sábado, 4 de septiembre de 2010

MAR


AYER

- Tienes que mantener los pies muy juntos y las rodillas flexionadas, mantén el cuerpo un poco hacia delante y las manos unidas y hacia abajo.

Mi padre me mira con la luz del día reflejada en sus ojos, dándome las últimas instrucciones, y me pregunta:

- Estás lista?

- Lista -digo yo, alegremente- ocultando mi preocupación por esas sombras azuladas que se mueven bajo el agua y yo sé que son rocas sumergidas. Me pongo en posición y concentro toda mi atención en el agua teñida de oro, que ondula y se mueve como un organismo vivo.

Noto la presencia de mi padre detrás de mi. Y no quiero fallarle: !daré ese salto!.

- !Ya! !Salta! - grita-

Y al escuchar su señal, mi cuerpo toma impulso, mis pies se elevan al unísono del suelo y mis brazos -la cabeza baja entre ellos- se tienden hacia el azul que se extiende a mis pies. En el último momento vacilo un poco, el miedo desvía ligeramente mi salto, solo lo justo para frenar levemente mi impulso inicial y eso hace que caiga demasiado cerca. Y todo ocurre muy deprisa, tanto que casi no tengo tiempo de tener miedo, de ser consciente de cada paso (sólo mucho después, sólo luego en la soledad de mi cuarto).

El aire silbando, mi cuerpo cayendo, mi desesperado intento de esquivar la roca que se acerca, el choque de mi pierna con una de sus afiladas esquinas. Y el dolor ... el dolor.

Luego el choque contra el agua y la frialdad que me envuelve (mis manos aun en posición, mis pies pataleando disciplinados huyendo de las rocas, de los monstruos agazapados bajo ellas). Mi sangre tiñe el agua, se abren en el azul flores rojas, que miro con ojos vacíos.

Y el agua explota a mi lado y mi padre me abraza, me rescata del hielo azul, me mira a los ojos y yo me agarro a su mirada. Estoy temblando y no me atrevo a mirar más allá de su mirada.

Su voz controlada me dice: ¿no vas a llorar, verdad? ... yo no quiero defraudarle.
Salgo del agua entre sus brazos, como una muñeca rota y percibo las miradas de la gente, pero yo solo sé que no voy a llorar.

Cuando llegamos a la Casa de Socorro, me atrevo a echar una ojeada a mi pierna. Veo la esquirla de roca incrustada en mi carne, un poco mas abajo de la rodilla, hacia la derecha. Está allí enganchada, en mi piel y la sangre no para de manar.
(es grande -grita mi vocecita interior- más que una chapa de cocacola). Mi padre me deposita en una silla y corre hacia dentro, mientras yo espero.

No siento pánico porque me he ido a mi jardín secreto. Estoy en mi torre y allí nada puede dañarme.

El médico que me atiende habla con mi padre en voz baja, no quieren que yo escuche lo que dicen, sin embargo les oigo. Siempre me sorprende que la gente mayor piense que los niños somos tontos, sordos o ciegos. Es joven y parece enfadado, pero cuando se acerca a mi su voz es suave y sus ojos tiernos. Con una delicadeza increible me habla y me dice que tiene que sacarme el trozo de roca incrustada. Me pregunta si le entiendo. Yo solo tengo cinco años pero claro que le entiendo: quiere decir que me dolerá y que no puede evitarme ese dolor. Le contesto que sí.

Mi padre se acerca y coje mi mano. Intercepto una mirada furiosa del médico hacia él. Yo miro a mi padre. El médico tira de la roca con suavidad y firmeza y el dolor me atraviesa como una luz blanca, pero no grito ni lloro porque estoy en mi jardín secreto, y allí nada puede alcanzarme.

Ahora las manos hábiles del médico taponan la sangre que sale a borbotones (la miro fascinada) desinfectan, observan, vendan. Bajo la vista y veo en mi pierna un agujero enorme de contornos ovalados, desgarrados, donde no hay carne, me ha sido arrancada. Pienso que tal vez quedará siempre asi. Me pregunto si la carne crece.
No lloro y eso sorprende a todo el mundo. Me dicen que soy muy valiente (soy muy valiente?).

Salimos al cabo de mucho rato, mi pierna envuelta en vendajes. El médico dice que debo curarme la herida cada día en un hospital.Nunca he estado en uno y siento curiosidad y miedo, por partes iguales. Mi padre está orgulloso de mi comportamiento y me sonrie. Vamos a casa.

Luego, cuando las sombras invaden mi cuarto, revivo como a cámara lenta mi salto. Sé que un día volveré intentar el salto.



HOY


Esa cicatriz nunca desapareció, pero mi carne creció, si. Ahora es una mancha de carne un poco mas pálida, de superficie lisa, muy fina. Estremece un poco pensar su tamaño en una pierna de cinco años.

Las cicatrices del alma son asi?

2 comentarios:

  1. Tienes un talento especial para mirar dentro de ti misma; otro para recuperar los recuerdos; y un tercero para contarlo.

    Un beso.

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  2. Gato, ya te echaba de menos. Mi verano me ha hecho revivir muchas cosas, todas ellas con el fondo y el rumor del agua en todas sus formas.

    Gracias por pasarte por aquí!.

    Besos sinceros.

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