martes, 8 de noviembre de 2011

EL COLOR ROJO COMPLETO .PRINCIPIO

EL COLOR ROJO
Preámbulo
Extracto del informe emitido por los agentes de la Policía Nacional con números 245 y 915.
Informe número 5678202-N17B – 17/02/2008 – 21:45 h PM:

Llamada anónima efectuada a las 21:30 h desde la cabina telefónica situada en la calle Recoletos, a la altura del número 54. Comunican que una joven ha resultado gravemente herida en una agresión sin determinar, junto a los jardines del Palacio Real. Se desplaza hasta el lugar de los hechos una patrulla de la policía y un equipo de asistencia médica del SAMUR.
La víctima es una mujer, blanca, de veinte años de edad aproximadamente, que ha sufrido una agresión sexual … número de agresores indeterminado ... contusiones de diferente consideración repartidas a lo largo de la parte frontal del cuerpo … herida abierta de arma blanca en la espalda, a la altura de la quinta vértebra … hematomas en el cuello … ulceraciones sangrantes en las nalgas … tres costillas rotas … posible estado de shock … posibles lesiones internas … posible víctima de violación múltiple … la víctima no habla … puede apreciarse un estado catatónico... trasladada al servicio de urgencias del Once de Octubre. No interpone denuncia por los hechos.


Angharad en su tarde libre

Angharad estaba escribiendo en una ventana de chat. Esta vez no mantenía abiertas las siete u ocho habituales. Y no las tenía porque necesitaba concentrarse en el tipo con el que estaba charlando. "Es rápido, de mente y de dedos", pensó. Sus frases surgían del fondo blanco como por arte de magia, con sorprendente y total fluidez. Lo que transmitían era algo meditado, asombrosamente certero, irónico: aquel tipo tiraba a dar. Se le escapó una sonrisa sibilina al leer lo último que él le había escrito. Era evidente que estaba intentando jugar con ella. Había conocido gente así antes. Sólo había que seguirles el juego, invitarles a creer que podían hacerse con ella, que la tenían en sus manos, para luego dirigir una finta maestra que les llegara certera al corazón. Y jaque mate... A ella le divertía, porque sabía jugar.

Tomó, distraídamente, un mechón de pelo rojizo entre sus dedos, enrollándolo como tenía por costumbre cuando estaba absorta en algo, o simplemente inquieta. Al momento el desconocido escribió: “Me encanta eso que haces...”. Ang, todavía sonriendo como una gata, contestó: “¿Y qué supones que hago?”.
“Acariciar tu precioso cabello rojo”, fue la pronta respuesta.
Tan inesperada afirmación le obligó a dar un un respingo. "Casualidad", se dijo. "Ha acertado por pura suerte". “Sí, claro, eres adivino, además de espía y de trabajar para alguna agencia gubernamental”, escribió, intentando mostrarse sarcástica.
“No me crees, pero deberías hacerlo…" "También podrías soltar un par de botones de esa deliciosa blusa blanca, sin mangas, que llevas puesta…” Angharad se levantó de un salto, en un remolino de piernas y short azul, y se dirigió con paso rápido hacia la ventana. Escudriñó, pensativa, el bloque de pisos que se alzaba frente al suyo y reparó en las cortinas de su habitación, completamente descorridas. Tenía la clave. Volvió al ordenador y a toda prisa, tecleó: "Muy listo" "¿En qué piso estás?" "Lo digo para dedicarte un gesto de saludo”.
Nigromante contestó inmediatamente, en forma severa y conminatoria: “Vuelve a mirar ahora por la ventana”.
Ang llegó a tiempo de vislumbrar movimiento en una de las ventanas que se abría en la fachada de enfrente. Como en una pesadilla, vio como una figura masculina caía al vacío desde el sexto piso, en sus mismas narices. Durante una fracción de segundo la cara desencajada de aquel hombre permaneció congelada, como una instantánea trágica, ante sus ojos.
En estado de shock , aparentemente sin control, volvió al ordenador a tiempo de ver como brotaban las palabras en la ventana de chat: “Has de saber que ese pobre desgraciado no era yo”.




La cita

La ambulancia acababa de partir dejando atrás el eco ululante y ensordecedor de su sirena. Los vecinos de ambos edificios formaban corros, parloteando nerviosos de lo que la mayoría consideraba un suicidio. Ang se estremecía. Llevaba su viejo short y la ligera blusa blanca y se notaba temblar de pies a cabeza. No sabía a ciencia cierta si sus temblores eran debidos al frescor de la tarde primaveral, o a causa de la fuerte impresión recibida a raíz de lo que acababa de presenciar. Dudaba, intranquila, si debía dirigirse a los policías que merodeaban aún por allí, para contarles lo que ella sabía. Quizás las autoridades deberían determinar si había sido realmente un accidente, un suicidio, o si alguien…
Nigromante, era su nick. El apodo, que hasta hacía unos minutos le había parecido ridículo, le resultaba ahora siniestro. Estaba segura que él tenía algo que ver con la muerte de aquel desgraciado muchacho.
Su pensamiento se desvió por unos instantes hacía la imagen de aquel chico al que ni siquiera conocía. Durante un brevísimo lapso de tiempo el horror había grabado las facciones del muchacho, de forma indeleble, en su memoria. Había algo en aquel chico que la resultaba tan familiar, tan próximo…
Lo cierto es que Ang no sabía qué hacer. En primer lugar tenía que subir a su apartamento y cambiarse de ropa. Se sentía expuesta, semidesnuda. Pero le inquietaba volver a entrar en su casa.
Nunca había sentido desconfianza alguna al navegar por la red. Tampoco le había inquietado mantener relaciones con otros internautas, más bien al contrario: le parecía tener mucho más en común con cualquiera de ellos que con la mayoría de sus vecinos, o incluso con sus compañeros de trabajo. Había llevado a tal extremo su afición a Internet, que quienes la conocían decían que estaba enferma, que tenía un problema de adicción, que no era natural que una chica como ella —joven, atractiva, inteligente— se encerrara en su casa y se pasara las horas muertas ante una máquina. Pero ella se sentía bien así. No pensaba cambiar de hábitos. Tenía amigos, amigos de verdad ahí, con los que reía, bromeaba, jugaba, discutía, sentía… Siempre había estado segura.
Una voz interior le susurraba: “sí, pero eso fue después de lo que te ocurrió...”. Sacudió la cabeza, desplazando a un lado el peso de su cabellera rojiza, para librarse de aquellos pensamientos.
Notó las miradas de un par de vecinos —percibiéndolas intensamente sobre ella, a pesar de que no los miraba— que la hicieron sentirse incómoda y encogerse un poco. Sin pensarlo entró en el portal y se dirigió al ascensor para subir al último piso, el suyo.
Casi sin voluntad, sus pasos la encaminaron hacia el ordenador, que todavía permanecía encendido. En la ventana gráfica, aún abierta, destacaba un nuevo e inesperado mensaje: “Mañana a las nueve de la mañana, junto a la estatua del Ángel Caído. Sentada en el banco más próximo. No faltes, a menos que quieras tener en tu conciencia la muerte de otro inocente...”.


















En el Retiro

La mañana era fría. En el cielo despuntaba un sol tímido, que se abría paso, indeciso, entre las nubes. La joven, sentada en el banco al lado de la estatua, vestía unos estrechos vaqueros negros, camiseta gris, y una chaqueta de punto. Calzaba zapatillas de deporte, también negras. Había pensado en un vestuario práctico por si tenía que salir corriendo.
Su pelo rojizo brillaba, suelto sobre sus hombros. Un observador casual no hubiera reparado en el miedo que se leía en su mirada, le hubiera parecido una estudiante haciendo novillos, o esperando a su enamorado.

Eran más de las 9 -y media casi- y no sabía a ciencia cierta qué hacía allí, ni si debía marcharse. Al fin y al cabo no había acudido nadie a la cita. Después de todo, tal vez los acontecimientos de ayer fueran tan sólo un cúmulo de casualidades, y, en realidad, el desconocido del chat no fuera el desequilibrado que ella imaginaba. Era inteligente, de eso no le cabía la menor duda.

A esa hora de la mañana había bastante personal circulando por el Retiro. Amas de casa, de camino hacia la compra; mamás que acababan de dejar a sus retoños en la escuela o la guardería; gente anónima que salía a dar un paseo o tomar un café, que acudían a su trabajo; alguna pareja deambulando por el parque. Ang los escudriñaba a todos con infinita atención, intentando descubrir una señal que le permitiera reconocerle a él. Estaba segura de que no se mostraría a cara descubierta, de que utilizaría algún disfraz, alguna artimaña. Paseó la mirada de sus ojos verdes por la superficie del parque, por la zona en que se encontraba, mirando incluso detrás de los árboles próximos, pero no vio a nadie que le hiciera suponer que podía ser él, el hombre que la había citado allí.

Su imaginación le había puesto rostro ya, aunque nebuloso aun, cambiante. En cierto modo, se sentía dominada por él, y eso la horrorizaba. Le odiaba por lo que pensaba que había hecho -matar a un hombre, aquí no cabían subterfugios- pero aún más por jugar con ella, por hacerla sentirse culpable de la muerte de aquel chico. Su chantaje emocional la había obligado a citarse con él esta mañana.

Estaba casi convencida de que se trataba de un farol, de que -de alguna forma- el destino, el azar, había hecho coincidir el terrible accidente: el suicidio del joven, de modo que parecía que él estaba detrás de todo aquello, que era quién movía los hilos.

Lo poco que había adivinado de la personalidad de Nigromante (con el que llevaba chateando un par de intensos días) le hacía pensar que era alguien al que le gustaba controlarlo todo. Alguien a quién complacía verse como si fuera dueño absoluto de las vidas de los demás, situándose él en un plano superior, para manipular a la gente a su antojo.
Su principal prioridad, era conseguir que todo se desarrollara del modo que él quería. Exactamente como él quería. Eso denotaba una seguridad ficticia -pensó- que, seguramente, escondía carencias y debilidades. Probablemente, se trataba de un niñato inseguro, tímido, que necesitaba el anonimato que le proporcionaba la red, para ser alguien.
Pero, no podía arriesgarse a pensar así y suponer que estaba en lo cierto. Tenía sobredosis de terapia psicológica. De pronto, la vida humana -cualquier vida, no sólo la suya- le resultaba demasiado valiosa como para arriesgarla en aras a presuponer que tenía razón en sus argumentos.

Un chico, con una gorra verde, paseaba con una bicicleta por su lado. Daba vueltas en círculo en torno al parterre de la estatua del Ángel Caído. Le miró inquisitiva y le pareció que le guiñaba un ojo. Ang se levantó, siguiendo un impulso. De pronto estaba convencida de que era él. Corrió detrás de la bicicleta, para atraparle pero el chico la esquivó limpiamente. Con una pirueta, le tocó el culo con la mano al pasar por su lado y escapó riéndose a carcajadas. Ella le hizo un gesto obsceno y se dio la vuelta para volver al banco. Allí, en medio de la madera desteñida, se hallaba un objeto que antes no estaba: una rosa blanca, con un cordel verde alrededor, del que sobresalía una hoja de papel. Sentándose de nuevo, la leyó, decía así:
“Desnúdate. Quitate la chaqueta y la camiseta. También el sujetador. Quedate quieta así, junto a la estatua, hasta que recibas mi señal. Ahora, Crisania, mira a tu derecha, junto al grupo de árboles más cercano. Me verás con una niña pequeña en mis brazos y un ordenador portátil. La cría es rubia. En caso de que tengas la peregrina idea de no obedecer mis órdenes, su vida habrá terminado casi antes de empezar”.

Crisania, su nick en la red. Ang, como en un sueño, giró lentamente -a cámara lenta- y le vio, allí, tal y como se había descrito: un hombre joven vestido de negro, con gorra y gafas de sol, el pelo muy corto, la niña, de unos dos años, llevaba un vestido azul y reía entre sus brazos. En el suelo, un portátil. Le pareció que sus ojos la taladraban … en ese momento volteaba a la niña en el aire, con tanta violencia que las risas pronto se convirtieron en gritos de miedo.

Con rapidez, Ang tiró de los botones de su chaqueta y la dejó caer al suelo. Su camiseta siguió el mismo camino. Ya estaba junto a la estatua, cuando sus dedos trémulos soltaban las presillas de su sujetador, ante las miradas atónitas de los transeúntes.















Julián

El té estaba caliente, humeaba. La reconfortaba sentir su calor a través de sus manos apretadas contra la taza. Desde la cocina, Julián le hablaba: una cháchara ligera, que la permitía seguir la conversación y continuar con su línea de pensamientos.

- Porque la situación en Wonderland ha cambiado mucho desde que te fuiste -decía- ¿recuerdas a Martín? Ahora trabaja para PrimerTime, y le va genial, al parecer...
Entró con las manos envueltas en guantes térmicos, sujetando con firmeza una bandeja, en la que destacaba la superficie esponjosa de un enorme bizcocho. Tenía un aspecto delicioso.

- ¿Encima, sabes cocinar? -le dijo, con un amago de su antigua sonrisa.
-
- ¡Sí! -respondió, Julián- !Claro¡, es una condición sine qua non si quieres tener alguna esperanza de éxito con las chicas -sonrió-- En mi caso, es mucho mas crucial porque soy un caso difícil, je...
-
- No sé -respondió, Ang- yo te veo bien...con todo el equipo necesario y todo eso... -dijo, Ang, en forma deliberadamente vaga.

Cortó una porción más que generosa y se la sirvió en un plato llamativamente amarillo. Ang se había visto obligada a subir al piso de él, después de que la encontrara en el parque, medio desnuda y con un conato de ataque de nervios.
No le había hecho la menor pregunta. Con la habilidad de un prestidigitador, dispersó al grupo de curiosos, le colgó de los hombros, descuidadamente su propia chaqueta,y la tomó con decisión del brazo, llevándola de vuelta a casa.

Le conocía porque habían trabajado juntos hacía más de un año (en otra vida... le susurró su mente) y pronto habían simpatizado. Cuando ella dejó Wonderland, habían perdido el contacto, por eso se sorprendió, hacía unos dos meses, al coincidir en el rellano de su escalera -él cargado con toda clase de bultos y maletas, en un evidente muestra de que se estaba mudando allí-. De pronto, no supo cómo reaccionar (porque Julián formaba parte de su antigua vida, y no había sitio para nadie en ella), pero luego se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa auténtica. Era un buen chico.
Tampoco es que, en este tiempo, hubiera propiciado cualquier tipo de contacto con él, excepto el ocasional de encuentros esporádicos en las zonas comunes del edificio. Sencillamente ella seguía con su vida -sus amigos internautas, sus aventuras, sus juegos de rol en la red- y él con la suya, fuese la que fuese. El en su piso -en el tercero segunda- y ella en el sexto segunda.
No sabía siquiera si compartía su piso con alguien, y, al pensarlo, miró inquisitiva a su alrededor, en busca de alguna pista que le permitiera deducir la presencia de otras personas.
Julián siguió su mirada y, al parecer, adivinó lo que pensaba.
- Vivo con Alex, un amigo de la facultad, pero ahora está pasando unos días fuera, de vacaciones con su familia, en Italia.
- Ajá... -Ang,le miraba, invitándole a continuar. Pero él cambió de tema.
- ¿Puedo preguntarte si aun te dedicas a la programación? -le ofreció otra taza de té, pero ella la rechazó y se levantó al hacerlo.
- Sí, aun trabajo en lo mismo. Has sido muy amable, pero tengo cosas que hacer -anduvo hasta la puerta con una decisión que no sentía. Debía reconocer que algo en él le atraía (¡basta de subterfugios! Te pone cachonda como una perra, se sincera contigo misma...).
Subió las escaleras de dos en dos, sin mirar atrás, con los ojos de él clavados en su nuca.




(extracto del Informe psiquiátrico emitido por el Dr. Enrique Garcia-Plaja Ortega, en la Clínica Insalus, de Madrid:
Resumen del caso: Se trata de una joven de 21 años de edad, natural de Madrid, víctima de una violación múltiple hace siete meses. Se emite el presente informe a fin de determinar su estado mental actual...
Historia familiar y personal: Nacida en Madrid ... padre español ... madre procedente de Escocia … de familia acomodada ... escaso contacto .... la paciente manifiesta un cierto sentimiento de abandono enmascarado por una posición de indiferencia.. autosuficiencia marcada. Inteligencia superior a la media. Escolarizada en ... estudios universitarios de Informática en la Complutense... corredora de maratón, medalla en natación … consiguió un empleo a tiempo parcial a los 19 en … especializada en la creación e instalación de software avanzado... Hábitos psicosociales: Naturaleza obsesiva... consumo esporádico de alcohol desde los 15 años, consumo ocasional de cannabis, a partir de los 16 años. Negativo el consumo de drogas duras (análisis de fechas 20/2/2008; 15/7/2008 y 21/5/2009). Sueño con altibajos, insomnio intermitente. Apetito disminuido de larga duración, alternado con crisis... )...



Ang en su día a día

Estaba probando la última versión del juego de “Cypress Hill” para comprobar los fallos en línea. Tenía que estar listo para su salida al mercado en menos de dos semanas, iban justos de tiempo. !Como siempre, con prisas¡ -se dijo- habían empezado la campaña de marketing hacía meses, con demasiada premura, ávidos de las jugosas ganancias que les auguraban su caterva de lunáticos potenciales clientes. El caso es que ahora, ella debía comprobar los fallos del sistema y corregirlos, porque el jefe quería que estuviera listo para ayer.
Su vida había vuelto a la tranquilidad mas absoluta. Sin noticias de Nigromante, que había desaparecido totalmente de la red. Tampoco había sucedido nada extraño y el suicidio de Miguel Larcos -así se llamaba- se estaba convirtiendo en un suceso nebuloso que apenas rescataba en alguna ocasión del olvido. Habían transcurrido ya tres meses desde la cita en el parque.
Se desplazó hacia atrás moviendo con los pies la silla con ruedas. Llevaba los auriculares puestos y sonaba a toda marcha la canción de Macaco “Moving”, mientras ella seguía el ritmo con los pies, bailaba con todo el cuerpo. Carlos le sonrió desde el otro lado de la mesa, sus ojos de miope observándola, parapetados detrás de sus gafas redondas, al estilo antiguo (como las que llevaba John Lennon -pensó Ang-). Era un buen tipo, pero increiblemente plasta. Esperaba que no le hubiera dado pie, con su sonrisa, para que le enchufara el discurso de rigor sobre lo mucho que la apreciaba y lo bien que le sentaría tomar una coronita con él, al salir de la oficina.
De pronto, su sonrisa cínica quedó congelada en el aire. Su ordenador había emitido una señal. Aun desde la distancia, pudo observar como se abría una ventana que no estaba prevista. Se acercó con lentitud exagerada, tocó una tecla y apareció el mensaje: “Tienes unas tetas preciosas. Son como las había imaginado”. No necesitaba la firma para saber el autor de esas dos frases. Escribió con energía: “!Déjame en paz¡ !No quiero volver a saber nada más de ti¡ !Olvidate de que existo! ¿no has tenido suficiente con todo lo que me has hecho pasar? Además de un enfermo, !eres un tramposo, un embustero, un fracasado!. No creo que hayas tenido nada que ver con la muerte de ese estudiante. Tampoco creo que tuvieras intención de hacerle ningún daño a esa niña, en el parque. Te estabas echando un farol, riéndote de mi. !Aprovechado¡ Desaparece de mi vida, !niñato¡ y búscate otra incauta para poder sentirte alguien”.
Cuando acabó de escribir, esperó la inmediata respuesta, pero no hubo nada. Silencio en la red. Se encogió de hombros, recogió su pelo en una coleta, y continuó trabajando.
Sólo mucho después, en la calle, camino de su casa, se preguntó cómo había conseguido Nigromante acceder a la terminal de su ordenador de trabajo.











Las apuestas suben

En el sueño, Ang, rompía un jarrón chino. Lo arrojaba estrepitosamente contra la puerta. Despertó sobresaltada porque el ruido que había escuchado era real. Prueba de ello era que continuaba oyéndolo y estaba despierta. Con todos sus sentidos concentrados, aguzó el oído, todo estaba en absoluto silencio, esa calma extraña de altas horas de la madrugada, cuando el mundo parece estar en coma.
Contuvo la respiración, trató de calmar los sobresaltados latidos de su corazón, para poder escuchar, en absoluta inmovilidad, el silencio de su piso. ¡Ahí estaba! !había vuelto a escuchar algo¡ un leve crujido, en el comedor. Como el sonido del pie de alguien que no conoce los secretos de dónde pisa: los lugares dónde la madera está desgastada, el rincón que cruje... alguien que se mueve en territorio comanche.
Ang se levantó, y, abriendo el cajón de la mesilla, cogió un abrecartas. En uno de sus impulsos, sin saber siquiera si sería capaz de utilizarlo como arma defensora contra otro ser humano. La sola idea la horrorizaba, pero no iba a salir al encuentro de quién fuera que estuviese al otro lado de la puerta, sin nada, desprotegida.
Abrió la puerta despacito, milímetro a milímetro, y observó la oscuridad, acostumbrando sus ojos a ella. Cuando fue capaz de distinguir los familiares contornos de sus muebles, avanzó con lentitud, esgrimiendo el abrecartas en forma de puñal. Le dio al interruptor de la luz y esta se esparció por toda la estancia. de pronto todo quedó iluminado. Su piso era de pequeñas dimensiones: una habitación, una sala de estar, un pequeño distribuidor, un conato de vestíbulo, un baño y una cocina. Desde la posición en la que se hallaba (firmemente plantada sobre sus pies desnudos) tenía una visión completa del comedor-sala de estar, el pasillo y el vestíbulo de entrada. Vacíos, absolutamente vacíos. No había ningún lugar dónde nadie pudiera esconderse.
Más allá de la puerta de entrada, estaba el baño y la cocina, perdidos en la penumbra. Los sonidos habían cesado por completo, pero no podía arriesgarse -pensó Ang-. Tenía que atravesar el pasillo y llegar hasta la cocina, registrarla y, después, hacer lo mismo con el cuarto de baño. Tenía que asegurarse de que nadie se escondía -como en sus pesadillas de niña- detrás de la cortina de la ducha.
Se puso a hablar en voz alta, para infundirse valor: “vamos, chica! nunca has sido una cobarde, ya sabes: no conocerás el miedo, el miedo mata la mente... !si hay alguien ahí, será mejor que se vaya preparando porque he llamado a la policia!”. Estas últimas palabras las dijo casi gritando. La luz se expandió por la pequeña cocina, al darle al interruptor, iluminándolo todo, hasta el último rincón. Ang, pensó -y no por primera vez- que las cosas cotidianas son las que infunden mas temor, en cuanto la vida se sale de su marco habitual. La mesa de madera, la superficie fría de los mármoles, las paredes verde manzana, el fregadero, la mancha blanca del refrigerador, parecían gritarle: “!Ve con cuidado¡ !no te fíes de nosotras!”. Nadie. No había absolutamente nadie.
Dio un grito, al notar de pronto una corriente de aire a sus espaldas, se giró con presteza, su pelo la siguió revoloteando y cubriéndole la cara. Lo apartó con la mano. La puerta del baño estaba entreabierta. Soltó un taco, la abrió del todo de una patada, haciéndose a un lado para esquivar una posible agresión, tal y como le habían enseñado en el curso de defensa personal. El baño estaba vacío. La cortina de la ducha corrida. Con rabia la descorrió del todo -el corazón en la mano- para encontrarse con la ventana abierta de par en par y el agua corriendo sola por el desagüe. Se encaramó para mirar por la ventana -pequeña pero no lo suficiente para impedir el paso a una persona de constitución delgada- vio los peldaños metálicos de la escalera de emergencia, a una distancia prudencial. No tenía ni idea de si era posible alcanzarlos dando un buen salto. Arriesgado, sí, pero … ¿imposible?. Hace unos días hubiera contestado afirmativamente, pero ahora ya no estaba tan segura. El proceso de resquebrajamiento de la realidad era palpable. Parecía que se estuviera deslizando hacia una realidad alternativa, un universo inquietante en el que convivían realidad y ficción. Ya no estaba segura de nada. No confiaba en su mente.
Con un vaso de leche caliente en la mano, volvió pensativa a su dormitorio. Las primeras luces del alba se filtraban por las cortinas.
Ese es el quid de la cuestión, baby -se dijo Ang- que ya no confías en tu criterio.





De nuevo, Julián

Bajaba las escaleras corriendo, como de costumbre, enfundada en sus vaqueros rotos, el bolso cruzado en bandolera sobre el pecho, cuando casi tropieza con Julián, que salía de su apartamento. Le echó un buen vistazo, sólo para comprobar que seguía encontrándolo muy atractivo. Llevaba unos pantalones claros -tejanos desgastados- y una camisa a cuadros, con las mangas arremangadas, por encima de una ligera camiseta. Sus ojos claros, destacaban entre la maraña de su pelo oscuro, que olia a limpio. Sus manos, tenían ese vello oscuro en el dorso, que a ella le parecía tan sexual, que la descomponía tanto. Cuando él le sonrió, ella, a su pesar, le correspondió con la más radiante de sus sonrisas. No quería complicaciones sentimentales. No estaba preparada para eso.
Salieron juntos a la calle, y, sin saber cómo, surgió la invitación a la que Ang no supo negarse. Luego pensó que lo había llevado muy mal, aunque, después de todo, le apetecía salir con él esta noche. Había que reconocerlo: le gustaba. ¿Qué mal había en eso? Julián tenía un buen polvo, -se dijo-. Ella era muy sexual, y bastante promiscua, pero eran sólo rollos de una noche o poco más. No tenía novio ni nadie que se le pareciera. Más tarde, mientras desayunaba junto a la máquina de las bebidas, decidió que si surgía tema esta noche, no dejaría escapar la oportunidad.









La noche

Ang se estaba acabando de arreglar para su cita con Julián. En la discoteca a la que iban se celebraba esta noche una fiesta de disfraces, pero no era obligatorio ir disfrazado, así que ella optó por un ligero vestido negro, corto, con finos tirantes. En los pies unas sandalias de tiras plateadas. Ahora estaba cepillando su largo cabello rojo -aún húmedo de la ducha- que ya era de por sí un adorno muy llamativo. Se puso unos aros de plata en las orejas, un par de anillos en los dedos y, para acabar se puso carmín en los labios -cosa que no hacía casi nunca- y un poco de rimmel para realzar sus pestañas. El resultado era bueno -pensó, al mirarse en el espejo.
Había quedado con Julián en su piso, así que arrambló con un pequeño bolso negro y, después de echar un vistazo a su imagen reflejada en el espejo de la entrada, cerró la puerta y bajó corriendo hasta el tercero.





La discoteca
En el local nocturno, Ang bebía despacio su bloody mary, mientras observaba el ambiente a su alrededor. Julián ejercía un fuerte atractivo sobre ella esta noche, en la que se estaba soltando muy rápido. El vestía unos pantalones vaqueros grises y una camiseta negra, de marca, que le sentaba como un guante. Su pelo, bastante largo, oscuro, revuelto, aunque no descuidado. Sus ojos claros, destacaban con un brillo especial, y, aunque se había afeitado, tal vez no lo había hecho con el cuidado requerido, porque una insinuación de barba se le notaba si pasabas la mano por sus mejillas. Ang tenía ganas de besarle, y no la disuadía eso, si no todo lo contrario.
Esta noche tenía un humor excelente. Los dos estaban de muy buen humor, reían por cualquier cosa, bailaban como si se fuera a acabar el mundo, y, un par de veces, se habían mirado intensamente a los ojos, con esa profundidad que hacía entender que pronto las distancias entre ambos serían mínimas. Y la noche sólo estaba empezando. Ella sabía que acabaría haciéndoselo con él, pero no tenía la menor prisa. Quería disfrutar de cada momento, alargar la tensión sexual que había entre ellos, tanto como fuera posible. La larga mirada con que la había recorrido al llamar a su puerta, la había llenado de un sentimiento cálido, excitante. Para una mujer era fácil detectar cuando un hombre la deseaba. Ang pensaba que, la mayoría, eran muy transparentes. Y el caso es que ella también le deseaba – sin complicaciones- le decía una voz en su interior, a lo que ella asentía, por supuesto.
- !Vamos a sentarnos por ahí, Ang! -gritó Julián a su oído- y, al decirlo, le sujetó la muñeca y tiró hacia él.
-
- !Aun no! !quiero seguir bailando!, respondió ella, mientras se daba la vuelta para introducirse aun más en el jolgorio.
Mucha gente bailaba disfrazada a su alrededor, algunos con máscaras grotescas, con pelucas, o maquillados. Por un instante, vio algo que llamó su atención. Un hombre que llevaba una máscara de gato, pero no una máscara corriente de carnaval, sino algo mucho más refinado: una máscara de color gris plata -con dibujos delicados- del tipo veneciano. Ang pensó que debía costar mucho dinero, parecía una antigüedad.
- !Ang! -Julián trataba de llamar su atención y hacerse oir entre la música ensordecera y el bullicio de las luces y la gente.
-
- Voy a por un vodka, ¿quieres algo?.
-
- Si, por favor, tráeme una tónica, quieres?.
-
- Ejem... ¿una tónica? -su sonrisa sarcástica le gustó, le hubiera abrazado en ese momento, pero no lo hizo.
-
- !Sí!, sólo eso, por favor, quiero estar serena -le respondió, Ang con una mirada que prometía muchas cosas.

Se quedó mirando cómo se alejaba y volvió a ver fugazmente al hombre vestido de negro, con la máscara de gato. Le pareció que le hacía un gesto de saludo, pero cuando, intrigada, fue hacia él, desapareció entre la multitud. Alguien a su lado, le hizo gestos amistosos y ella se giró para bailar con él.
Y bailó bajo las luces azules que daban a todo un tono irreal, dando vueltas, absorta en sí misma, muy consciente de su pelo, como una llama, desplegado por su espalda, bailando alrededor de su rostro. Del increíble tono nacarado de su piel, que irradiaba luz, bajo los focos azules, de los tirantes de su vestido deslizándose, dejando los hombros al descubierto. Se sentía el centro de la fiesta.
Se dio la vuelta y allí estaba: Julián, comiéndosela con los ojos y un vaso en cada mano. Al cruzarse sus miradas, todo se desencadenó, Ang no recordaba quién empezó el beso, sólo sabía que el tiempo se había detenido y que los dos se encontraban en una cúpula que los aislaba. De pronto, el griterío había disminuido. Se sintió arrastrada por él hasta tocar la pared más próxima, entre las sombras, las manos de Julián sujetaron las suyas por encima de su cabeza, le mordía los labios. Solo oía sus respiraciones aceleradas, el fuego que surgía de su cuerpo.
El la llevó en volandas hasta el rincón, mientras se besaban y sus manos se perdieron bajo su falda. Ella gimió, sin poder evitarlo y escuchó sus gemidos como si fueran los de otra persona, ajena a ella. Su mano en el cinturón de sus vaqueros abrían con facilidad los botones, para liberar esa cosa cálida que ella deseaba sentir. Escuchaba a Julián gruñir bajito, cuando le tocó. A continuación, él le bajó la braguita negra, la dejó deslizarse hasta los tobillos, y ella sólo tuvo que sacar los pies.
Con la espalda apoyada en la pared, sintió como Julián le subía la pierna hasta su cintura, mientras la empujaba con fuerza, penetrándola. Ambos hacía rato que habían dejado de ser conscientes de nada de lo que ocurría fuera del radio de sus cuerpos enlazados. El saber qué podían verlos, que estaban rodeados de gente, los enardecía aun más.
Cuando todo acabó, le flaquearon las piernas y él la sostuvo, su aliento cálido en su cuello. Los besos se reanudaron. Notaron un grupo de gente que pasó muy cerca de ellos y les envolvieron sus gritos y risas. La discoteca entera era un enorme estruendo de luz y color que palpitaba al ritmo ensordecedor de la música.


El hombre de la máscara de gato

Ang se soltó de los brazos que aun la rodeaban y volvió a la pista de baile. Se sentía capaz de bailar toda la noche, cogió el vaso que le ofrecían y bebió un largo trago de algo mezclado con naranja, que contenía vodka. De inmediato sintió que le subía a la cabeza, lo que le produjo extrañeza -no he bebido apenas- pensó. Notó un movimiento a su lado y al girarse, reconoció la máscara que antes le había llamado la atención. El hombre que se escondía tras la máscara de gato le tendió la mano y le hizo dar unas cuantas vueltas, demostrando que era un buen bailarín. Cada vez que la hacía girar, su falda revoloteaba dejando entrever sus muslos blancos y eso la hizo sonrojar de pronto, al recordar que no llevaba ropa interior. Los ojos intensos del desconocido la miraban con fijeza poco usual, pero sus labios tenían una mueca sarcástica. Ang notó eso, al tiempo que él la atraía hacia sí, hasta que sus cuerpos estuvieron en estrecho contacto.
Acercó su rostro al suyo. Ahora podía verle muy de cerca, todo lo que le permitía la máscara que llevaba encasquetada y que tanto llamaba su atención. Tenía los ojos oscuros, de un castaño profundo, y unos labios bien formados (si no fuera por ese gesto cínico -pensó). El le mordió con fuerza el lóbulo de la oreja, haciéndole daño, y susurró:
Has sido una niña mala … Crisania …
Ang reaccionó envarándose. Su sorpresa era mayúscula. Sentía como si le hubieran inyectado adrenalina pura. Intentó con todas sus fuerzas apartarse del desconocido, sin conseguirlo, porque la mano que sujetaba su muñeca parecía de hierro y no quería soltarla. Le estaba haciendo daño.
- !Suéltame! -gritó- aunque su voz se perdió en la algarabía reinante.
Desesperada, buscó a Julián con la mirada, sin conseguir verlo por ninguna parte. La multitud que antes era su amiga, ahora parecía amenazante, odiosa. Toda la magia de la noche había desaparecido y el temor se infiltraba. De pronto, su captor soltó su mano y se apartó de ella, pero, antes de alejarse, se giró y pudo ver perfectamente su rostro -irreal bajo las poderosas luces intermitentes- bajo la máscara de gato, y su mano haciendo el macabro gesto de pasar un cuchillo imaginario por el cuello (alguien va a morir.... !alguien va a morir! -gritaba su voz interior).
Era una clara amenaza y ahora, Ang, supo quien era -sin lugar a dudas- el hombre que se ocultaba bajo la máscara veneciana: !Nigromante!.
Ang se puso a dar vueltas por la discoteca, apartando los cuerpos sudorosos que le impedían el paso, al borde de un ataque de nervios, con síntomas de evidente embriaguez (pero apenas he bebido -razonaba su mente consciente). Necesitaba a Julián, no comprendía ahora por qué se había apartado de su lado, cuando ahí se sentía segura, quería recuperar esos momentos, pero todo a su alrededor era una locura; la gente la abrazaba, la hacía girar, le impedían avanzar, querían tocarla, bailar con ella, algunos besarla. Era una pesadilla y ya no distinguía lo que era real de lo que no. En pleno ataque de pánico, sólo deseaba salir de allí. Se sentía físicamente mal, quería respirar un poco de aire puro, estaba a punto de desmayarse. Viejos recuerdos la asaltaron y vio a personas que sabía que no podían estar allí. El recuerdo de una noche lejana, que tenía olvidada (volvía a sentir el áspero roce de la corteza de un árbol, el tirón de unas cuerdas en sus manos y sus tobillos, el dolor como un trallazo, el silbido del aire al azotar el cuero su espalda) visiones de monstruos que no tenían ya poder sobre ella.
Envuelta en su bruma, recuperó el sentido de la realidad al oír unos gritos agudos muy cerca de ella: “!socorro! !llamen a un médico!”. Ang, murmuró: Julián.
Tenía el presentimiento de que algo malo le había ocurrido, de que Nigromante había ido a por él. Con un resto de su cordura miró de nuevo a su alrededor, viendo realmente por primera vez en mucho rato.
Lo último que vio, antes de caer desmayada, fue la máscara de gato veneciana a su lado, en el suelo.






En el piso de Ang

Los rayos del sol caían directamente sobre la cama, creando una atmósfera cálida y hogareña, a lo que contribuía también la bandeja del desayuno sobre la cama. Julián, a su lado, la instaba a comer más, pero ella sólo podía tragar pequeños sorbos del café -cargado, caliente- que le había servido en su taza preferida.
- No he visto criatura más malcriada que tú, pelirroja -decía en tono de chanza-.
- !Eres peor que mi sobrino de cuatro años!. Anda, tómate al menos una tostada con miel -y le acercaba a la boca un enorme trozo de pan tostado, poniendo caras presuntamente divertidas, como se hace con los niños pequeños.
El caso es que, a pesar suyo, le hacía gracia. La conmovía su preocupación por ella. Realmente, la noche de la discoteca él también lo había pasado mal. Se había sentido absurdamente culpable de apartarse de ella (aunque no fue así -se dijo Ang- fue ella quién se apartó de él esa noche).

Se estremeció un poco, y se arrebujó más en el cálido edredón que la envolvía. De reojo, miró los titulares del diario que tenía extendido sobre la cama. Quería quedarse sola para leerlo, la carcomía el deseo de hacerlo, pero no se atrevía delante de Julián, a pesar de que confiaba en él. Su reserva era extrema, anormal -suponía- pero era su vida y había escogido ese camino. Era tarde para retroceder.
El caso es que no confiaba en la gente, no se abría fácilmente, era totalmente incapaz de explicar a nadie sus problemas, sus preocupaciones -y tal vez esa sería una forma de curación-; esa vocecita interior siempre le plantaba cara, pero la rechazó con un gesto impaciente. Ahora Julián le estaba hablando (con aire triste, y estaba adorable con esa expresión en su cara). Le miró.
- Es que no te cuidas, Ang... no sé qué es lo que te pasa, pero me llegan las neuronas para darme cuenta de que algo te ocurre … y gordo. No me has contado qué te ocurrió en la discoteca, por qué te desmayaste, realmente. Por qué te alejaste de mí, ni por qué estabas tan asustada. En urgencias, tuviste una crisis nerviosa. Me lo dijeron los médicos y me pidieron el teléfono de un familiar. Ahí me di cuenta de que apenas sé nada de ti … lo que más me duele es que no confías en mi...

El rostro de Ang parecía de cera, abstraído, lejano, con oscuras ojeras violáceas rodeando sus ojos líquidos. Acusó el dolor reflejado en las facciones del joven, pero no hizo el menor gesto de acercamiento, sino que mantuvo su mirada fija en un punto intermedio de la ventana que daba a la calle arbolada. Por fin habló:
- Te agradezco todo lo que haces por mi, Julián -le miró directamente a los ojos al hablar, pero sin bajar la barrera interpuesta- pero ahora me gustaría estar sola, quiero dormir un poco. Es sábado, tengo dos días para reponerme y el lunes, seguramente, estaré como nueva y podré ir al trabajo.
- Como quieras -respondió-

Ang oyó el portazo con un sobresalto -conato de arrepentimiento-.Con las manos temblorosas, pero la barbilla desafiante, empezó a leer el País: “Muerte por sobredosis en una conocida discoteca de Arganda del Rey. La joven, Ruth Casillas, de 25 años, no tomaba drogas, según comentan sus familiares y amigos. Estas declaraciones contradicen el informe del médico forense, que descubrió una dosis letal de anfetaminas en la sangre de la víctima. La causa de la muerte, según el resultado de la autopsia, es una parada cardíaca. Según parece, la droga le fue suministrada -si es que no la tomó por propia voluntad- junto con el gin-tónic que estaba bebiendo. La consternación es el estado general de amigos y familiares. Incredulidad en su entorno de trabajo, por lo que, las suposiciones han dado paso a toda clase de rumores. El portavoz de la Policía se ha negado a hacer declaraciones y nos ha remitido al resultado de la investigación que ahora se está iniciando para esclarecer la muerte.”
Sin poder reprimir las lágrimas, Ang, se arrebujó en la cama, cubriéndose la cabeza con la ropa de cama y rompió en sollozos angustiados.
Echaba de menos la compañía de Julián, pero no podía llamarle. No quería depender así de él, ni de nadie.



Nigromante

Es de noche en la calle. Un hombre joven, vestido con vaqueros negros y una sudadera gris con dibujos. Gafas oscuras, gruesa cazadora también negra. Los cabellos cortos, muy cortos, cubiertos por un sombrero gris. Fuma y mira pensativo el último balcón del edificio. En la mano tiene un llavero con un pendiente en forma de flor estelar. Saca el móvil y manipula las teclas. Sonríe para sí.


En casa de Ang, por la noche del sábado

El ordenador empieza a dar señales de vida en casa de Ang, a pesar de que lo tiene apagado. Se pone en marcha de forma automática. Ella se despierta de un sueño inquieto y, descalza, caminando con torpeza, mira la pantalla azulada. Las letras surgen como por arte de magia y la dejan clavada como una estatua, en medio de la habitación.
-“Hola, Crisania … ya sabes quien soy … y también sabes que tienes mucho que hacerte perdonar... ¿no?... no voy a repetirlo … y tú sabes lo que ocurre cuando no se cumple con lo que ordeno... alguien inocente muere... ¿no es así?. Has sido una niña mala, Crisania … pero en mi mundo, todo acto de rebeldía conlleva una consecuencia … ya lo has podido comprobar... espero de ti una obediencia absoluta, instantánea... así que, !quítate la ropa! ¡ahora mismo!... no me hagas enfadar... tienes un minuto y ya va corriendo el tiempo... te vigilo ...”

Ang, como sumida en trance, desliza los tirantes de su camisola, dejando al descubierto sus hombros, sus senos, los pezones erectos por el frío... lucha por controlar el llanto, mientras las letras siguen recorriendo su propio camino en la pantalla del ordenador: “!he dicho que te desnudes del todo, perra!”. Ahora las palabras se habían despojado del falso tono de amabilidad … ella lo prefiere, casi.. son como un grito, como una orden de mando.
Y ella obedece. Las lágrimas corren ahora libremente, mientras baja las bragas por sus piernas, y saca un pie después del otro. “muy bien … ahora tócate para mi...”, sigue escribiendo Nigromante en la pantalla. Ang se masturba para él delante del ordenador. De pie, con las rodillas un poco dobladas, las piernas separadas, temblando, sabiendo -de algún modo- que está siendo grabada. Hace todo lo que él le ordena. Acata cada una de las órdenes que le da.
Después -mucho rato después- cae dormida en el suelo, hecha un ovillo.



Ang va al médico

(Extracto del informe psiquiátrico del Dr. Enrique García-Plaja Angharad Marquinez-Bertia McLeod. 18/10/2009
EXAMEN MENTAL: Se valora a la paciente en área psiquiátrica forense. Acude sóla a la visita. Se encuentra aparentemente tranquila. Al abordar los hechos por los cuales se investiga, muestra asertividad afectiva, pero no llora ni reconoce necesitar ayuda. Utiliza lenguaje en tono moderado, juicio crítico e inteligencia muy superior a la media. Afectividad con ansiedad marcada. Atención y memorias voluntarias, senso percepción normal.
A la pregunta de por qué rechazó continuar el tratamiento preventivo para prevenir la infección por VIH, responde que se desmayó durante la violación, que no está segura siquiera de si utilizaron o no preservativo. Ante la falta de lógica de la respuesta, no alega nada. Se encoje de hombros. Hay que aclarar que no ha habido infección por VIH, pero hay que destacar el evidente desequilibrio emocional que ello implica...). Estrés postraumático.

(El desequilibrio inducido por la irrupción del estímulo provoca diversos efectos; en primer lugar, la alteración del equilibrio entre el yo y el superyó. Y este desequilibrio traerá a un primer plano la presencia de la culpa como fenómeno concurrente en el efecto traumático.
Sobre el eje de la culpa de la víctima corre una serie de elementos de análisis que remiten a los efectos subjetivos de la violencia. La culpa no es sólo la culpa del sobreviviente o la culpa por no evitar riesgos evitables. La culpa aparece también como un elemento que se hace presente ante la revelación de aspectos insospechados del mismo individuo. La víctima sometida a la extrema violencia del delincuente se ve obligada a satisfacer su violencia, a anticipar su ansia de dominio. Se ve obligada (como el soldado) a suprimir, aunque sea temporalmente, el régimen moral de su superyó, y a identificarse ―para establecer una contra-estrategia desde el polo de la sumisión― con el agresor...)
Desde allí actúa roles y participa en experiencias que le resultarán insospechadas. El recuerdo del evento tendrá todo el poder del trauma. La neurosis traumática, sin embargo, como expresión de los efectos de la violencia en la subjetividad, no logra dar cuenta de las características diferenciales de los estímulos variados sobre el psiquismo. No es lo mismo una mujer violada que un militante torturado, ni tampoco el efecto de una catástrofe natural que el terrorismo de Estado. Asimismo, la compleja dinámica inconsciente desatada por la violencia extrema no sería comprensible sin una profunda reflexión y redefinición de ciertas categorías clínicas, tales como las perversiones y, específicamente, la dinámica del masoquismo. Una de las formulaciones que intenta rebasar las limitaciones de la neurosis traumática es el cuadro psiquiátrico del síndrome de estrés postraumático.


La sala de espera

La sala de espera estaba tenuemente iluminada por lámparas auxiliares, en un intento de dar a la habitación un aire familiar. Era completamente inútil, a juicio de Angharad, no se conseguía otra cosa que enmascarar la verdad de lo que era: el salón de un come-cocos, y no había cosa en el mundo que odiara más, que la gente hurgara en su cerebro. Sin embargo, necesitaba ayuda, eso estaba claro. Y no tenía a quién recurrir. Al menos al doctor García-Plaja no tenía que ponerle en antecedentes -pensó Ang- era el que le había tratado desde el principio.
Y ahí estaba el quid de la cuestión: ¿dónde estaba el principio?. Ante la cruda luz de los últimos acontecimientos, no dejaba de preguntarse si había algo en ella implícito desde su nacimiento. Desde antes de nacer, incluso. Si había en ella una predisposición genética para reaccionar de ese modo tan insólito ante una determinada presión.
No podía comprender (¿de veras? -respondió de forma sarcástica su otro yo-) su comportamiento de la madrugada del sábado, por muy atemorizada y culpable que se sintiera -que era así, no había ninguna duda-. Su obediencia le repugnaba. Su sumisión la ponía frenética, porque sabía -con absoluta certeza- que no había acabado aquí que, sin duda, Nigromante, -ese personaje evidentemente perturbado, sin escrúpulos- había clavado el pie firmemente ante su puerta y no lo iba a sacar de ahí, a menos que ella consiguiera echarlo. Pero se sentía impotente para hacerlo. Su escudo se había resquebrajado y la falsa seguridad bajo la que se escondía hacía aguas por todos lados, dejando al descubierto su parte más vulnerable. Había pensado muchas veces en pedir ayuda a Julián, incluso a Carlos, su compañero de trabajo, ya que eran personas en las que se podía confiar -lo sabía- pero no podía desnudarse así ante ellos, su amor propio se lo impedía.
Se preguntaba qué le diría el Doctor García-Plaja, y también si se atrevería a contarle todo, sin omitir detalle. Lo dudaba. Nunca había sido absolutamente sincera con ninguno de los médicos que la habían atendido después de la violación. Hizo una mueca de disgusto a la sola mención de la palabra prohibida, pero no podía eludirla constantemente. Según el Doctor García-Plaja, en eso consistía gran parte del problema que la había llevado al callejón sin salida del aislamiento social. A encerrarse en sí misma, a construirse un mundo ficticio – un mundo seguro, se dijo... y una mierda!, contestó su parte crítica-. Ang hubiera querido tener acceso a los informes sobre ella, celosamente guardados, y a veces se preguntaba si no podría aplicar sus extensos conocimientos informáticos para conseguirlos.
La enfermera la sacó de sus pensamientos y la condujo ante el doctor, que la esperaba. Su aire educado, y esa sonrisa agradable -la recordaba muy bien- la hicieron pensar en qué hacía allí en realidad (si no te ayudó antes, no sé qué esperas ahora... murmuró mentalmente). Con un esfuerzo empezó a hablar.
Conocí a un hombre por Internet... -los ojos del médico la alentaban a seguir-. Poco a poco fuimos conectando. Es muy inteligente, me divertía enfrentarme a él, era como un juego...
- ¿un juego? -la interrumpió-
- Sí, un juego, una especie de reto.
Ang se sentía insegura, como siempre que se sentía en observación, como un animalillo de laboratorio-. Poco a poco, se obligó a contarle al doctor el acoso sexual al que había sido sometida. Aunque no le digo que creía que se trataba de un psicópata y un asesino, que ya había matado a dos personas al menos.
- En cierto modo, doctor García-Plaja, me somete a un chantaje emocional para que haga lo que él quiere...
- ¿y con qué armas te chantajea, Ang? -respondió el médico, observándola con sus ojos falsamente amables.
Ang estuvo a punto de estallar y de responderle: “Sencillamente me hace responsable de sus asesinatos, no te jode!”. Se contuvo con dificultad y tartamudeó;
- No puedo librarme de él, me dicen que pasarán cosas terribles si no le hago caso...
- ¿has acudido a la policía, Ang?. Esa es la respuesta correcta, sabes... si estás segura de lo que me cuentas... ¿podría ser que hubieras imaginado alguna parte, que no todo sea real?.
- !Es real, maldita sea! !Es condenamente real!, ¿Acaso no me cree?.

Ang se levantó de mala manera y se enfrentó al médico con los brazos en jarras. No quiso atender sus suaves palabras. La alteró mucho más su actitud comedida, sus miradas a través del frío cristal de sus gafas. Lo sabía, !lo sabía!, no tenía que haber venido -gritó mientras salía de la estancia dando un portazo y apartando a la enfermera.
El doctor García-Plaja sacó unos papeles del fondo de su escritorio. Miró abstraído por la ventana la calle y el tráfico de los coches durante unos minutos y descolgó el teléfono para hacer una llamada.

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