martes, 8 de noviembre de 2011

EL COLOR ROJO - LA NUEVA ECUACION

La nueva ecuación

Julián estaba en su piso, al mando de los controles de los dispositivos de audio y video que controlaban el piso de Ang. Pasaban ya dos horas de la fijada para la cita con Nigromante, pero no se había puesto en contacto con la chica: no quería estropear nada. Así que se dijo, con una sonrisa, que todo saldría según lo planeado, que Nigromante era muy cauteloso (más que eso: inteligente, astuto) y que tenía que darse un margen para que todo surgiera como tenían previsto.
Dio la voz de alarma un leve sonido en la puerta de entrada. Cuando llegó, ésta ya estaba abriéndose para dejar pasar a un hombre joven, vestido enteramente de negro, que avanzaba resuelto hacia él. Llevaba una llave inglesa en la mano.
Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue su rostro sonriente muy cerca del suyo, alzando la gruesa llave por encima de su cabeza y golpeándolo con fuerza.




EN EL CALLEJON

Medio derrumbada en el suelo, Ang apoyaba la espalda contra la pared, y no tenía fuerzas para llorar. Había ocurrido otra vez: Nigromante se había salido con la suya. Quería borrar de su mente todas las cosas que le había hecho, como se había sentido como un pelele entre sus brazos, como una muñeca sin más voluntad que la de él. Expulsó los sentimientos más intensos de rabia y frustración, que la amenazaban con dejarse arrastrar por la violencia, por perder de nuevo el control. Y eso no podía permitírselo. No, ya no, nunca más.
Se levantó con esfuerzo, recogió su abrigo del suelo y lo ciñó a su cuerpo desnudo, cerrando los ojos a los desgarros de sus medias, a las contusiones que empezaban a destacar sobre su blanca piel.
Enfiló rumbo a su casa. Necesitaba ver a Julián, saber que estaba bien, que Nigromante había cumplido su palabra y no le había hecho daño.
Al final, eso era lo único realmente importante.
Estaba llegando a un punto en el que todo empezaba a difuminarse. Perdía el sentido de la realidad en un dejá vu que la inquietaba. Ya no distinguía muy bien lo que era real o lo que no, tal vez debía acudir a la consulta del Doctor García-Plaja, aunque no confiaba del todo en él. Sin embargo era el único que la había ayudado, el único a quién le había contado todo lo que ocurrió ese día, esa noche, que no conseguía recordar totalmente, pero que estaba ahí grabada en su interior (Cuándo? Cuándo había ocurrido otra vez este descontrol, esa fuga, ese sentimiento caótico de pérdida de realidad para entrar en el terreno de las peores pesadillas?).
Recogió su bolso y las llaves, que habían rodado hasta el contenedor, y se encaminó hacia su casa, casi corriendo, ardiendo por volver a ver a Julián, por saberle a salvo, a su lado.

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