martes, 8 de noviembre de 2011

EL COLOR ROJO -. EN CASA DE JULIAN

EN CASA DE JULIAN

La miraba con aire aturdido, mientras ella sostenía la palangana llena de agua que se iba tiñendo de rosa. Por quinta vez ella dijo:
- Tenemos que ir al hospital. Necesitarás puntos!.
El le respondió, de nuevo, que no era necesario.

- Es solo un golpe, Ang… fuerte, sí, el bastardo me dio con ganas… me pilló desprevenido, sabes… pero eso no volverá a pasar…
El rostro del joven se oscureció al decir estas últimas palabras. Hizo una mueca desagradable, que hacía presagiar que en un próximo encuentro podría desatarse la violencia entre ellos. Parecía profundamente avergonzado, culpable de haberla dejado en la estacada, aunque ella le había asegurado que no era culpa suya y que no le reprochaba nada.
Ay! Ang, con cuidado, por favor, eso duele!
- No soy enfermera profesional! Hago lo que puedo! .
-

Ang estaba muy palida, se había cambiado de ropa y ahora llevaba una camiseta de él por todo atuendo. Su melena rojiza le tapaba medio rostro, mientras se inclinaba sobre el cuerpo inclinado de su amigo, a fin de lavarle y desinfectarle la herida en la cabeza.
- No podemos ir al hospital. Nos harían demasiadas preguntas y no tenemos ninguna prueba, Ang, no conseguimos que cayera en la trampa. Es un hijo de puta muy listo, pero no entiendo como lo descubrió… seguro que nos tiene vigilados. La próxima vez tenemos que adelantarnos y desbaratar su vigilancia. No en vano soy un buen jugador de ajedrez –murmuró-
Ella estaba muy tranquila. Apenas le había contado nada de lo ocurrido, y Julián tuvo que imaginarlo. Sabía que le había utilizado a él para obligarla a ir a una cita, para verla de nuevo, quizás tenerla también, y eso le enfurecía. No podía ver lo que ocurría dentro de esa muchacha extraña, era como una cajita de música, llena de sorpresas y compartimentos.
Ang había abierto el piso de Julián con la llave que él le había dado, para encontrarlo caído en el suelo, con sangre en la cabeza. Una llave inglesa yacía a su lado. Se asustó terriblemente y estaba a punto de llamar al Servicio de Emergencias, cuando el se removió gimiendo. La brecha en la cabeza le pareció limpia, sangraba, sí, pero no en exceso y la herida no era tan grave como le había parecido al principio. Seguramente el abundante pelo negro había parado en parte el golpe. Tal vez la intención de Nigromante no había sido más que la de sacarle momentáneamente del juego.
. Vayámonos –dijo de pronto, Ang-. A cualquier parte, Jules, nada nos retiene aquí. Desaparezcamos.
El la miró de forma sesgada, la mirada un tanto huidiza, reflejo de que aun no había recuperado totalmente la visión normal.
- Uhmm… huir?, no puedo decir que me guste la idea. Nunca me ha gustado eso. Prefiero plantar cara.
- Oh!, si!, claro. Eso no lo hemos probado ya? –La voz de ella contenía un mucho de amargura- Qué quieres? Que esperemos a que nos mate? A que le vuelva a hacer daño a alguien? A que me obligue a hacer cosas que odio? A ser de nuevo y cuando se le antoje su juguete?. Estoy cansada… huir es de cobardes. Bien, nadie dijo que yo fuera valiente.
Julián, sumido en sus pensamientos, contempló largamente la luz que entraba por las ventanas, que se reflejaba en el suave pelo de la joven, su carita muy pálida, el gesto apretado de sus labios, tan suaves y plenos. De pronto sintió compasión sin límites por ella, pero se esforzó en ahogar ese sentimiento, que sabía no sería de su agrado.
- Tal vez tienes razón, niña. Deja que lo piense. Si nos vamos tenemos que borrar absolutamente nuestras huellas, de modo que no pueda seguirnos, si no no tiene sentido.
Le miró contenta, por primera vez desde que entró en la estancia. Sonrió con los ojos también, y se inclinó para besarle en la boca.
- Si!. Tenemos que urdir un plan de emergencia para desaparecer. Nos iremos cerca del mar, a un rincón hecho para los dos. Desconectaremos los portátiles. Un lugar sin wifi-sonrió de nuevo-
- Bueno, bueno, querida Sra. Robinson, no eches palomas al vuelo, y mientras me repongo podrías encargarte de la comida.

Entre risas, se besaron , con todo el sol de la mañana rodeándolos. Dos cuerpos jóvenes entrelazados, el pelo de ella enredado en su cuello. Y nadie habló para nada de premoniciones, ni el aleteo de la muerte hizo su acto de presencia en aquel lugar.


PLANES DE HUIDA

Angharad estaba acabando de empacar sus cosas. Parecía mentira la cantidad de mierda que una acumulaba, pensó, mientras escogía las cosas que iba a conservar de las desechables. Solía quería llevarse lo imprescindible. Empezar una nueva vida, lejos, sin dependencia de la red. No conectar a diario. Veía en su futuro un nuevo trabajo en el que el ordenador no era el eje central. Se veía dando clases de inglés en un pueblo de la costa, a un grupo heterogéneo de personas, no en vano era medio inglesa, estaba plenamente capacitada, su inglés era excelente.
Por lo que hacía a Jules, no importaba que siguiera trabajando en programación de videojuegos, siempre que en su casa –la casa de ambos- el ordenador fuera solamente un elemento de trabajo.
Habían escogido ya destino: Gandía, en Valencia. Un lugar suficientemente alejado de Madrid –de todo- pero turístico, lleno de vida. Tenía delante suyo los prospectos de la agencia de viajes y era una delicia: sol, arena, enormes extensiones de playa abierta, un color dorado en todo. Estaban en negociaciones con un administrador de fincas que les había encontrado una casita pequeña, cerca de la playa, con un balcón-terraza que daba al mar. Con el sueldo de los dos podían fácilmente asumir su coste.
Le daba un poco de miedo su implicación con Julián, tenía la sensación de que todo había ido deprisa, muy deprisa (demasiado rápido… no le conoces –dijo esa vocecita interior que no había conseguido acallar del todo-) pero por primera vez en años, estaba enamorada. Sí, no podía negarse esa evidencia, tenía que ser sincera consigo misma. Jules había conseguido derribar, una a una, todas sus defensas. A pesar de lo blindada que estaba. Confiaba en él. Y no tan solo eso, sentía un sol cálido en su interior cada vez que él la miraba, le sonreía. En sus brazos se sentía segura. A salvo. Se moría por hacerle feliz, por estar a su lado (días radiantes de sol cerca del mar, noches estrelladas saltando olas). Era maravilloso vivir así, sin temores. Nigromante estaba silencioso otra vez –aunque ella sabía que si se quedaba en Madrid era sólo cuestión de tiempo que la acechara otra vez- . Ang le intuía caprichoso, cruel. Un depredador nato. Pero también veleta, capaz de olvidarse de su víctima si el viento soplaba favorable en otra dirección. Eso pensaba. No quería nubes de tormenta en su mundo actual y estaba decidida a poner tierra por medio. Una nueva vida.
- Un nuevo mundo, un maravilloso mundo nuevo! que tales gentes tienes! –recitó como una nueva Miranda en “La Tempestad” y se puso a bailar por todo el piso.
Asi la sorprendió Julian al entrar y se unió a ella en el baile, cogiéndola en volandas.
- Marchamos el próximo fin de semana. -Sentenció-
Y todas las palomas echaron a volar.

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