lunes, 27 de septiembre de 2010

Ducha



Tu mirada me condujo,
después del primer beso.
Me quité la poca ropa que llevaba,
tu cuerpo, cómplice del mío,
tu esencia y la mía, hermanas.
Y me mirabas mientras corría la cortina de la ducha,
y yo, de espaldas me giraba.
Las manos contra las baldosas,
las tuyas recorriendo mis ganas,
enjabonando mi cuerpo,
¡pronto prendió nuestra llama!
Y fuimos un solo deseo,
tu fuego y el mío, pólvora en la mañana.

No recuerdo qué palabras dije,
ni si tú me hablaste para nada,
sólo llevo grabados a fuego todos nuestros gestos.
Veo las rosas de mis senos, que nacen entre espuma blanca,
mi pierna cabalgando el aire,
el calor de tus dedos abriendo mis alas,
el murmullo fresco del agua,
empapando mis sensaciones,
envolviéndonos en una campana.
La desconocida que llevo dentro
gritaba como una gata,
Y tú conjugabas en silencio,
el verbo amar, con tus dedos,
con cada uno de tus gestos,
con esa dulzura que tanto me agrada.

Me di la vuelta para chocar con la oscuridad de tus ojos
¡Nunca he visto tanto amor en una mirada!
tanta ternura, en un gesto apasionado,
como cuando sobre mis cabellos el agua derramabas,
sin dejar de mirarme a los ojos,
sonriendo, mientras me bautizabas
de nuevo,
y me hacías nacer como tu hembra.

Enloquecida de deseo,
quería que me usaras,
cómo el yunque usa a la herramienta,
cómo un niño a su juguete,
cómo las velas usan el viento,
ser tu posesión mas preciada.
Dijiste que era tu niña,
tu bella flor descarriada,
tu compañera, tu amiga, tu cómplice,
tu amor:
tu esclava.
Y yo sólo quería soltar a la salvaje,
en tu cama.
Tu miembro, duro, erecto,
me hablaba sin palabras.

Si pudiera rebobinar el tiempo,
pararía el reloj para seguir bajo el agua,
en esa primavera llena de promesas,
avanzadas.

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