viernes, 3 de septiembre de 2010






Anoche soñé que volvía a Manderley. Me detengo ante los escalones de la entrada, cubiertos de polvo y hojas muertas y contemplo la vieja casa. La luna, como un fantasma mas, ilumina la escena y suaviza los efectos del tiempo y el abandono. A pesar de ello, algunas contraventanas penden de las visagras rotas, como muelas cariadas desprendidas de una encía enferma. Las enredaderas lo invaden todo, libres al fin de las tijeras de podar, reclamando ese mundo vacío como propio. La casa esta muerta. Tan muerta como lo está Rebeca.

Detrás de las ventanas, que me miran como silenciosos ojos de zombies, se mueven las sombras. Allá aletean mis viejas mariposas negras, que acaban por encontrar el camino de salida y me rodean con su frenético aleteo, que cubren mi mundo...

Me llevan volando a una playa desierta, flanqueada por acantilados rocosos. Una simple y eterna franja de arena dorada que lame la tierra vacía. Mis pies desnudos notan la dulce humedad salada y echo a andar sin rumbo. Pero yo sé a dónde voy, por supuesto. Así que no me sorprende demasiado descubrir la monstruosa cabeza de piedra sobresaliendo de la arena, con el brazo aun levantado en un postrer grito (libertad, libertad, libertad)en un mundo destruído por nosotros mismos.

Y caigo de rodillas y grito mientras la arena me engulle como un embudo, y ...

Ahora el olor a la melange llena la cueva. Pienso que si no tengo cuidado caeré en el trance presciente. El sonido del agua subterránea acaricia mis oidos con su líquida musicalidad. Tendida en el suelo de piedra, en los brazos de Paul Atreides, escucho sus palabras con mi salvaje corazón fremen temblando enamorado. Todo lo cubre una fuerte sensación de dejá vu. Le digo: "Hablame de las aguas de tu mundo, Usul"

... y el rostro de una Reverenda Madre flota en el agua, mientras mi subconsciente dormido se sumerje en un nuevo cambio.

Estoy tendida en una cama al lado de mi pareja. Acabo de despertar sobresaltada, aunque no sé porqué. Me incorporo un poco, apoyada en la almohada y escruto aprensivamente la oscuridad dónde algo acecha. Poco a poco mis ojos se adaptan a la negrura y entonces veo a los pies de la cama una mano. Solamente eso: una mano de mujer que se apoya levemente allí, mientras con lentitud -con extrema y aterradora lentitud- una sombra femenina asciende desde los infiernos.

Subo por las escaleras de piedra donde estan grabadas las buenas intenciones, y
asciendo hacia la luz, dejando atrás el grito frenético de Gandalf (!Huid insensatos!) siguiendo las largas zancadas de Aragorn, abriendo por fin las puertas de Moria y buscando la bendita luz de la Tierra Media, en busca de un posible futuro.

Y el rostro de Phil Marlowe me sonríe, mientras enciende su eterno cigarrillo apoyado en el viejo Ford. Me habla al oído, me dice que las cosas hay que verlas a la cruda luz de la verdad, aunque implique eso la muerte de un pobre anciano que no quiere saber que su yerno duerme el sueño eterno bajo esa ciénaga.

Y antes de despertar, Orwell me susurra amablemente que vivimos en 1984... donde el único lugar donde no se nos manipula -el último reducto- es el Mundo de los Sueños.

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