lunes, 2 de agosto de 2010

El color rojo - capítulo 11 - La noche después





Los rayos del sol caían directamente sobre la cama, creando una atmósfera cálida y hogareña, a lo que contribuía también la bandeja del desayuno sobre la cama. Julián, a su lado, la instaba a comer más, pero ella sólo podía tragar pequeños sorbos del café -cargado, caliente- que le había servido en su taza preferida.

- No he visto criatura mas malcriada que tú, pelirroja -decía en tono de chanza-. -!Eres peor que mi sobrino de cuatro años!.
- Anda, tómate al menos una tostada con miel -y le acercaba a la boca un enorme trozo de pan tostado, poniendo caras presuntamente divertidas, como se hace con los niños pequeños.

El caso es que, a pesar suyo, le hacía gracia. La conmovía su preocupación por ella. Realmente, la noche de la discoteca él también lo había pasado muy mal. Se había sentido absurdamente culpable de apartarse de ella (aunque no fue así -se dijo Ang- fue ella quién se apartó de él esa noche).

Se estremeció un poco, y se arrebujó más en el cálido edredón que la envolvía. De reojo, miró los titulares del diario que tenía extendido sobre la cama. Quería quedarse sola para leerlo, la carcomía el deseo de hacerlo, pero no se atrevía delante de Julián, a pesar de que confiaba en él. Su reserva era extrema, anormal -suponía- pero era su vida y había escogido ese camino. Era tarde para retroceder.

El caso es que no confiaba en la gente, no se abría fácilmente, era totalmente incapaz de explicar a nadie sus problemas, sus preocupaciones -y tal vez esa sería una forma de curación-; esa vocecita interior siempre le plantaba cara, pero la rechazó con un gesto impaciente.

Ahora Julián le estaba hablando (con aire triste, y estaba adorable con esa expresión en su cara). Le miró.

- !Es que no te cuidas!, Ang... no sé qué es lo que te pasa, pero me llegan las neuronas para darme cuenta de que algo te ocurre … y gordo. No me has contado qué te ocurrió en la discoteca, por qué te desmayaste, realmente. Por qué te alejaste de mi, ni por qué estabas tan asustada. En urgencias, tuviste una crisis nerviosa. Me lo dijeron los médicos y me pidieron el teléfono de un familiar. Ahí me di cuenta de que apenas sé nada de ti … lo que más me duele es que no confías en mi...

El rostro de Ang parecía de cera, abstraído, lejano, con oscuras ojeras violáceas rodeando sus ojos líquidos. Acusó el dolor reflejado en las facciones del joven, pero no hizo el menor gesto de acercamiento, sino que mantuvo su mirada fija en un punto intermedio de la ventana que daba a la calle arbolada.

Por fin habló:

- Te agradezco todo lo que haces por mi, Julián -le miró directamente a los ojos al hablar, pero sin bajar la barrera interpuesta- pero ahora me gustaría estar sola, quiero dormir un poco. Es sábado, tengo dos días para reponerme y el lunes, seguramente, estaré como nueva y podré ir al trabajo.

- Como quieras -respondió-

Ang oyó el portazo con un sobresalto -conato de arrepentimiento-.Con las manos temblorosas, pero la barbilla desafiante, empezó a leer el País: “Muerte por sobredosis en una conocida discoteca de Arganda del Rey. La joven, Ruth Casillas, de 25 años, no tomaba drogas, según comentan sus familiares y amigos. Estas declaraciones contradicen el informe del médico forense, que descubrió una dosis letal de anfetaminas en la sangre de la víctima. La causa de la muerte, según el resultado de la autopsia, es una parada cardíaca. Según parece, la droga le fue suministrada -si es que no la tomó por propia voluntad- junto con el gin-tónic que estaba bebiendo. La consternación es el estado general de amigos y familiares. Incredulidad en su entorno de trabajo, por lo que, las suposiciones han dado paso a toda clase de rumores. El portavoz de la Policía se ha negado a hacer declaraciones y nos ha remitido al resultado de la investigación que ahora se está iniciando para esclarecer la muerte.”

Sin poder reprimir las lágrimas, Ang, se arrebujó en la cama, cubriéndose la cabeza con las sábanas, y rompió en sollozos angustiados. Echaba de menos la compañía de Julián, pero no podía llamarle. No quería depender así de él, ni de nadie.

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