martes, 8 de noviembre de 2011

EL COLOR ROJO COMPLETO 1

Vuelta a casa

De regreso a casa, el cielo está lleno de nubes de lluvia, como si hubieran volcado en él un cubo de agua sucia. Ang, muy alterada, camina deprisa, sin detenerse a enjugar las lágrimas de frustración que se le escapan, rabiosa aun por la prepotencia del doctor. Su padre era alguien muy parecido, distante, frío, incapaz de transmitir alguna emoción. En un intento de objetividad, se dice a sí misma que un psiquiatra no puede dejarse llevar por las emociones delante de un paciente, pero su parte racional se ahoga ante la sensación de dolor por la incredulidad del médico, por su insinuación de que sufre alucinaciones. Eso le da mucho miedo, sobre todo porque, en un principio, era incapaz de distinguir totalmente lo que era real y no, de eso hace mucho tiempo (en otra vida... repite en un eco su mente inconsciente, esa que le da la réplica...).
Coge un atajo entre dos calles -un callejón que le ahorra casi diez minutos de camino- ensimismada en sus pensamientos sombríos, por eso, el agresor la toma totalmente por sorpresa cuando surge de entre las sombras. No tiene tiempo de reaccionar, cuando una mano masculina le cubre la boca y la arrastra contra la pared.
El silencio es absoluto mientras él rompe los botones de su blusa y agarra brutalmente uno de sus pechos. Su mano se cuela por debajo de sus vaqueros, ella grita en su mente (vuelo de mariposas negras revoloteando otra vez ...) lucha silenciosamente con todas sus fuerzas, pero el hombre es fuerte, corpulento, la sigue empujando contra la pared de ladrillos, sin que pueda verle el rostro, sintiendo tan sólo su aliento en su nuca. Su mano la explora, la recorre, un dedo se introduce en su sexo, haciéndole daño.
Y de pronto, cuando está al límite de sus fuerzas y su asco la supera, todo termina. Se encuentra en el suelo, al lado del contenedor, con la ropa medio desgarrada, libre.
En estado de shock, se dirige al piso de Julián.



Ang se sincera

Como va siendo habitual, se halla arrebujada entre los brazos de un Julián conmocionado, pero ahora sus barreras no existen. Ya no llora, sencillamente, está más allá de eso. Se ha sincerado con él, le ha contado todo, desde la violación múltiple que ocurrió cuando corría, como cada noche, por el parque, y como cambió a raíz de ese hecho. Le explica entre balbuceos pero serena,, como su mundo se fraccionó en mil pedazos y nunca volvió a ser la misma. Le habla de su aislamiento social y familiar, de sus difíciles relaciones familiares -un poco de su padre-. De como aprendió a relacionarse a través de Internet, exclusivamente. De su negación -en un principio- a asumir lo que le había ocurrido, sus problemas con los psiquiatras. Intentó que comprendiera que cortó con todo lo que había sido su vida anterior (dejando su trabajo, sus amigos, sus relaciones sociales) para construirse una vida dentro de un escudo de protección, dónde nada pudiera tocarla.
- Lo entiendo -decía Julián, mientras acariciaba su pelo- una experiencia así es casi imposible de superar. No sin ayuda. Y no parece que tu hayas tenido mucho de eso, niña. Esto explica muchas cosas, sabes... cuando te encontré en el Retiro, vi claro que tenías problemas, pero no podía ponerte una pistola en el pecho para que me los contaras... sin embargo, no puedo perdonarte que no me hayas hablado antes de ese hombre, Nigromante... no entiendo por qué no me has pedido ayuda! Ese cabrón ha jugado contigo como si fueras su juguete!. Su rostro muestra a las claras que está indignado, y, por debajo de ese enfado, Ang lee su preocupación por ella.
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- Además, ese tipo es peligroso. Ya ha matado dos veces!, esto escapa a nuestra capacidad, no te parece?. Tenemos que acudir a la policía.
Ang se muerde la lengua porque ha estado a punto de hablarle de sus problemas psiquiátricos y su dificil equilibrio emocional. Decide callarse esa parte.




Julián y Ang pasan al contraataque

- Tenemos que ir a la Policía, Ang -decía Julián, por enésima vez, mientras estaban acomodados en el sofá del piso de ella, después de haberlo registrado a fondo, en busca de dispositivos de vigilancia ocultos.
La actitud de ella no había variado ni un ápice: se negaba en redondo a plantearse ni siquiera esa posibil dad. Julián comprendió que por allí no había salida, así que decidió cambiar de actitud.
- Está bien... pelirroja... entonces, tomemos la iniciativa -la miró con una sonrisa en los labios.
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- ¿A qué te refieres, exactamente? ¿Cómo hacemos eso?
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- A que le tendamos una trampa, peque, no somos menos inteligentes. Tenemos nuestros recursos. Tú, por ejemplo, tienes un cociente intelectual de escándalo y una preparación técnica. En cuanto a mí, bueno, no me puedo quejar de mis neuronas... cuando las pongo a trabajar. Ambos somos informáticos y deberíamos poder hacer frente a un hacker, ¿no te parece?. De hecho, para eso nos pagan nuestros jefes.
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- !No para enfrentarnos a hackers psicópatas! -protestó Ang, poniéndose en pie. El la hizo sentar de nuevo, esta vez sobre sus piernas y la besó. Se detuvieron largamente en los besos, y el mundo se encapsuló en ellos dos. A los besos siguieron las caricias, Julián la tendió sobre el sofá, arremangó su camisola y acarició todo su cuerpo joven hasta que fue ella la que le empujó hacia sí, rodeándole con sus piernas. Con un movimiento ágil, rodó sobre él y se sentó sobre su cuerpo desnudo, cabalgándole.
Mucho rato después, se hallaban sudorosos y cansados sobre la alfombra, sus cabellos mezclados formaban un bello contraste a la luz del sol que entraba por la ventana del salón.

- Ahora en serio, Ang, tenemos que hablar!. Las risas de ella le interrumpieron.
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- !Tengo hambre! El sexo siempre me da mucho apetito...
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- Ja ja! !Eres insaciable, pelirroja! Comeremos, sí, pero antes -!antes!- Tú y yo vamos a hablar, como sea, aunque tenga que atarte a una silla!.
Entre risas, volvieron al comedor. Ese día soleado todo parecía muy inocente y claro, los crímenes de Nigromante no eran más que una amenaza lejana, para Ang, empezaba a pensar que los había soñado. El acoso al que había sido sometido se difuminaba al calor del abrazo de su nuevo amante. Le miró a los ojos claros, con un sentimiento que comenzaba a nacer. Le resultaba sencillo imaginarse muchas mañanas parecidas (y otras aún mejores, respondió su voz interior).
- Es sencillo: tenemos que tenderle una trampa -dijo Julián.
Estaban ante un desayuno completo, como el que le había servido él a la chica el otro día: café, zumo de naranja, tostadas con aceite y jamón, croissants... Ang comía por los codos y Julián se preguntaba -y no por primera vez- dónde lo metía, al observar su cuerpo esbelto, proporcionado, sin un gramo de grasa.
- Te aseguro que si engordas, te abandonaré -al hablar hacía gestos con el tenedor y sonreía.
Ang le tiró una servilleta y le llamó monstruo insensible, con una sonrisa preciosa.
De pronto, el sol desapareció entre nubes y esa fue la señal de que había llegado la hora de hablar en serio y hacer planes. Ang se sentó en el sofá, con las piernas recogidas, mirando pensativa los restos del desayuno y Julián, de pie, iba desgranando su plan. Al escucharle, ella sintió temor. No es que no viera factible hacer caer a su némesis en una trampa, es que temía lo que podía ocurrir si algo salía mal. Eso solo empeoraría las cosas. Se avergonzaba de su forma de colaborar con Nigromante, le parecía la linea más cobarde, pero … en el fondo de su mente, si exploraba allí dónde nunca miraba si podía evitarlo, había algo que le daba aun mas miedo, si se obligaba a ser absolutamente sincera consigo misma: Temía a Nigromante, le odiaba, en realidad, pero una parte de ella sentía una oscura atracción hacia ese hombre. Era algo que ni siquiera se atrevía a poner en palabras. La avergonzaba. Y, por eso, no habló de ello a Julián, que seguía hablando:
- Hasta ahora, ha sido siempre ese hijo de puta quien ha tomado la iniciativa. Es como en el ajedrez: las blancas abren. Bién, !pues no!, cambiemos eso. Tomemos la iniciativa. Quiero sorprenderle, hacer un movimiento que no espera. Es decir, él no sabe nada de mi -ni tiene porqué saberlo-, pero conoce tus reacciones, hasta ahora, y no espera de ti un ataque. Es el momento ideal. Una buena jugada.
-
- Pero él tiene ventaja, Jules, lo sabe todo de mi, parece. Y yo no sé nada de él!.
- Cambiemos las tornas... pelirroja. Déjale un mensaje en la red, en un lugar en el que supongas que lo leerá. Un sitio donde un tipo como él acceda, en un momento u otro. ¿No se trata de un adicto a Internet?. Un lugar común a los internautas: facebook, twiter, messenger, yahoo … o la sala del chat dónde le conociste...
-
- ¿Y qué le digo?
-
- Una cita, Ang. En tu propio terreno.




















La trampa

Ang está empezando a tener sentimientos por Julián, un tanto contradictorios; por un lado, se siente muy a gusto a su lado, protegida; por el otro, a veces cree que está entrando en una jaula de la que le costará escapar. Están en un bar al que suelen acudir, en Chueca, tomando un aperitivo.
- Tenemos las de ganar para que ese tío se pase media vida encerrado. Tú eres una víctima, por aquello de la violación -dice, bajando la voz. Lo que le pase, se lo merece! -remarca- !por todo lo que ha hecho! Pero sobre todo, por lo que te ha hecho a ti. Parece enfadado.
Ang bebe su cerveza, directamente desde la botella. Levanta la mirada y siente una mirada clavada en ella: un hombre, sentado en la barra la mira como si quisiera comérsela. Desvía la vista.
Después, en el piso de Julián, todo es pasión, mezclada con ternura.
- Juro que te protegeré! -le dice- ¿sabes? Pronto volverá Alex, mi amigo, mi compañero de piso. Voy a tener que hablar con él. Ahora necesito intimidad, eh … -la mira sonriente-. Ang se siente inquieta ante la idea de compromiso que asoma, aunque, por primera vez en mucho tiempo, se está abriendo a otro ser humano.
El mensaje colocado en Facebook para Nigromante, ha tenido respuesta, es decir, Ang tiene constancia de que se ha leído, que tratándose de un tipo escurridizo como Nigromante, es tanto como decir que ha aceptado el encuentro. La cita es, en primera instancia, en casa de Ang, el próximo viernes, a medianoche. Una hora muy apropiada -piensa, Ang, con un rastro de su antiguo humor (¿qué mas da la hora, pequeña estúpida? -responde en forma inmediata su otro yo- cuando lo que va a ocurrir es el desastre total?). Con un movimiento de hombros se deshace de los pensamientos agoreros. Como alternativa le ha ofrecido encontrarse a la 1 de la madrugada en “Demonium”, ese bar al que suele acudir, en Chueca. Finalmente, de nuevo el piso de Ang, a las 2 en punto de la madrugada. En todas las citas, se deja un margen de una hora para que acuda.
Julián, es un buen estratega y ha blindado el piso con dispositivos espía, a fin de estar en contacto con ella en todo momento. Después de un exhaustivo examen, no descubrieron traza de dispositivos similares instalados allí por Nigromante, por lo que llegaron a la conclusión de que éste la vigila mediante un dispositivo móvil, a corta distancia -tal vez en la calle-. De este modo, Julián está preparado para verla y oírla, para estar al tanto de todo lo que ocurra y acudir a la menor señal de peligro, a una indicación discreta de Ang, cuando pronuncie la palabra adecuada, que han convenido. Antes de eso, Julián habrá hecho una llamada anónima a la Policía para que acudan inmediatamente.
Han hecho durante la semana toda clase de ensayos para comprobar la eficiencia de los aparatos y la capacidad de respuesta. Todo ha salido a pedir de boca.
- Pero no saldrá como esperamos, Jules, -le dice mirándole con sus ojos inmensos, de un verde algo turbio- . No actuará de la forma que esperamos. Nos sorprenderá de nuevo.
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- Lo tengo todo previsto, pelirroja, no te preocupes por nada, pero, eso sí: tenemos que cortar toda comunicación entre nosotros, a partir de este momento. Lo siento, niña, no sabes cómo voy a echarte de menos... no creas que voy a abandonarte, te seguiré mediante la vigilancia que tenemos montada... voy a saberlo todo de ti, me sentirás a tu lado... -parecía muy triste al decir estas palabras, preocupado por ella, y Ang se sintió culpable-.
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- Tengo un amigo en la Policía, sabes … me he asegurado de una pronta respuesta. !Sin decirle nada! No me riñas! -acalló así la pronta respuesta de Ang-. De todos modos, lo tengo todo controlado, mira...
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- ¿Una pistola? ¿te has vuelto loco? -Ang, retrocedió con disgusto.
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- !No quiero que, de ningún modo, lleves un arma! !las carga el diablo! !sólo nos traerá problemas!.
Julián la abraza y parece que le ha convencido. Se besan otra vez, y la lleva de nuevo a la cama. Todo parece volver a la normalidad, pero, en los ojos de Julián -cuando ella no le mira- se lee una determinación que hace pensar todo lo contrario.








Nigromante en su redil

Las botas sobre la mesa, el humo de un cigarrillo envolviéndolo todo. Nigromante está pensativo, concentrado leyendo el mensaje de Crisania por tercera vez. Una sonrisa cruza su rostro juvenil, angelical, aunque eso no suaviza para nada su expresión cínica. Coge una de una serie de fotografías de la muchacha, que tiene extendidas por la caótica habitación y la observa a contraluz, con una mirada calculadora. Hace una llamada con su móvil.




La suerte está echada

Es de noche en el apartamento de Ang y todo está en orden. Ella lleva puestos unos pantalones muy cortos, ceñidos al cuerpo, que apenas dejan nada a la imaginación, y un jersey ajustado, que no le cubre el ombligo y deja los hombros al descubierto. Cepilla su largo pelo rojizo ante el espejo, de modo que quede alborotado, de una forma sexy. Aplica el lápiz labial con brillo a sus labios carnosos, tan sólo una pequeña sombra brillante que enciende su color natural. Se contempla en forma crítica en el espejo. Está nerviosa y se toca el pendiente, en el que Julián ha ocultado el pequeño micrófono-espía. Todo el piso está perfectamente cubierto, tanto en forma de audio como de video. El teléfono conectado con la alarma policial, a un solo clik de su mano. El ordenador encendido, en forma inocente. Hace una semana que no se ve con Julián, pero le sabe ahí, a su lado.
Es ya tarde, pasa media hora larga de la hora de la cita y ella está ahora en el sofá, intentando no pensar en nada, dar la impresión de que no está especialmente preocupada o nerviosa, sino que ha asumido que él tiene el control de su vida y ella es tan solo su juguete (¿y no es así? -contesta impertinente su voz interior). No!, no lo es!, no soy ningún juguete, ni quiero serlo!. Casi lo dice en voz alta … casi, pero no, se ha contenido, ha logrado dominar su impulso.



El Doctor García-Plaja entra en escena

El doctor está hablando por teléfono desde su despacho, a una hora poco habitual: las 2 de la tarde.
- Le digo Sr. Marquínez-Bertia que es necesario que nos veamos cuanto antes. !La situación se nos va de las manos!... sí, desde luego, lo comprendo, pero es usted quién parece que no me comprende a mi … toda esa responsabilidad … por supuesto que no se trata de mis honorarios … un daño irreversible, sí, tan grave...!Escuche! !haga el favor de escucharme de una vez por todas, en vez de salirse por las ramas! !El asunto que nos ocupa es extremadamente grave! la situación de su hija... si y no, pero está llegando a un punto … ¿comprende ahora la razón por la que deseo una cita? !es totalmente imposible que deje de interrumpirme y tengo que ponerle en antecedentes de forma inmediata... sí, me va bien, por supuesto, el miércoles, a las 5, en el sitio de costumbre. Gracias. Hasta pronto.
Nada más colgar el teléfono, se levanta y se pone a pasear por la habitación. Su enfermera está comiendo. Abre un cajón, el último de la mesa auxiliar de su despacho, saca un paquete de cigarrillos y enciende uno.
Hacía más de un año que no fumaba.




Nigromante

Cruzaba por un semáforo de la Gran Vía, con paso ligero. Una joven le sonrió al cruzarse sus pasos. Era bastante linda, pero de un tipo físico que no llamaba su atención. Debía reconocer que sus gustos eran específicos, muy concretos. Se consideraba un fetichista. Para él, tan sólo existían las mujeres de pelo rojo, y más aun: de un tipo determinado. Tenían que ser jóvenes, con un aire inocente, de ojos claros, de estatura mediana, tirando a alta, pero sin exagerar. Esbeltas, por supuesto, pero no excesivamente delgadas, para su gusto debían ser poseedoras de un buen par de tetas y un buen culo. Y para acabar, su boca debía ser carnosa, no de labios delgados y finos, como tenían muchas chicas pelirrojas. El tema de las pecas le daba un poco igual.
Angharad era casi perfecta -se dijo, y no por primera vez- y no solo porque reuniera todas esas características y fuera realmente guapa, sino porque no lo sabía. No era de esas mujeres que se sabían atractivas y tenían un concepto de sí mismas tan elevado que se volvían engreídas, de forma insoportable. Caprichosas, como si todos los hombres -y el mundo en general- tuviera que rendirlas pleitesía. Por supuesto, Angharad -su Crisania, prefería llamarla así- sabía que era bonita, pero su seguridad en sí misma no era total, o no parecía darle importancia especial a eso. Era peculiar. Y estaba esa otra cosa que la hacía especialmente atractiva para él, que le producía un deseo morboso de dominarla, de controlarla por completo -mente y cuerpo- , de someterla al arbitrio de su voluntad. Le gustaba mucho humillarla, usarla sexualmente haciéndola sentir que era solamente un objeto, una cosa, una herramienta para el placer exclusivo de él. Y lo había hecho (su rostro se iluminó con un gesto lascivo al recordarlo). En el Retiro, cuando la había obligado a desnudarse y mostrar sus preciosas tetas al mundo; en su piso, cuando la chantajeó con la muerte de esa chica, y la hizo masturbarse para él, siguiendo sus instrucciones, haciendo todo lo que él quiso. En el callejón, tocándola de forma obscena, en pleno día, metiendo sus dedos dentro de ella, para que se diera cuenta de quién estaba al mando.
Y no sólo había gozado de ella de ese modo, sino también con su temor, doblegando sus escrúpulos, haciendo que se sintiera segura e interviniendo luego de nuevo, de forma más agresiva. Le gustaba en extremo doblegar su personalidad, someterla a chantaje emocional, haciéndola responsable de las muertes, responsable de sus crímenes. Adoraba el modo en que Crisania reaccionaba: ese sometimiento a su voluntad, esa extremada -y fácil?- obediencia. Una parte de él creía que ella, en el fondo, disfrutaba de un modo oscuro, perverso, con sus juegos.
Y, como decía el poeta: lo mejor estaba aún por llegar...






La trampa – segunda parte

Angharad se había quedado dormida en la sofá, cansada de esperar la llegada de Nigromante, cuando un ruido inusual la despertó. Se incorporó de un salto, asustada. Estaba aturdida por el sueño y no sabía muy bien cuánto tiempo había transcurrido desde que el cansancio y el miedo la venció en el sofá.
Miró a su alrededor para descubrir el origen del ruido. Muy bajito, entre dientes, susurró para Julián: “¿estás ahí?” pero no obtuvo respuesta. Avanzó un poco por la habitación y enseguida descubrió que el estrépito lo había provocado la ventana de detrás del sofá al romperse. El suelo estaba sembrado de cristales rotos y el objeto culpable había sido una piedra de gran tamaño que yacía en el suelo con un papel atado a un cordel.
En la precipitación para recogerla, se olvidó de que iba descalza. Lanzó un juramento y gritó al clavarse uno de los trozos de vidrio en el pie “Julián!”. La sangre la alteraba, siempre le había pasado, desde niña. El seguía sin responder y pensó que se había dormido (aunque le pareciera imposible, joder!). Rápidamente, se quitó el pequeño pero afilado trozo de vidrio que tenía clavado en la planta del pie, se calzó -con un gesto de dolor- y se sentó de nuevo para leer el papel atado a la piedra. No se preguntaba quién podía habérselo enviado, sabía la respuesta.
Con el corazón acelerado, desató la goma elástica que retenía el papel doblado y la leyó de un corrido. Decía asi: “Te quiero dentro de 15 m en el callejón, desnuda, medias negras, un abrigo o chaqueta, zapatos de tacón.. haz una bola con la nota y te la metes en la boca, sin mostrarla a las cámaras. Empiezo a contar...”
El silencio, al otro lado de los micrófonos, le parecía ahora una amenaza, apenas velada.







La nueva ecuación

Julián estaba en su piso, al mando de los controles de los dispositivos de audio y video que controlaban el piso de Ang. Pasaban ya dos horas de la fijada para la cita con Nigromante, pero no se había puesto en contacto con la chica: no quería estropear nada. Así que se dijo, con una sonrisa, que todo saldría según lo planeado, que Nigromante era muy cauteloso (más que eso: inteligente, astuto) y que tenía que darse un margen para que todo surgiera como tenían previsto.
Dio la voz de alarma un leve sonido en la puerta de entrada. Cuando llegó, ésta ya estaba abriéndose para dejar pasar a un hombre joven, vestido enteramente de negro, que avanzaba resuelto hacia él. Llevaba una llave inglesa en la mano.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue su rostro sonriente muy cerca del suyo, alzando la gruesa llave por encima de su cabeza y golpeándolo con fuerza.




EN EL CALLEJON

Medio derrumbada en el suelo, Ang apoyaba la espalda contra la pared, y no tenía fuerzas para llorar. Había ocurrido otra vez: Nigromante se había salido con la suya. Quería borrar de su mente todas las cosas que le había hecho, como se había sentido como un pelele entre sus brazos, como una muñeca sin más voluntad que la de él. Expulsó los sentimientos más intensos de rabia y frustración, que la amenazaban con dejarse arrastrar por la violencia, por perder de nuevo el control. Y eso no podía permitírselo. No, ya no, nunca más.
Se levantó con esfuerzo, recogió su abrigo del suelo y lo ciñó a su cuerpo desnudo, cerrando los ojos a los desgarros de sus medias, a las contusiones que empezaban a destacar sobre su blanca piel.
Enfiló rumbo a su casa. Necesitaba ver a Julián, saber que estaba bien, que Nigromante había cumplido su palabra y no le había hecho daño.
Al final, eso era lo único realmente importante.
Estaba llegando a un punto en el que todo empezaba a difuminarse. Perdía el sentido de la realidad en un dejá vu que la inquietaba. Ya no distinguía muy bien lo que era real o lo que no, tal vez debía acudir a la consulta del Doctor García-Plaja, aunque no confiaba del todo en él. Sin embargo era el único que la había ayudado, el único a quién le había contado todo lo que ocurrió ese día, esa noche, que no conseguía recordar totalmente, pero que estaba ahí grabada en su interior (Cuándo? Cuándo había ocurrido otra vez este descontrol, esa fuga, ese sentimiento caótico de pérdida de realidad para entrar en el terreno de las peores pesadillas?).
Recogió su bolso y las llaves, que habían rodado hasta el contenedor, y se encaminó hacia su casa, casi corriendo, ardiendo por volver a ver a Julián, por saberle a salvo, a su lado.


EN CASA DE JULIAN

La miraba con aire aturdido, mientras ella sostenía la palangana llena de agua que se iba tiñendo de rosa. Por quinta vez ella dijo:
- Tenemos que ir al hospital. Necesitarás puntos!.
El le respondió, de nuevo, que no era necesario.

- Es solo un golpe, Ang… fuerte, sí, el bastardo me dio con ganas… me pilló desprevenido, sabes… pero eso no volverá a pasar…
El rostro del joven se oscureció al decir estas últimas palabras. Hizo una mueca desagradable, que hacía presagiar que en un próximo encuentro podría desatarse la violencia entre ellos. Parecía profundamente avergonzado, culpable de haberla dejado en la estacada, aunque ella le había asegurado que no era culpa suya y que no le reprochaba nada.
Ay! Ang, con cuidado, por favor, eso duele!
- No soy enfermera profesional! Hago lo que puedo! .
-

Ang estaba muy palida, se había cambiado de ropa y ahora llevaba una camiseta de él por todo atuendo. Su melena rojiza le tapaba medio rostro, mientras se inclinaba sobre el cuerpo inclinado de su amigo, a fin de lavarle y desinfectarle la herida en la cabeza.
- No podemos ir al hospital. Nos harían demasiadas preguntas y no tenemos ninguna prueba, Ang, no conseguimos que cayera en la trampa. Es un hijo de puta muy listo, pero no entiendo como lo descubrió… seguro que nos tiene vigilados. La próxima vez tenemos que adelantarnos y desbaratar su vigilancia. No en vano soy un buen jugador de ajedrez –murmuró-
Ella estaba muy tranquila. Apenas le había contado nada de lo ocurrido, y Julián tuvo que imaginarlo. Sabía que le había utilizado a él para obligarla a ir a una cita, para verla de nuevo, quizás tenerla también, y eso le enfurecía. No podía ver lo que ocurría dentro de esa muchacha extraña, era como una cajita de música, llena de sorpresas y compartimentos.
Ang había abierto el piso de Julián con la llave que él le había dado, para encontrarlo caído en el suelo, con sangre en la cabeza. Una llave inglesa yacía a su lado. Se asustó terriblemente y estaba a punto de llamar al Servicio de Emergencias, cuando el se removió gimiendo. La brecha en la cabeza le pareció limpia, sangraba, sí, pero no en exceso y la herida no era tan grave como le había parecido al principio. Seguramente el abundante pelo negro había parado en parte el golpe. Tal vez la intención de Nigromante no había sido más que la de sacarle momentáneamente del juego.
. Vayámonos –dijo de pronto, Ang-. A cualquier parte, Jules, nada nos retiene aquí. Desaparezcamos.
El la miró de forma sesgada, la mirada un tanto huidiza, reflejo de que aun no había recuperado totalmente la visión normal.
- Uhmm… huir?, no puedo decir que me guste la idea. Nunca me ha gustado eso. Prefiero plantar cara.
- Oh!, si!, claro. Eso no lo hemos probado ya? –La voz de ella contenía un mucho de amargura- Qué quieres? Que esperemos a que nos mate? A que le vuelva a hacer daño a alguien? A que me obligue a hacer cosas que odio? A ser de nuevo y cuando se le antoje su juguete?. Estoy cansada… huir es de cobardes. Bien, nadie dijo que yo fuera valiente.
Julián, sumido en sus pensamientos, contempló largamente la luz que entraba por las ventanas, que se reflejaba en el suave pelo de la joven, su carita muy pálida, el gesto apretado de sus labios, tan suaves y plenos. De pronto sintió compasión sin límites por ella, pero se esforzó en ahogar ese sentimiento, que sabía no sería de su agrado.
- Tal vez tienes razón, niña. Deja que lo piense. Si nos vamos tenemos que borrar absolutamente nuestras huellas, de modo que no pueda seguirnos, si no no tiene sentido.
Le miró contenta, por primera vez desde que entró en la estancia. Sonrió con los ojos también, y se inclinó para besarle en la boca.
- Si!. Tenemos que urdir un plan de emergencia para desaparecer. Nos iremos cerca del mar, a un rincón hecho para los dos. Desconectaremos los portátiles. Un lugar sin wifi-sonrió de nuevo-
- Bueno, bueno, querida Sra. Robinson, no eches palomas al vuelo, y mientras me repongo podrías encargarte de la comida.

Entre risas, se besaron , con todo el sol de la mañana rodeándolos. Dos cuerpos jóvenes entrelazados, el pelo de ella enredado en su cuello. Y nadie habló para nada de premoniciones, ni el aleteo de la muerte hizo su acto de presencia en aquel lugar.


PLANES DE HUIDA

Angharad estaba acabando de empacar sus cosas. Parecía mentira la cantidad de mierda que una acumulaba, pensó, mientras escogía las cosas que iba a conservar de las desechables. Solía quería llevarse lo imprescindible. Empezar una nueva vida, lejos, sin dependencia de la red. No conectar a diario. Veía en su futuro un nuevo trabajo en el que el ordenador no era el eje central. Se veía dando clases de inglés en un pueblo de la costa, a un grupo heterogéneo de personas, no en vano era medio inglesa, estaba plenamente capacitada, su inglés era excelente.
Por lo que hacía a Jules, no importaba que siguiera trabajando en programación de videojuegos, siempre que en su casa –la casa de ambos- el ordenador fuera solamente un elemento de trabajo.
Habían escogido ya destino: Gandía, en Valencia. Un lugar suficientemente alejado de Madrid –de todo- pero turístico, lleno de vida. Tenía delante suyo los prospectos de la agencia de viajes y era una delicia: sol, arena, enormes extensiones de playa abierta, un color dorado en todo. Estaban en negociaciones con un administrador de fincas que les había encontrado una casita pequeña, cerca de la playa, con un balcón-terraza que daba al mar. Con el sueldo de los dos podían fácilmente asumir su coste.
Le daba un poco de miedo su implicación con Julián, tenía la sensación de que todo había ido deprisa, muy deprisa (demasiado rápido… no le conoces –dijo esa vocecita interior que no había conseguido acallar del todo-) pero por primera vez en años, estaba enamorada. Sí, no podía negarse esa evidencia, tenía que ser sincera consigo misma. Jules había conseguido derribar, una a una, todas sus defensas. A pesar de lo blindada que estaba. Confiaba en él. Y no tan solo eso, sentía un sol cálido en su interior cada vez que él la miraba, le sonreía. En sus brazos se sentía segura. A salvo. Se moría por hacerle feliz, por estar a su lado (días radiantes de sol cerca del mar, noches estrelladas saltando olas). Era maravilloso vivir así, sin temores. Nigromante estaba silencioso otra vez –aunque ella sabía que si se quedaba en Madrid era sólo cuestión de tiempo que la acechara otra vez- . Ang le intuía caprichoso, cruel. Un depredador nato. Pero también veleta, capaz de olvidarse de su víctima si el viento soplaba favorable en otra dirección. Eso pensaba. No quería nubes de tormenta en su mundo actual y estaba decidida a poner tierra por medio. Una nueva vida.
- Un nuevo mundo, un maravilloso mundo nuevo! que tales gentes tienes! –recitó como una nueva Miranda en “La Tempestad” y se puso a bailar por todo el piso.
Asi la sorprendió Julian al entrar y se unió a ella en el baile, cogiéndola en volandas.
- Marchamos el próximo fin de semana. -Sentenció-
Y todas las palomas echaron a volar.

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