domingo, 1 de agosto de 2010

CORDOBA










He pasado unos días de vacaciones en Córdoba, ciudad que no conocía, al igual que toda Andalucía. Me ha parecido una ciudad preciosa, inolvidable, una estupenda forma de tomar contacto con Andalucía porque ahora tengo ganas de más, de mucho más. No puedo olvidar su luz, sus calles encaladas, sus ventanas enrejadas, sus macetas de flores. Ese olor de sus noches (huelen a jazmín y azahar, lo juro!), la amabilidad y simpatía de sus gentes, la Mezquita (su exterior y su interior)y todas y cada una de sus puertas, que brillan en la oscuridad, y todo el barrio que la rodea -sus calles, sus bares, sus farolas, sus balcones, ventanas y buhardillas de madera en forma de reja. El Guadalquivir, visto desde el Puente Romano, la acertadísima iluminación, el encanto sorprendente de sus patios, entrevistos al pasear, encerrados en portales y cancelas.

La vida maravillosa de sus noches, su hospitalidad, los increíbles baños de Hamman, cuya visita recomiendo a todo el mundo porque es una experiencia mágica. Construídos siguiendo la pauta exacta de lo que eran, se dividen en varias estancias: una principal, en forma de patio con arcos, en la que está la piscina de agua templada -grande y cómoda, con asientos de piedra- alrededor de la que hay camillas para los masajes con aceites aromáticos -mmmmm, deliciosos-. La luz entra por el techo abovedado, con agujeros en forma de estrellas, se filtra y cae directamente sobre ti, creando la ilusión de que has retrocedido en el tiempo (sé lo que digo, en mi ciudad -Girona- hay unos baños árabes originales y todavía resisten las bovedas y los dibujos en forma de estrella por los que se cuela la luz y sólo ahora puedo imaginarme de verdad como fueron). Luego pasas a otra estancia, iluminada más debilmente... todo el conjunto está ambientado con velitas de todos los tamaños e incienso... allí el techo está también abovedado, pero la luz difusa procede de luces estratégicamente situadas en orificios en forma de estrella, creando la ilusión de luz natural, en un ambiente color ámbar. Allí están las piscinas de agua caliente, muy caliente, que son dos y están separadas por un pasillo. Las piscinas tienen todas ellas fuentes y chorros de agua. Desde allí puedes pasar a las piscinas de agua fría -muy fría- en las que te sumerjes y te sientes como nueva, con la sangre latiendo renovada por todo el cuerpo. La decoración de la sala fría es azulada y tiene también una ducha graduable para pasar del frío al calor y acostumbrar mejor tu cuerpo, o sencillamente por placer. Los vestuarios están decorados en el mismo estilo morisco, con celosías de madera y estilo adecuado, asi como las taquillas.

El precio no es desorbitado por lo que ofrece (1 hora y media, en mi caso con muy poca gente, casi a solas): 26 euros el baño y 33 euros con masaje incluido. Te sirven té en una hermosa y enorme tetera plateada, que no te lo acabas, yo repetí tres veces, sentada en un bloque de piedra, envuelta en mi toalla, pensando que esa gente sabía vivir, y que podría pasarme la vida ahí, sintiéndome mimada, cuidada.

La Mezquita por dentro es muy bella. Te produce una impresión casi de dolor, al entrar. Sentí el deseo punzante de llevarme a casa toda esa belleza, asi que empecé a disparar mi cámara de fotos, creo que me volví loca, je. Todas las columnas son distintas: mármol negro, blanco veteado de negro, rosa, blanco, verdoso, negro y blanco... todas distintas, como las personas. A mi me gustó más la parte árabe que la cristiana, sin embargo esa parte es también hermosa, impresionante, pero adoro el arte mudéjar y esas maravillosas puertas labradas, escritas, brillantes, mates, esos arcos, me dejaron una huella imposible de describir porque es una impresión particular.

Por lo que hace a la gastronomía, me he hecho adicta al salmorejo, parecido al gazpacho y totalmente distinto, con esa sencillez y ese rico sabor fresco, con su huevo duro y su jamón. Destaco también el sabor delicioso de las berengenas con miel, el revuelto y el flamenquín. Y como desayuno, las medias tostadas con miel, con aceite, o con jamón.

Conocí allí a un mochilero moderno: Omar Ruiz Díaz, de nacionalidad canadiense y origen paraguayo, que recorre el mundo desde hace 19 años con su bicicleta con remolque. Ya ha recorrido gran parte de Europa y América. Nos hicimos una foto y luego nos fuimos encontrando por las calles de Córdoba. Ha elegido una forma de vida que le hace feliz y dice que la bicicleta le ha enseñado a vivir con muy poco. Es muy simpático.
Tuve también una anécdota con Paco de Lucía, que se encontraba allí por estas fechas. Le pedí a la gente con la que iba si me podía hacer una foto, junto a una capilla muy hermosa, con farolillos, y no le reconocí. Cuando iban a tirarme la foto, me pidió permiso para fotografiarse conmigo y se lo dí, claro. Luego, un joven vino corriendo a preguntarme si sabía con quién me había hecho una foto, le contesté que no y me dijo que era Paco de Lucía y que él había corrido a pedirle un autógrafo.

He vuelto a casa renovada, con las pilas cargadas y con parte de mi aun allí. Quiero volver, y visitar Sevilla, Granada, Cádiz...llegarme al Cabo de Gata y bañarme alli. Quiero hacer mención también de que a pesar de que todo el mundo me había advertido del intenso calor que haría por estas fechas, he estado muy a gusto y la presencia del agua, en forma de fuentes, del rio, de los baños, ha sido una constante. Quiero ver una Semana Santa allí, seguro que será algo para el recuerdo.

Y ahora que he vuelto, voy a continuar con mi relato EL COLOR ROJO, espero que esteis impacientes por saber como seguirá.

Voy a ilustrar este post con fotos tomadas por mi en Córdoba.

Un saludo cariñoso a todos.

Rose

1 comentario:

  1. Fascinante viaje. Estupendo el relato acompañado de sugerentes fotos.
    Adelante con El Color Rojo.
    Un beso

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