sábado, 7 de agosto de 2010

El color rojo - capítulo 16 - Julian y Ang pasan al contra-ataque





- Tenemos que ir a la Policía, Ang -decía Julián, por enésima vez, mientras estaban acomodados en el sofá del piso de ella, después de haberlo registrado a fondo, en busca de dispositivos de vigilancia ocultos.

La actitud de ella no había variado ni un ápice: se negaba en redondo a plantearse ni siquiera esa posibilidad. Julián comprendió que por allí no había salida, así que decidió cambiar de actitud.

- Está bien... pelirroja... entonces, tomemos la iniciativa -la miró con una sonrisa en los labios.

- ¿A qué te refieres, exactamente? ¿Cómo hacemos eso?

- A que le tendamos una trampa, peque, no somos menos inteligentes. Tenemos nuestros recursos. Tú, por ejemplo, tienes un cociente intelectual de escándalo y una preparación técnica. En cuanto a mi, bueno, no me puedo quejar de mis neuronas... cuando las pongo a trabajar. Ambos somos informáticos y deberíamos poder hacer frente a un hacker, ¿no te parece?. De hecho, para eso nos pagan nuestros jefes.

-!No para enfrentarnos a hackers psicópatas! -protestó Ang, poniéndose en pie. El la hizo sentar de nuevo, esta vez sobre sus piernas y la besó. Se detuvieron largamente en los besos, y el mundo se encapsuló en ellos dos. A los besos siguieron las caricias, Julián la tendió sobre el sofá, arremangó su camisola y acarició todo su cuerpo joven hasta que fue ella la que le empujó hacia sí, rodeándole con sus piernas. Con un movimiento ágil, rodó sobre él y se sentó sobre su cuerpo desnudo, cabalgándole.

Mucho rato después, se hallaban sudorosos y cansados sobre la alfombra, sus cabellos mezclados formaban un bello contraste a la luz del sol que entraba por la ventana del salón.

- Ahora en serio, Ang, tenemos que hablar!. Las risas de ella le interrumpieron.
!Tengo hambre! El sexo siempre me da mucho apetito...

- Ja ja! !Eres insaciable, pelirroja! Comeremos, sí, pero antes -!antes!- Tú y yo vamos a hablar, como sea, aunque tenga que atarte a una silla!.

Entre risas, volvieron al comedor. Ese día soleado todo parecía muy inocente y claro, los crímenes de Nigromante no eran más que una amenaza lejana, para Ang, empezaba a pensar que los había soñado. El acoso al que había sido sometido se difuminaba al calor del abrazo de su nuevo amante. Le miró a los ojos claros, con un sentimiento que comenzaba a nacer. Le resultaba sencillo imaginarse muchas mañanas parecidas (y otras aún mejores, respondió su voz interior).

- Es sencillo: tenemos que tenderle una trampa -dijo Julián.

Estaban ante un desayuno completo, como el que le había servido él a la chica el otro día: café, zumo de naranja, tostadas con aceite y jamón, croissants... Ang comía por los codos y Julián se preguntaba -y no por primera vez- dónde lo metía, al observar su cuerpo esbelto, proporcionado, sin un gramo de grasa.

- Te aseguro que si engordas, te abandonaré -al hablar hacía gestos con el tenedor y sonreía.

Ang le tiró una servilleta y le llamó monstruo insensible, pero al hacerlo, lucía una sonrisa preciosa.

De pronto, el sol desapareció entre nubes y esa fue la señal de que había llegado la hora de hablar en serio y hacer planes. Ang se sentó en el sofá, con las piernas recogidas, mirando pensativa los restos del desayuno y Julián, de pie, iba desgranando su plan.

Al escucharle, ella sintió temor. No es que no viera factible hacer caer a su némesis en una trampa, es que temía lo que podía ocurrir si algo salía mal. Eso solo empeoraría las cosas. Se avergonzaba de su forma de colaborar con Nigromante, le parecía la linea más cobarde, pero … en el fondo de su mente, si exploraba allí dónde nunca miraba si podía evitarlo, había algo que le daba aun mas miedo, si se obligaba a ser absolutamente sincera consigo misma: Temía a Nigromante, le odiaba, en realidad, pero una parte de ella sentía una oscura atracción hacia ese hombre. Era algo que ni siquiera se atrevía a poner en palabras. La avergonzaba. Y, por eso, no habló de ello a Julián, que seguía hablando:

- Hasta ahora, ha sido siempre ese hijo de puta quien ha tomado la iniciativa. Es como en el ajedrez: las blancas abren. Bien, !pues no!, cambiemos eso. Tomemos la iniciativa. Quiero sorprenderle, hacer un movimiento que no espera. Es decir, él no sabe nada de mi -ni tiene porqué saberlo-, pero conoce tus reacciones, hasta ahora, y no espera de ti un ataque. Es el momento ideal. Una buena jugada.

- Pero él tiene ventaja, Jules, lo sabe todo de mi, parece. Y yo no sé nada de él!.

- Cambiemos las tornas... pelirroja. -hablaba con voz suave y persuasiva- Déjale un mensaje en la red, en un lugar en el que supongas que lo leerá. Un sitio donde un tipo como él acceda, en un momento u otro.

- ¿No se trata de un adicto a Internet?. Un lugar común a los internautas: facebook, twiter, messenger, yahoo … o la sala del chat dónde le conociste...

- ¿Y qué le digo?

- Una cita, Ang. En tu propio terreno.

2 comentarios:

  1. Ese plan puede resultar peligroso. Decididamente el tal Julián no me gusta, tiene nombre de personaje de zarzuela y de alcalde corrupto.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  2. Enigmático seguidor, tienes razón, pero ¿qué sería de un thriller sin momentos peligrosos? ¿y qué sería de mi, sin tus comentarios y los de mi amigo Gato?.

    Conocí a un Julián hace mucho tiempo, y nos pasábamos libros a través de una cesta, en la décima planta, de terraza a terraza ... eso sí que era vivir peligrosamente ...

    Besos con sabor a tequila

    ResponderEliminar