martes, 3 de agosto de 2010

El color rojo - capítulo 14 - Ang va al médico






(Extracto del informe psiquiátrico del Dr. Enrique García-Plaja Angharad Marquinez-Bertia McLeod. 18/10/2009
EXAMEN MENTAL: Se valora a la paciente en área psiquiátrica forense. Acude sóla a la visita. Se encuentra aparentemente tranquila. Al abordar los hechos por los cuales se investiga, muestra asertividad afectiva, pero no llora ni reconoce necesitar ayuda. Utiliza lenguaje en tono moderado, juicio crítico e inteligencia muy superior a la media. Afectividad con ansiedad marcada. Atención y memorias voluntarias, senso percepción normal. Destaco un desequilibrio emocional. Diagnóstico: Estrés postraumático.
...
De las notas del psiquiatra:

(El desequilibrio inducido por la irrupción del estímulo provoca diversos efectos; en primer lugar, la alteración del equilibrio que conlleva la presencia de la culpa como fenómeno concurrente en el efecto traumático...
Sobre el eje de la culpa de la víctima corre una serie de elementos de análisis que remiten a los efectos subjetivos de la violencia. La culpa no es sólo la culpa del sobreviviente o la culpa por no evitar riesgos evitables. La culpa aparece también como un elemento que se hace presente ante la revelación de aspectos insospechados del mismo individuo. La víctima sometida a la extrema violencia del delincuente se ve obligada a satisfacer su violencia, a anticipar su ansia de dominio. Se ve obligada (como el soldado) a suprimir, aunque sea temporalmente, el régimen moral de su superyó, y a identificarse ―para establecer una contraestrategia desde el polo de la sumisión― con el agresor...)


En la sala de espera del doctor

La sala de espera estaba tenuemente iluminada por lámparas auxiliares, en un intento de dar a la habitación un aire familiar. Era completamente inútil, a juicio de Angharad, no se conseguía otra cosa que enmascarar la verdad de lo que era: el salón de un come-cocos, y no había cosa en el mundo que odiara más, que la gente hurgara en su cerebro.

Sin embargo, necesitaba ayuda, eso estaba claro. Y no tenía a quién recurrir. Al menos al doctor García-Plaja no tenía que ponerle en antecedentes -pensó Ang- era el que le había tratado desde el principio.

Y ahí estaba el nudo gorgiano del asunto: ¿dónde estaba el principio?. Ante la cruda luz de los últimos acontecimientos, no dejaba de preguntarse si había algo en ella implícito desde su nacimiento. Desde antes de nacer, incluso. Si había en ella una predisposición genética para reaccionar de ese modo tan insólito ante una determinada presión.

No podía comprender (¿de veras? -respondió de forma sarcástica su otro yo-) su comportamiento de la madrugada del sábado, por muy atemorizada y culpable que se sintiera -que era así, no había ninguna duda-. Su obediencia le repugnaba. Su sumisión la ponía frenética, porque sabía -con absoluta certeza- que no había acabado aquí,que, sin duda, Nigromante, -ese personaje evidentemente perturbado, sin escrúpulos- había clavado el pie firmemente ante su puerta y no lo iba a sacar de ahí, a menos que ella consiguiera echarlo.

Pero se sentía impotente para hacerlo. Su escudo se había resquebrajado y la falsa seguridad bajo la que se escondía hacía aguas por todos lados, dejando al descubierto su parte más vulnerable. Había pensado muchas veces en pedir ayuda a Julián, incluso a Carlos, su compañero de trabajo, ya que eran personas en las que se podía confiar -lo sabía- pero no podía desnudarse así ante ellos, su amor propio se lo impedía.

Se preguntaba qué le diría el Doctor García-Plaja, y también si se atrevería a contarle todo, sin omitir detalle. Lo dudaba. Nunca había sido absolutamente sincera con ninguno de los médicos que la habían atendido después de la violación. Hizo una mueca de disgusto a la sola mención de la palabra prohibida, pero no podía eludirla constantemente. Según el Doctor García-Plaja, en eso consistía gran parte del problema que la había llevado al callejón sin salida del aislamiento social. A encerrarse en sí misma, a construirse un mundo ficticio – un mundo seguro, se dijo... y una mierda!, contestó su parte crítica-. Ang hubiera querido tener acceso a los informes sobre ella, celosamente guardados, y a veces se preguntaba si no podría aplicar sus extensos conocimientos informáticos para conseguirlos.

La enfermera la sacó de sus pensamientos y la condujo ante el doctor, que la esperaba. Su aire educado, y esa sonrisa agradable -la recordaba muy bien- la hicieron pensar en qué hacía allí en realidad (si no te ayudó antes, no sé qué esperas ahora... murmuró mentalmente). Con un esfuerzo empezó a hablar.

- Conocí a un hombre por Internet... -los ojos del médico la alentaban a seguir-. Poco a poco fuimos conectando. Es muy inteligente, me divertía enfrentarme a él, era como un juego...

- ¿un juego? -la interrumpió-
- Sí, un juego, una especie de reto -Ang se sentía insegura, como siempre que se sentía en observación, como un animalillo de laboratorio-.

Poco a poco, se obligó a contarle al doctor el acoso sexual al que había sido sometida. Aunque no le habló de que creía que se trataba de un psicópata y un asesino, que ya había matado a dos personas, al menos.

- En cierto modo, doctor García-Plaja,-continuó con esfuerzo- me somete a un chantaje emocional para que haga lo que él quiere...

- ¿y con qué armas te chantajea, Ang? -respondió el médico, observándola con sus ojos falsamente amables.

Ang estuvo a punto de estallar y de responderle: “Sencillamente me hace responsable de sus asesinatos, no te jode!”. Se contuvo con dificultad y tartamudeó: “No puedo librarme de él, me dice que pasarán cosas terribles si no le hago caso...”

- ¿has acudido a la policía, Ang?. Esa es la respuesta correcta, sabes... si estás segura de lo que me cuentas... -hizo una pausa estudiada y continuó- ¿podría ser que hubieras imaginado alguna parte, que no todo sea real?.

- !Es real, maldita sea! !Es condenamente real!, ¿Acaso no me cree?.

Ang se levantó descontrolada y se enfrentó al médico, con los brazos en jarras. No quiso atender sus suaves palabras. La alteró mucho más su actitud comedida, sus miradas a través del frío cristal de sus gafas.

- Lo sabía, !lo sabía!, no tenía que haber venido -gritó mientras salía de la estancia dando un portazo y apartando de un empujón a la enfermera, que había acudido al oir el alboroto.

Al salir Angharad, el buen doctor sacó unos papeles del fondo de su escritorio. Miró abstraído por la ventana la calle y el tráfico de los coches durante unos minutos. Al final, descolgó el teléfono para hacer una llamada.

4 comentarios:

  1. Ese médico me resulta sospechoso...
    La historia va tomando cuerpo, y el cuerpo va tomando a la "pelirroja"...
    Yo diría que vas muy bien.
    Un beso.

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  2. Creo que empiezas a abandonar el color y a escribir esta historia en blanco y negro. Mejor así.

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  3. Lo bueno de esta clase de relatos, gato, es que todo el mundo acaba por resultar sospechoso, je. Me alegro de que te guste, me resulta muy estimulante.

    La pelirroja es mucha mujer...

    Un beso, gatito, aunque sea con retraso.

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  4. Escurridizo Sombra, el único color que hay en mi color es el rojo... ya lo sabes. Todo lo demás es puro blanco y negro, aunque estoy a mucha distancia de Chandler o Hammet.

    A ti también te gustan esta clase de historias, ya veo...

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