martes, 10 de agosto de 2010

El color rojo - capítulo 21 - Nigromante





Cruzaba por un semáforo de la Gran Vía, con paso ligero. Una joven le sonrió al cruzarse con él. Era bastante linda, pero de un tipo físico que no llamaba su atención.

Debía reconocer que sus gustos eran específicos, muy concretos. Se consideraba un fetichista. Para él, tan sólo existían las mujeres de pelo rojo, y, más aun: de un tipo determinado: tenían que ser jóvenes, con un aire inocente, de ojos claros, de estatura mediana, tirando a alta, pero sin exagerar. Esbeltas, por supuesto, pero no excesivamente delgadas. Para su gusto debían ser poseedoras de un buen par de tetas y un buen culo. Y para acabar, su boca debía ser carnosa (no de labios delgados y finos, como tenían muchas chicas pelirrojas). El tema de las pecas le daba un poco igual.

Angharad era casi perfecta -se dijo, y no por primera vez-. No solo porque reuniera todas esas características y fuera realmente guapa, sino porque no era muy consciente de ello. No era de esas mujeres que se sabían atractivas y tenían un concepto de sí mismas tan elevado que se volvían engreídas, de forma insoportable. Caprichosas, como si todos los hombres -y el mundo en general- tuviera que rendirlas pleitesía.

Por supuesto, Angharad -su Crisania, prefería llamarla así- sabía que era bonita, pero su seguridad en sí misma no era total, o no parecía darle importancia especial a eso. Era peculiar. Y estaba esa otra cosa que la hacía irrestible para él (mientras durara el juego, y él lo haría durar todo lo posible). Especialmente atractiva para él. Esa cualidad intangible que tenía y que le producía un deseo morboso de dominarla, de controlarla por completo -mente y cuerpo-. De someterla al arbitrio de su voluntad.

Le gustaba mucho humillarla. Usarla sexualmente haciéndola sentir sólo una cosa. Una herramienta para el placer exclusivo de él.

Y lo había hecho (su rostro se iluminó con un gesto lascivo al recordarlo). En el Retiro, cuando la había obligado a desnudarse y mostrar sus preciosas tetas al mundo; en su piso, cuando la chantajeó con su sentido de culpabilidad por la muerte de esa chica en la discoteca, y la hizo masturbarse para él, siguiendo sus minuciosas instrucciones. Gozó muchó obligándola a meterse objetos y a follarse con ellos. La tuvo del modo que quiso.La puso a cuatro patas en el suelo, exhibiéndose completamente desnuda para él; hizo que se abriera de piernas al máximo para enseñarle su sexo adorable, con ese vello rojizo brillante. La tuvo en aquel callejón. La tocó, recorriendo su cuerpo de forma obscena, en pleno día, metiendo sus dedos dentro de ella, logrando que se diera cuenta de quién mandaba.

Y no sólo había gozado de ella de ese modo, sino también con su temor,entrando subrepticiamente en su piso, de noche, jugando con sus temores, doblegando sus escrúpulos. Dejando que se sintiera segura y a salvo durante unas semanas para entrar de nuevo en su vida, de forma aun mas agresiva y dominante.

Le gustaba en extremo doblegar su personalidad, someterla a chantaje emocional, haciéndola responsable de las muertes, responsable de sus crímenes. Adoraba el modo en que Crisania reaccionaba, ese sometimiento a su voluntad, tan curioso, esa extremada -y fácil?- obediencia.

Una parte de él estaba convencida de que ella, en el fondo, disfrutaba de un modo oscuro, perverso, con sus juegos.

Y, como decía el poeta: lo mejor estaba aun por llegar...

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