, le odiaba, en realidad, pero una parte de ella sentía una oscura atracción hacia ese hombre. Era algo que ni siquiera se atrevía a poner en palabras. La avergonzaba. Y, por eso, no habló de ello a Julián, que seguía hablando:

- Hasta ahora, ha sido siempre ese hijo de puta quien ha tomado la iniciativa. Es como en el ajedrez: las blancas abren. Bien, !pues no!, cambiemos eso. Tomemos la iniciativa. Quiero sorprenderle, hacer un movimiento que no espera. Es decir, él no sabe nada de mi -ni tiene porqué saberlo-, pero conoce tus reacciones, hasta ahora, y no espera de ti un ataque. Es el momento ideal. Una buena jugada.

- Pero él tiene ventaja, Jules, lo sabe todo de mi, parece. Y yo no sé nada de él!.

- Cambiemos las tornas... pelirroja. -hablaba con voz suave y persuasiva- Déjale un mensaje en la red, en un lugar en el que supongas que lo leerá. Un sitio donde un tipo como él acceda, en un momento u otro.

- ¿No se trata de un adicto a Internet?. Un lugar común a los internautas: facebook, twiter, messenger, yahoo … o la sala del chat dónde le conociste...

- ¿Y qué le digo?

- Una cita, Ang. En tu propio terreno.

jueves, 5 de agosto de 2010

El color rojo - capitulo 15 - Vuelta a casa


De regreso a casa, el cielo está lleno de nubes de lluvia, como si hubieran volcado en él un cubo de agua sucia. Ang, muy alterada, camina deprisa, sin detenerse a enjugar las lágrimas de frustración que se le escapan, rabiosa aun por la prepotencia del doctor. Su padre era alguien muy parecido, distante, frío, incapaz de transmitir alguna emoción. En un intento de objetividad, se dice a sí misma que un psiquiatra no puede dejarse llevar por las emociones delante de un paciente, pero su parte racional se ahoga ante la sensación de dolor por la incredulidad del médico, por su insinuación de que sufre alucinaciones. Eso le da mucho miedo, sobre todo porque, en un principio, era incapaz de distinguir totalmente lo que era real y no, de eso hace mucho tiempo (en otra vida... repite en un eco su mente inconsciente, esa que le da la réplica...).

Coge un atajo entre dos calles -un callejón que le ahorra casi diez minutos de camino- ensimismada en sus pensamientos sombríos, por eso, el agresor la toma totalmente por sorpresa cuando surge de entre las sombras. No tiene tiempo de reaccionar, cuando una mano masculina le cubre la boca y la arrastra contra la pared. El silencio es absoluto mientras él rompe los botones de su blusa y agarra brutalmente uno de sus pechos. Su mano se cuela por debajo de sus vaqueros, ella grita en su mente (vuelo de mariposas negras revoloteando otra vez ...) lucha silenciosamente con todas sus fuerzas, pero el hombre es fuerte, corpulento, la sigue empujando contra la pared de ladrillos, sin que pueda verle el rostro, sintiendo tan sólo su aliento en su nuca. Su mano la explora, la recorre, un dedo se introduce en su sexo, haciéndole daño.

Y de pronto, cuando está al limite de sus fuerzas y su asco la supera, todo termina. Se encuentra en el suelo, al lado del contenedor, con la ropa medio desgarrada, libre.En estado de shock, se dirige al piso de Julián.

Como va siendo habitual, se halla arrebujada entre los brazos de un Julián conmocionado, pero ahora sus barreras no existen. Ya no llora, sencillamente, está más allá de eso. Se ha sincerado con él, le ha contado todo, desde la violación múltiple que ocurrió cuando corría, como cada noche, por el parque, y como cambió a raíz de ese hecho. Le explica entre balbuceos pero serena,, como su mundo se fraccionó en mil pedazos y nunca volvió a ser la misma. Le habla de su aislamiento social y familiar, de sus difíciles relaciones familiares -un poco de su padre-. De como aprendió a relacionarse a través de Internet, exclusivamente. De su negación -en un principio- a asumir lo que le había ocurrido, sus problemas con los psiquiatras. Intentó que comprendiera que cortó con todo lo que había sido su vida anterior (dejando su trabajo, sus amigos, sus relaciones sociales) para construirse una vida dentro de un escudo de protección, dónde nada pudiera tocarla.

- Lo entiendo -decía Julián, mientras acariciaba su pelo- una experiencia así es casi imposible de superar. No sin ayuda. Y no parece que tu hayas tenido mucho de eso, niña. Esto explica muchas cosas, sabes... cuando te encontré en el Retiro, vi claro que tenías problemas, pero no podía ponerte una pistola en el pecho para que me los contaras... sin embargo, no puedo perdonarte que no me hayas hablado antes de ese hombre, Nigromante... no entiendo por qué no me has pedido ayuda! Ese cabrón ha jugado contigo como si fueras su juguete!.

Su rostro muestra a las claras que está indignado, y, por debajo de ese enfado, Ang lee su preocupación por ella.

- Además, ese tipo es peligroso. Ya ha matado dos veces!, esto escapa a nuestra capacidad, no te parece?. Tenemos que acudir a la policía.

Ang se muerde la lengua porque ha estado a punto de hablarle de sus problemas psiquiátricos y su dificil equilibrio emocional. Decide callarse esa parte.

martes, 3 de agosto de 2010

El color rojo - capítulo 14 - Ang va al médico






(Extracto del informe psiquiátrico del Dr. Enrique García-Plaja Angharad Marquinez-Bertia McLeod. 18/10/2009
EXAMEN MENTAL: Se valora a la paciente en área psiquiátrica forense. Acude sóla a la visita. Se encuentra aparentemente tranquila. Al abordar los hechos por los cuales se investiga, muestra asertividad afectiva, pero no llora ni reconoce necesitar ayuda. Utiliza lenguaje en tono moderado, juicio crítico e inteligencia muy superior a la media. Afectividad con ansiedad marcada. Atención y memorias voluntarias, senso percepción normal. Destaco un desequilibrio emocional. Diagnóstico: Estrés postraumático.
...
De las notas del psiquiatra:

(El desequilibrio inducido por la irrupción del estímulo provoca diversos efectos; en primer lugar, la alteración del equilibrio que conlleva la presencia de la culpa como fenómeno concurrente en el efecto traumático...
Sobre el eje de la culpa de la víctima corre una serie de elementos de análisis que remiten a los efectos subjetivos de la violencia. La culpa no es sólo la culpa del sobreviviente o la culpa por no evitar riesgos evitables. La culpa aparece también como un elemento que se hace presente ante la revelación de aspectos insospechados del mismo individuo. La víctima sometida a la extrema violencia del delincuente se ve obligada a satisfacer su violencia, a anticipar su ansia de dominio. Se ve obligada (como el soldado) a suprimir, aunque sea temporalmente, el régimen moral de su superyó, y a identificarse ―para establecer una contraestrategia desde el polo de la sumisión― con el agresor...)


En la sala de espera del doctor

La sala de espera estaba tenuemente iluminada por lámparas auxiliares, en un intento de dar a la habitación un aire familiar. Era completamente inútil, a juicio de Angharad, no se conseguía otra cosa que enmascarar la verdad de lo que era: el salón de un come-cocos, y no había cosa en el mundo que odiara más, que la gente hurgara en su cerebro.

Sin embargo, necesitaba ayuda, eso estaba claro. Y no tenía a quién recurrir. Al menos al doctor García-Plaja no tenía que ponerle en antecedentes -pensó Ang- era el que le había tratado desde el principio.

Y ahí estaba el nudo gorgiano del asunto: ¿dónde estaba el principio?. Ante la cruda luz de los últimos acontecimientos, no dejaba de preguntarse si había algo en ella implícito desde su nacimiento. Desde antes de nacer, incluso. Si había en ella una predisposición genética para reaccionar de ese modo tan insólito ante una determinada presión.

No podía comprender (¿de veras? -respondió de forma sarcástica su otro yo-) su comportamiento de la madrugada del sábado, por muy atemorizada y culpable que se sintiera -que era así, no había ninguna duda-. Su obediencia le repugnaba. Su sumisión la ponía frenética, porque sabía -con absoluta certeza- que no había acabado aquí,que, sin duda, Nigromante, -ese personaje evidentemente perturbado, sin escrúpulos- había clavado el pie firmemente ante su puerta y no lo iba a sacar de ahí, a menos que ella consiguiera echarlo.

Pero se sentía impotente para hacerlo. Su escudo se había resquebrajado y la falsa seguridad bajo la que se escondía hacía aguas por todos lados, dejando al descubierto su parte más vulnerable. Había pensado muchas veces en pedir ayuda a Julián, incluso a Carlos, su compañero de trabajo, ya que eran personas en las que se podía confiar -lo sabía- pero no podía desnudarse así ante ellos, su amor propio se lo impedía.

Se preguntaba qué le diría el Doctor García-Plaja, y también si se atrevería a contarle todo, sin omitir detalle. Lo dudaba. Nunca había sido absolutamente sincera con ninguno de los médicos que la habían atendido después de la violación. Hizo una mueca de disgusto a la sola mención de la palabra prohibida, pero no podía eludirla constantemente. Según el Doctor García-Plaja, en eso consistía gran parte del problema que la había llevado al callejón sin salida del aislamiento social. A encerrarse en sí misma, a construirse un mundo ficticio – un mundo seguro, se dijo... y una mierda!, contestó su parte crítica-. Ang hubiera querido tener acceso a los informes sobre ella, celosamente guardados, y a veces se preguntaba si no podría aplicar sus extensos conocimientos informáticos para conseguirlos.

La enfermera la sacó de sus pensamientos y la condujo ante el doctor, que la esperaba. Su aire educado, y esa sonrisa agradable -la recordaba muy bien- la hicieron pensar en qué hacía allí en realidad (si no te ayudó antes, no sé qué esperas ahora... murmuró mentalmente). Con un esfuerzo empezó a hablar.

- Conocí a un hombre por Internet... -los ojos del médico la alentaban a seguir-. Poco a poco fuimos conectando. Es muy inteligente, me divertía enfrentarme a él, era como un juego...

- ¿un juego? -la interrumpió-
- Sí, un juego, una especie de reto -Ang se sentía insegura, como siempre que se sentía en observación, como un animalillo de laboratorio-.

Poco a poco, se obligó a contarle al doctor el acoso sexual al que había sido sometida. Aunque no le habló de que creía que se trataba de un psicópata y un asesino, que ya había matado a dos personas, al menos.

- En cierto modo, doctor García-Plaja,-continuó con esfuerzo- me somete a un chantaje emocional para que haga lo que él quiere...

- ¿y con qué armas te chantajea, Ang? -respondió el médico, observándola con sus ojos falsamente amables.

Ang estuvo a punto de estallar y de responderle: “Sencillamente me hace responsable de sus asesinatos, no te jode!”. Se contuvo con dificultad y tartamudeó: “No puedo librarme de él, me dice que pasarán cosas terribles si no le hago caso...”

- ¿has acudido a la policía, Ang?. Esa es la respuesta correcta, sabes... si estás segura de lo que me cuentas... -hizo una pausa estudiada y continuó- ¿podría ser que hubieras imaginado alguna parte, que no todo sea real?.

- !Es real, maldita sea! !Es condenamente real!, ¿Acaso no me cree?.

Ang se levantó descontrolada y se enfrentó al médico, con los brazos en jarras. No quiso atender sus suaves palabras. La alteró mucho más su actitud comedida, sus miradas a través del frío cristal de sus gafas.

- Lo sabía, !lo sabía!, no tenía que haber venido -gritó mientras salía de la estancia dando un portazo y apartando de un empujón a la enfermera, que había acudido al oir el alboroto.

Al salir Angharad, el buen doctor sacó unos papeles del fondo de su escritorio. Miró abstraído por la ventana la calle y el tráfico de los coches durante unos minutos. Al final, descolgó el teléfono para hacer una llamada.

lunes, 2 de agosto de 2010

El color rojo - capítulo 12 - Nigromante




Es de noche en la calle. Un hombre joven, vestido con vaqueros negros y una sudadera gris con dibujos. Gafas oscuras, gruesa cazadora también negra. Los cabellos cortos, muy cortos, cubiertos por un sombrero gris. Fuma y mira pensativo el último balcón del edificio. En la mano tiene un llavero con un pendiente en forma de flor estelar.

Saca el móvil y manipula las teclas. Sonríe para sí mismo.

El color rojo - capítulo 13 - En casa de Ang - madrugada del sábado




El ordenador empieza a dar señales de vida en casa de Ang, a pesar de que lo tiene apagado. Se pone en marcha de forma automática. Ella se despierta de un sueño inquieto y, descalza, caminando con torpeza, mira la pantalla azulada. Las letras surgen como por arte de magia y la dejan clavada como una estatua, en medio de la habitación.

-“Hola, Crisania … ya sabes quien soy … y también sabes que tienes mucho que hacerte perdonar... ¿no?... no voy a repetirlo … y tú sabes lo que ocurre cuando no se cumple con lo que ordeno... alguien inocente muere... ¿no es así?. Has sido una niña mala, Crisania … pero en mi mundo, todo acto de rebeldía conlleva una consecuencia … ya lo has podido comprobar... espero de ti una obediencia absoluta, instantánea... así que, !quítate la ropa! ¡ahora mismo!... no me hagas enfadar... tienes un minuto y ya va corriendo el tiempo... te vigilo ...”


Ang desliza los tirantes de su camisola, dejando al descubierto sus hombros, sus senos, los pezones erectos por el frío... lucha por controlar el llanto, mientras las letras siguen recorriendo su propio camino en la pantalla del ordenador: “!he dicho que te desnudes del todo, perra!”.

Ahora las palabras se han despojado del falso tono de amabilidad … ella lo prefiere, casi.. son como un grito, como una orden de mando.
Y obedece. Las lagrimas corren ahora libremente, mientras baja las bragas por sus piernas, y saca un pie después del otro...“muy bien … ahora tócate para mi...”, sigue escribiendo Nigromante en la pantalla.

Ang se masturba para él delante del ordenador. De pie, con las rodillas un poco dobladas, las piernas separadas, temblando, sabiendo -de algún modo- que está siendo grabada. Hace todo lo que él le ordena. Acata cada una de las órdenes que le da.

Después -mucho rato después- cae dormida en el suelo, hecha un ovillo.

El color rojo - capítulo 11 - La noche después





Los rayos del sol caían directamente sobre la cama, creando una atmósfera cálida y hogareña, a lo que contribuía también la bandeja del desayuno sobre la cama. Julián, a su lado, la instaba a comer más, pero ella sólo podía tragar pequeños sorbos del café -cargado, caliente- que le había servido en su taza preferida.

- No he visto criatura mas malcriada que tú, pelirroja -decía en tono de chanza-. -!Eres peor que mi sobrino de cuatro años!.
- Anda, tómate al menos una tostada con miel -y le acercaba a la boca un enorme trozo de pan tostado, poniendo caras presuntamente divertidas, como se hace con los niños pequeños.

El caso es que, a pesar suyo, le hacía gracia. La conmovía su preocupación por ella. Realmente, la noche de la discoteca él también lo había pasado muy mal. Se había sentido absurdamente culpable de apartarse de ella (aunque no fue así -se dijo Ang- fue ella quién se apartó de él esa noche).

Se estremeció un poco, y se arrebujó más en el cálido edredón que la envolvía. De reojo, miró los titulares del diario que tenía extendido sobre la cama. Quería quedarse sola para leerlo, la carcomía el deseo de hacerlo, pero no se atrevía delante de Julián, a pesar de que confiaba en él. Su reserva era extrema, anormal -suponía- pero era su vida y había escogido ese camino. Era tarde para retroceder.

El caso es que no confiaba en la gente, no se abría fácilmente, era totalmente incapaz de explicar a nadie sus problemas, sus preocupaciones -y tal vez esa sería una forma de curación-; esa vocecita interior siempre le plantaba cara, pero la rechazó con un gesto impaciente.

Ahora Julián le estaba hablando (con aire triste, y estaba adorable con esa expresión en su cara). Le miró.

- !Es que no te cuidas!, Ang... no sé qué es lo que te pasa, pero me llegan las neuronas para darme cuenta de que algo te ocurre … y gordo. No me has contado qué te ocurrió en la discoteca, por qué te desmayaste, realmente. Por qué te alejaste de mi, ni por qué estabas tan asustada. En urgencias, tuviste una crisis nerviosa. Me lo dijeron los médicos y me pidieron el teléfono de un familiar. Ahí me di cuenta de que apenas sé nada de ti … lo que más me duele es que no confías en mi...

El rostro de Ang parecía de cera, abstraído, lejano, con oscuras ojeras violáceas rodeando sus ojos líquidos. Acusó el dolor reflejado en las facciones del joven, pero no hizo el menor gesto de acercamiento, sino que mantuvo su mirada fija en un punto intermedio de la ventana que daba a la calle arbolada.

Por fin habló:

- Te agradezco todo lo que haces por mi, Julián -le miró directamente a los ojos al hablar, pero sin bajar la barrera interpuesta- pero ahora me gustaría estar sola, quiero dormir un poco. Es sábado, tengo dos días para reponerme y el lunes, seguramente, estaré como nueva y podré ir al trabajo.

- Como quieras -respondió-

Ang oyó el portazo con un sobresalto -conato de arrepentimiento-.Con las manos temblorosas, pero la barbilla desafiante, empezó a leer el País: “Muerte por sobredosis en una conocida discoteca de Arganda del Rey. La joven, Ruth Casillas, de 25 años, no tomaba drogas, según comentan sus familiares y amigos. Estas declaraciones contradicen el informe del médico forense, que descubrió una dosis letal de anfetaminas en la sangre de la víctima. La causa de la muerte, según el resultado de la autopsia, es una parada cardíaca. Según parece, la droga le fue suministrada -si es que no la tomó por propia voluntad- junto con el gin-tónic que estaba bebiendo. La consternación es el estado general de amigos y familiares. Incredulidad en su entorno de trabajo, por lo que, las suposiciones han dado paso a toda clase de rumores. El portavoz de la Policía se ha negado a hacer declaraciones y nos ha remitido al resultado de la investigación que ahora se está iniciando para esclarecer la muerte.”

Sin poder reprimir las lágrimas, Ang, se arrebujó en la cama, cubriéndose la cabeza con las sábanas, y rompió en sollozos angustiados. Echaba de menos la compañía de Julián, pero no podía llamarle. No quería depender así de él, ni de nadie.

domingo, 1 de agosto de 2010





CORDOBA










He pasado unos días de vacaciones en Córdoba, ciudad que no conocía, al igual que toda Andalucía. Me ha parecido una ciudad preciosa, inolvidable, una estupenda forma de tomar contacto con Andalucía porque ahora tengo ganas de más, de mucho más. No puedo olvidar su luz, sus calles encaladas, sus ventanas enrejadas, sus macetas de flores. Ese olor de sus noches (huelen a jazmín y azahar, lo juro!), la amabilidad y simpatía de sus gentes, la Mezquita (su exterior y su interior)y todas y cada una de sus puertas, que brillan en la oscuridad, y todo el barrio que la rodea -sus calles, sus bares, sus farolas, sus balcones, ventanas y buhardillas de madera en forma de reja. El Guadalquivir, visto desde el Puente Romano, la acertadísima iluminación, el encanto sorprendente de sus patios, entrevistos al pasear, encerrados en portales y cancelas.

La vida maravillosa de sus noches, su hospitalidad, los increíbles baños de Hamman, cuya visita recomiendo a todo el mundo porque es una experiencia mágica. Construídos siguiendo la pauta exacta de lo que eran, se dividen en varias estancias: una principal, en forma de patio con arcos, en la que está la piscina de agua templada -grande y cómoda, con asientos de piedra- alrededor de la que hay camillas para los masajes con aceites aromáticos -mmmmm, deliciosos-. La luz entra por el techo abovedado, con agujeros en forma de estrellas, se filtra y cae directamente sobre ti, creando la ilusión de que has retrocedido en el tiempo (sé lo que digo, en mi ciudad -Girona- hay unos baños árabes originales y todavía resisten las bovedas y los dibujos en forma de estrella por los que se cuela la luz y sólo ahora puedo imaginarme de verdad como fueron). Luego pasas a otra estancia, iluminada más debilmente... todo el conjunto está ambientado con velitas de todos los tamaños e incienso... allí el techo está también abovedado, pero la luz difusa procede de luces estratégicamente situadas en orificios en forma de estrella, creando la ilusión de luz natural, en un ambiente color ámbar. Allí están las piscinas de agua caliente, muy caliente, que son dos y están separadas por un pasillo. Las piscinas tienen todas ellas fuentes y chorros de agua. Desde allí puedes pasar a las piscinas de agua fría -muy fría- en las que te sumerjes y te sientes como nueva, con la sangre latiendo renovada por todo el cuerpo. La decoración de la sala fría es azulada y tiene también una ducha graduable para pasar del frío al calor y acostumbrar mejor tu cuerpo, o sencillamente por placer. Los vestuarios están decorados en el mismo estilo morisco, con celosías de madera y estilo adecuado, asi como las taquillas.

El precio no es desorbitado por lo que ofrece (1 hora y media, en mi caso con muy poca gente, casi a solas): 26 euros el baño y 33 euros con masaje incluido. Te sirven té en una hermosa y enorme tetera plateada, que no te lo acabas, yo repetí tres veces, sentada en un bloque de piedra, envuelta en mi toalla, pensando que esa gente sabía vivir, y que podría pasarme la vida ahí, sintiéndome mimada, cuidada.

La Mezquita por dentro es muy bella. Te produce una impresión casi de dolor, al entrar. Sentí el deseo punzante de llevarme a casa toda esa belleza, asi que empecé a disparar mi cámara de fotos, creo que me volví loca, je. Todas las columnas son distintas: mármol negro, blanco veteado de negro, rosa, blanco, verdoso, negro y blanco... todas distintas, como las personas. A mi me gustó más la parte árabe que la cristiana, sin embargo esa parte es también hermosa, impresionante, pero adoro el arte mudéjar y esas maravillosas puertas labradas, escritas, brillantes, mates, esos arcos, me dejaron una huella imposible de describir porque es una impresión particular.

Por lo que hace a la gastronomía, me he hecho adicta al salmorejo, parecido al gazpacho y totalmente distinto, con esa sencillez y ese rico sabor fresco, con su huevo duro y su jamón. Destaco también el sabor delicioso de las berengenas con miel, el revuelto y el flamenquín. Y como desayuno, las medias tostadas con miel, con aceite, o con jamón.

Conocí allí a un mochilero moderno: Omar Ruiz Díaz, de nacionalidad canadiense y origen paraguayo, que recorre el mundo desde hace 19 años con su bicicleta con remolque. Ya ha recorrido gran parte de Europa y América. Nos hicimos una foto y luego nos fuimos encontrando por las calles de Córdoba. Ha elegido una forma de vida que le hace feliz y dice que la bicicleta le ha enseñado a vivir con muy poco. Es muy simpático.
Tuve también una anécdota con Paco de Lucía, que se encontraba allí por estas fechas. Le pedí a la gente con la que iba si me podía hacer una foto, junto a una capilla muy hermosa, con farolillos, y no le reconocí. Cuando iban a tirarme la foto, me pidió permiso para fotografiarse conmigo y se lo dí, claro. Luego, un joven vino corriendo a preguntarme si sabía con quién me había hecho una foto, le contesté que no y me dijo que era Paco de Lucía y que él había corrido a pedirle un autógrafo.

He vuelto a casa renovada, con las pilas cargadas y con parte de mi aun allí. Quiero volver, y visitar Sevilla, Granada, Cádiz...llegarme al Cabo de Gata y bañarme alli. Quiero hacer mención también de que a pesar de que todo el mundo me había advertido del intenso calor que haría por estas fechas, he estado muy a gusto y la presencia del agua, en forma de fuentes, del rio, de los baños, ha sido una constante. Quiero ver una Semana Santa allí, seguro que será algo para el recuerdo.

Y ahora que he vuelto, voy a continuar con mi relato EL COLOR ROJO, espero que esteis impacientes por saber como seguirá.

Voy a ilustrar este post con fotos tomadas por mi en Córdoba.

Un saludo cariñoso a todos.

Rose