domingo, 5 de septiembre de 2010

JARDIN





Mis recuerdos del jardín son casi siempre del verano, la primavera y el otoño y es lógico porque durante el invierno no me dejaban salir apenas. Las puertas se mantenían herméticamente cerradas y solo podía echar una nostálgica ojeada por los cristales empañados.

Viviamos en pleno Ensanche, una de las grandes vías cuadriculadas, ribeteadas de grandes plátanos de serena belleza, cuyas hojas en otoño cubrian como un manto las amplias aceras. Un mar de hojas, hojas que al caer tenían todos los colores desde el verde, aun fresco, aun vivo, ribeteado apenas de dorado, hasta el marrón oscuro, seco, quebradizo

Me gustaba caminar entre las hojas, arrastrándolas con mis pies de niña, como si yo fuera el viento, jugando a volar impulsada por él. Los mayores se quejaban de las hojas acumuladas, hojas que barrían casi a diario unos tipos armados de escobas hechas de ramas secas, yo no podía comprender que no les gustaban. Pero yo vivía en otro mundo, o mejor dicho vivía en dos mundos, saltando a la comba de uno a otro agilmente, sin darme cuenta.

Teníamos un bar, mi familia tenía un bar restaurante pequeñito, modesto,. Ese tipo de sitios donde con un pincel se escribia el menu a diario en los espejos. Un menú económico para el bolsillo de los trabajadores, de los oficinistas, de las peluqueras. Se entraba por una puerta cristalera donde mi padre había dibujado cosas: un bocadillo de jamón, una jarra de cerveza con patas y ojos, derramando espuma blanca, un gatito blanco y negro saboreando una tapa de calamares. Ese gatito existía, se llamaba Gitano y era mi gato, lo rescaté de una cloaca, un día de lluvia y mi padre le inmortalizó allí.

Nada mas entrar, veias una barra larguisima, imitando la madera, flanqueada por , taburetes altos de skay rojo, de esos que giraban y giraban. Yo solía girar locamente en ellos hasta que un adulto me quitaba enfadado. Y en esa gran estancia, habían mesas y sillas de formica color madera, el techo altísimo, antiguo y al final del comedor una vieja escalera de madera quellevaba a un altillo que subía y subia. Allí había un comedor supletorio, para mi muchisimo mas interesante que el de abajo, menos concurrido. Allí las mesas eran de marmol, cuadradas y grandes, y otras mas pequenitas y redondas, con pies metálicos labrados. Me gustaban esas mesas que estaban siempre tan frescas, me gustaba el tacto del marmol y sus dibujos. Una vez vi allí a una pareja, en una verbena de San Juan, haciendo el amor. La escena me quedó grabada.

En el altillo soliamos comer y cenar nosotros, los niños. Nuestros padres nos enviaban alli porque ellos tenían trabajo y no podían comer con nosotros y porque en el altillo había menos clientes y no dabamos tanto la lata. Desde alli se podía ver la televisión, que estaba colocada en lo alto y si la mirabas desde el comedor de abajo te torcías el cuello irremediablemente. Por la noche, en ese altillo no había nadie apenas, solo algun cliente despistado, y yo -televidente adicta- solía apoyarme en la balaustrada de madera, con la silla haciendo equilibrios desafiando la ley de la gravedad. La mayoría de veces, las luces están apagadas, para ahorrar. Me gustaba esa penumbra cálida, cómplice. Me sentía segura. A veces se olvidaban de que estaba allí y yo rezaba para que siguieran olvidándome. De ese modo pude ver muchas películas y series que no hubiera visto.

Después del comedor había un corredor, un retrete y un lavabo para los clientes, los motores de los aparatos de refrigeración, una vieja carbonera sin carbon y una ducha extraña, primitiva. A continuación estaba la cocina, amplia, antigua, acogedora, con su inmensa nevera de madera, con sus cestas para el pan, con las mesitas auxiliares, con la cocina económica antigua, de hierro, inmensa, donde mi madre y mi abuela, cocinaban todo el rato, a un ritmo acelerado. Allí mismo habia dos habitaciones mas, que servían de almacén y luego un largo pasillo tenebroso que conducía a una habitación de plancha y a una puerta cristalera y detrás, oh detrás! detrás estaba la luz. Detrás estaba mi jardín.

Abrías las puertas de cristal y entrabas en otro mundo, en medio de la gran ciudad, un remanso de paz y calma un jardín que mi padre había creado en el abandonado sitio que había sido antes de llegar nosotros. El espacio era grande, no se exactamente cuanto, pero había un pequeño espacio emporlanado y luego un espacio de tierra de unos 100 metros mas o menos, flanqueado por jardineras donde se habían plantado rosales, azucenas, violetas, jazmines, dalias, hortensias. Habia una estructura de hierro que encuadraba ese jardín interior y mi padre había tenido la feliz idea de hacer que las rosas se encaramaran por los palos que sujetaban el techo. Luego plantó enredaderas que formaron un techo verde y quitó el techo de cañas original. La luz tamizada era verde y las rosas flanqueaban los cuatro costados de ese verdor, dándonos intimidad y creando una atmósfera de sueño, de jardín perdido.

Había un arco de madera al final, en el sentido opuesto a la puerta de cristal por donde se tenía acceso. Ese arco lo pintamos de verde oscuro, brillante, y justo a su lado habia un pequeño muro escalado, a cada lado,

Nunca lo vi como un muro sino como una escalera y desde muy pequeña me escondía ahí arriba, subía las "escaleras" y me sentaba al final cuando terminaba en repisa. Por encima de mi jardin, por encima del techo verde coronado de rosas, con los pies colgando en el vacío, con la mirada perdida en el muro de atrás que delimitaba nuestra casa con el jardin vecino, el jardin de las monjas . Oculta.

Los arboles majestuosos y antiguos proyectaban su sombra sobre mi, alguna rama casi me acariciaba, y yo veía el cesped, los bancos, las flores, el espacio, al otro lado el azul del cielo y los balcones de las casas vecinas, los patios y jardincitos colindantes. Ninguno tan grande, ninguno tan sereno, como el mio.

De niña, siempre buscaba la soledad, esa soledad casi imposible de conseguir, que a mi me parecía un lujo. En una familia de tres hermanos, padre, madre, tio, abuela y tia abuela, era practicamente imposible lograr un rato de soledad, y yo la necesitaba. Quería poder estar sola con mis pensamientos, necesitaba libertad para mis ensoñaciones, para mis fantasías, no parecía que eso les pasara a mis hermanos y solían pegarse a mi como una lapa, por esa razón yo tenía escondites, lugares a donde me iba y donde me buscaban inutilmente. El último escalón del muro del jardín era mi escondite favorito. Solía coger un libro y perderme allí arriba, con esa ingenuidad que solo tienen los niños, yo creía ser invisible, aunque si alguien miraba con atención se veían mis piernas colgando en el vacío. Se que mi padre sabía que estaba ahi, pero el no importaba porque me respetaba, porque me comprendía.

Las rosas eran rosas de te, de ese color entre amarillo y anaranjado, rosado, de una belleza delicada, poco corriente. Yo las miraba y las olía y el viento me hablaba, me susurraba a través de las hojas en movimiento, de las ramas que se acercaban a mi desde el jardin del as monjas. Allí descubrí que el viento podía hablar, que los árboles susurraban cosas, que hay canciones que no suenan en ninguna parte y un mundo por descubrir.

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